Esteban titubeó y después sonrió con perversa timidez. Le divertían mis locuras y no se molestaba en ocultarlo.
—Déjame adivinar. He hablado en chino.
La decepción se reflejó en cada movimiento de mi cuerpo. Siempre que intentaba encajar, levantaba aún más la barrera con el resto de las personas.
Sin embargo, Esteban obvió mis malas vibras y entonó una estrepitosa carcajada.
—Algo así. Por un momento te asemejaste a mi abuela —dijo.
En lugar de enojarme, su parloteo me entusiasmó.
—Debe ser porque mi mejor amiga es pariente de Matusalén. Paso el día conversando con tu tía. Cuando le aburro o tiene mucho trabajo por hacer, me enredo con Carolina e Hipólita, otras dos ancianas de armas tomar.
—Personalmente no conozco a Carolina. Según Marta su lengua es de respeto.
—Es preferible caer de un risco a ser la comidilla de El Framboyán. Ella lidera a una bandada de periodistas independientes que no dejan en paz a un alma en desgracia hasta quitarle el taparrabos. —Con una de sus manos intentó reprimir una sonora carcajada. Era imposible que mis palabras le produjeran tanta diversión. ¿Acaso tendría un mono pintado en la cara?— ¿Qué? ¿Ahora hablo en esperanto o has descubierto una nariz en el centro de mi rostro?
—Eres muy graciosa, Nanda.
—Lo que soy es una odiosa, no tu payasa particular. Lo menos que una chica desea producir en un hombre, es risa— gruñí con redobles camorristas.
—Y también tienes malas pulgas. Ya me lo habían advertido.
—«Malas pulgas». Es esa la frase que me suelta Marta siempre que me pongo chinchosa. Parece que tu tía tiene la lengua más larga que Carolina. La he tenido como una verdadera familia. Es la única persona de la que jamás esperaría una traición.
De repente, .las líneas de sus ojos se torcieron mostrando su seriedad.
—La que le interroga es mi madre. —Utilizó un tono taciturno que daba grima.— Digamos que he escuchado detalles de sus conversaciones privadas en determinados momentos y armé a versión de una historia en mi cabeza. No malinterpretes a Marta. Ella no chismosea interioridades, solo enumera hechos. Siempre afirma que tus confidencias son sagradas.
Esteban se apresuró a justificarla. Respiré aliviada, pero no estaba del todo convencida. Si me movían el tapete bajo la regordeta figura de Marta, me declaraba oficialmente perdida.
—De privada la plática no tiene mucho si te has enterado tú. —Protesté con un derroche de energía.
Adicción. Los habitantes de este pueblo siempre han sido locos de atar. Habría que colocar un televisor en cada vivienda para disociar sus mentes de la difamación y el rumor. También necesitarían luz eléctrica, claro está.
—Mi casa es del tamaño de un cucurucho de maní. Es fácil arrimar la oreja. —Él se enmendó visiblemente turbado.
—No imaginé que padecieses de ese vicio.
Donde las dan, las toman. Primero, sus mejillas palidecieron y luego flashearon tanto como un árbol de Navidad. Alguien había sido atrapado con las manos en la masa, y no era yo.
La tensión cayó sobre mis hombros y me precipitó a la tierra. Cada uno de los gestos de Esteban estaba cargado de una dosis extra de sensualidad. Otra vez me dejó narcotizada con un ademán y por supuesto, de nuevo hablé sandeces.
—¿No vas al colegio?
—Sí, el jueves iré de planeo pasarme por allá.
—Apenas es lunes —musité sin cautela.
Una expresión fuera de lugar tambaleó los cimientos de la incipiente relación mal fundamentada. Claro que él conocía el calendario. Ya estaba bastante grandecito. Lo suficiente para mi gusto.
—No puedo ir todos los días, princesa. Tengo que llevar el alimento a casa. —Su suspiro disertó con más claridad que la mediocre explicación semielaborada.
Se ausentaba a clases por razones diferentes a las mías. Yo no tenía derecho a juzgarlas sin conocerlas ni debía entremeterme en los asuntos ajenos. Aunque eso me había quedado claro, me picó un bichito malvado llamado Curiosidad Morbosa.