Esteban se acomodó en un sitio del río donde el agua no rebasaba su cintura. Algunos pejes, camuflados por el color parduzco del lecho, avanzaron raudos cual sombras a sus escondrijos. El chico esgrimió un palo de punta afilada y acechó hasta que los peces le aceptaron como parte del su entorno. Cuando uno de ellos se le acercó confiado, él le atravesó con facilidad.
No cabía en mí del asombro. Me parecía que estaba dentro de uno de los programas de supervivencia extrema que solía ver en la televisión.
Una trucha de alrededor de dos libras se debatió entre la vida y la muerte. Él la llevó a la orilla y la ensartó junto a otros diez quince ejemplares moribundos. Luego, intentó repetir la hazaña embistiendo a un crisol. Esta vez, el animal cruzó a la otra orilla y se resguardó bajo unas piedras donde halló abrigo y protección. Me alegré por él. Era un luchador y un sobreviviente.
De haber pronunciado un «hurra» para mis adentros me hubiese ahorrado un sinfín de argumentos. ¿Cómo iba a ponerme de parte de su comida luego de haber escuchado la triste confesión de sus vicisitudes familiares? Prefería que él me considerase la loca del pueblo a que me catalogase como la clásica chiquilla tonta, insensible ante las miserias humanas, princesa de cuna y mendiga de alma.
Esteban dio un paso atrás para delimitar el espacio de un abismo. Siempre existió, pero por un instante, ambos lo habíamos olvidado.
—Te llevaré a casa.
Me dolió escuchar cada una de sus palabras. Ta vez debiera haber dicho: Punto final, no vuelvas a abrir tu petulante bocaza.
—Mi lengua ha sido poseída por el demonio de la abuela —rezongué con frugalidad.
Para que él entendiese mi punto de vista, necesitaría explicarle mi historia sin hacer pausas durante quince años. Para ese entonces tendría treinta y tres cumplidos, y también un hambre voraz.
Quien no había sufrido en el pellejo la forma en que fui criada, era incapaz de entender mis impulsos primitivos.
Él se pasó la mano sobre las huellas de la mordida. Le dolía tanto que apenas si podía doblar los dedos. La zona estaba enrojecida e inflamada. Los golpetazos generarían preguntas, y las preguntas precisaban respuestas. Le imaginé reproduciendo los pormenores de su pelea con la presuntuosa princesa de El Framboyán en presencia de sus padres y hermanos. El odio de Guillermo y las desdentadas me perseguiría perpetuamente.
Dios me había dado la oportunidad de ser aceptada por un chico de mi edad y metí la pata no más comencé a hablar. Para colmo, en lugar de asumir mi responsabilidad, había culpado a la abuela.
Su suspiro me atravesó de lado a lado. Se sentí examinada como una cosa rara que, de repente, dejaba de ser humana. De los fogosos coqueteos siquiera quedaban los recuerdos.
—Pensé que era tu institutriz la fallecida. —Mencionó con suavidad, por no ahondar el abismo silente.
Me encantaría haberle explicado que Clodomira había sido poseída por el anticristo. Sin embargo, preferí callar y permitir que él lo apuntase en mi interminable lista de fallos.
—Está mal disertar de demonios, señorita. Ya sé que su abuela se las trae, pero juzgar solo le corresponde a Dios.
Con su sermón de medio pelo Esteban se ganaba la entrada al cielo y el aplauso de Carlos. A él le hubiese encantado escucharle.
Con la frialdad de su voz y sus gestos, me había demostrado que los pobres también conocían las normas de educación formal. Era como si hubiese dicho: Señorita, sitúese del lado de allá de la barrera, que yo y los míos, nos mantendremos en nuestro sitio.
—Lo siento. Me cautivó ese pececito. Además, he leído que la pesca con carácter comercial ha ocasionado distintos problemas ecológicos y destruye la destrucción de gran parte de los hábitats de varias especies—. Otra vez titubeaba avergonzada e inventaba un disparate tras otro.
«¡A callar, “Escuadrón mete la pata”! Él no es el magnate de la industria pesquera. Solo tira unas pitas», me repetí en silencio.
Que intentase resarcir los supuestos errores solo formó una cochambre en un gran charco de lodo. El camino recto era el más humillante, pero si pretendía conquistar la amistad de un ser real debería humillarme sin reparos. Sabía que sólo tenía una oportunidad para sortear el abismo que nos separaba antes de que se tornase intransitable. Una vez que creciese, no podría volverse atrás.
—Por favor, Esteban. Ya no se me ocurre qué decir para ganar tu aprobación —pronuncié—. Prefiero que me tires un responso a la cara a que te encarames en una montaña de prejuicios y me mires por encima del hombro. Eso duele.
Por un instante, me pareció ver una sombra de vacilación cruzar por sus ojos. Sin embargo, su voz no vaciló cuando esgrimió la afilada espada de los prejuicios y me lanzó una estocada a fondo.
—No es lógico que te interesen los sentimientos de un desconocido.
—No eres un desconocido. —Me defendí sin perder tiempo.—Marta no cesa de hablar de sus sobrinos. Me son familiares las travesuras de Andrea y las canciones que toca Guillermo en la guitarra.
En vano me estrujé el cerebro para recordar el resto de los nombres de sus infinitos hermanos.
—La tía debía tener su pico cerrado. Esas cosas no te interesan —dijo a media voz.
—Ni a ti el hecho de que yo no tenga un perro, y bien que has parado la oreja en tu casa para no perderte pie ni pisada de lo que acontece en El Framboyán.
A pesar de que creí que también yo había hecho una buena jugada, él tenía una percepción muy diferente.
—No somos amigos, Fernanda María.
El tono de sus palabras me congeló la sangre en las venas. Un témpano de hielo emitía más energía que la mole rocosa que se me interponía en el camino, pero yo siempre he sido una mujer de fe.
—El que no lo seamos no quita que un día podamos serlo.
Él asintió casi imperceptiblemente con la cabeza.Las duras líneas de su rostro se suavizado por un instante fugaz. ¿Qué se traía entre manos? Sus gestos contradecían sus palabras.
—Apuesto a que la huida de ese animal te llena de satisfacción. ¿Te apesadumbras también de los que pescamos para subsistir sobrevivir? Subsistimos apenas con lo que gana mi padre. Él no tiene otro trabajo fuera de cultivar las tierras y cuidar de unos pocos animales. En el mercado es insuficiente, la paga por los huevos y vegetales aunque sean de buena calidad. Mis hermanos y yo nos vemos forzados a ausentarnos a clases y colaborar con el sustento del hogar. —Se cruzó de brazos, en un gesto defensivo y prosiguió:— Por eso me confundiste con Guillermo. Es probable que nunca nos hayas visto juntos en el colegio. No solemos coincidir. Cuando uno de nosotros se da el lujo de ser un chico común, el otro se rompe los huesos para conseguir unos centavos o la cena.
Esteban olvidaba lo qué significaba que un primo y una alcaldesa intercambiasen algo más que un saludo cortés; pero a menos que dominase sus impulsos y pescase un puente de concreto para colocar entre nosotros, la ira se adueñaría de sus actos.