La noche se había apoderado de Toronto. La ciudad brillaba desde la ventana como un océano de luces distantes, ajeno al caos silencioso que palpitaba en el corazón de una vieja casa de ladrillos. Las gemelas dormían por fin, agotadas por las revelaciones, abrazadas como si temieran que un mal sueño pudiera arrancarlas la una de la otra.
Afuera, Arturo esperaba junto a su motocicleta. Enrique salió sigiloso, cerrando la puerta con cuidado. Ninguno dijo nada, pero ambos sabían por qué estaban allí.
Montaron sin rumbo claro, hasta alejarse lo suficiente de la ciudad. Terminaron en un parque desierto junto al lago, donde los árboles eran testigos mudos y el reflejo de la luna rompía en pedazos las sombras sobre el agua.
—¿Por qué me seguiste? —preguntó Enrique al bajarse de la moto.
—No te seguí. Te cité.
—¿Y para qué? ¿Para volver a decirme que me aleje de Alejandra?
Arturo se cruzó de brazos, sus ojos como acero bajo la luz lunar.
—Para advertirte. Ella no es un juego, Mancini.
Enrique bufó, con una risa seca.
—¿Y tú sí lo eres para Ahinoa? ¿Crees que no veo cómo la miras?
Arturo dio un paso adelante.
—¡A Ahinoa la he cuidado toda mi vida! La conozco desde que aprendió a caminar. Tú apenas llegaste hace meses y ya crees que puedes ocupar un lugar que no te pertenece.
—¿Y qué te hace pensar que el amor tiene dueño? —espetó Enrique—. Alejandra me miró de una forma que tú jamás vas a entender. Y no necesito décadas para saber que me importa más de lo que quise aceptar.
El silencio se volvió cuchilla entre ellos.
—¿Tienes idea del daño que puedes causarle? —gruñó Arturo—. Eres un Mancini. Tu sola presencia es una amenaza.
—¿Y tú? —disparó Enrique—. ¿Te has visto al espejo? También llevas sangre en las manos. Ambos nacimos marcados, pero eso no nos hace monstruos… ¿o sí?
—Tal vez no. Pero si se trata de elegir entre ti y su seguridad, no voy a dudar.
—Y yo tampoco —dijo Enrique con tono grave.
Las miradas se incendiaron. Dos almas criadas entre la guerra, ahora peleando no por poder, sino por amor.
—¿Por qué te molesta tanto que Alejandra me quiera? —preguntó Enrique de pronto—. ¿Es por ella… o por ti?
Arturo tardó en responder.
—Es por ella —dijo, pero su voz tembló.
Enrique levantó una ceja, dando un paso más cerca.
—¿Seguro? Porque desde que llegué noto cómo la miras, cómo te cambia la cara cada vez que ella me habla. ¿Te duele que no sea a ti a quien mira así?
Arturo lo empujó. Esta vez más fuerte.
Enrique lo empujó de vuelta.
Los puños se tensaron. El corazón golpeaba contra el pecho como si quisiera huir. El viento aulló entre los árboles, arrastrando fragmentos del pasado.
—¡No quiero que le rompas el corazón! —gritó Arturo.
—¡Y yo no quiero que tú destruyas a Ahinoa con tus silencios y tu culpa! —respondió Enrique.
El enfrentamiento parecía inevitable… hasta que ambos, jadeando, bajaron la mirada al mismo tiempo.
Un instante.
Solo uno.
Y en ese momento, como si el universo susurrara una verdad vieja, los dos dijeron lo mismo al unísono:
—No puedo perderla…
Se miraron. Ojos enrojecidos. Almas cansadas. Y entendieron.
—¿Lo ves? —dijo Enrique, con voz más baja—. Ambos sentimos lo mismo… pero por personas distintas. Y ambas son las mismas que estamos tratando de proteger.
—Ellas son lo único puro que tenemos en este mundo de mierda —agregó Arturo, rascándose el cuello con frustración.
El silencio se volvió más liviano, como si algo hubiese cambiado.
—¿Sabes cuál es el problema? —dijo Enrique, sentándose en una roca cercana—. Que nos enseñaron a odiarnos por algo que nunca elegimos. Mi apellido me convirtió en enemigo tuyo antes de que supiera caminar.
—Y el mío en amenaza para cualquiera que no siga las reglas de mi padre —admitió Arturo, suspirando.
—Pero ellas… no merecen pagar por eso.
—No. No otra vez —dijo Arturo, más para sí mismo.
—¿Otra vez?
Arturo lo miró, dudando, pero luego se sentó también.
—Mis padres estuvieron en esa reunión donde los de ustedes también fueron. Las cosas se salieron de control. Y tus padres no fueron los únicos que desaparecieron esa noche. Mi madre también. Nunca volvimos a verla. Mi padre dice que huyó… pero no le creo.
Enrique quedó en silencio.
—¿Y crees que la desaparición de los padres de Alejandra y Ahinoa está conectada?
—Lo sé. Y temo que ellas lo descubran demasiado tarde.
Enrique bajó la cabeza, la mandíbula tensa.
—Entonces no podemos darnos el lujo de pelear entre nosotros.
—No —asintió Arturo—. Vamos a tener que trabajar juntos. Aunque nos cueste.
—Por ellas.
Ambos se pusieron de pie. Todavía distantes, pero por primera vez, unidos por algo más que rencor.
—¿Trato? —preguntó Enrique, extendiendo la mano.
Arturo lo dudó… pero la estrechó.
—Trato. Pero si la haces llorar, Mancini…
—Te dejo romperme la cara —dijo Enrique, sonriendo levemente.
—Y tú, si rompes a Ahinoa…
—Ni siquiera lo digas —respondió con gravedad.
El viento sopló más fuerte, como sellando la promesa entre los dos herederos de sangre manchada.
Pero ahora, eran más que hijos de mafias enfrentadas.
Eran guardianes de un lazo que ni siquiera ellos comprendían del todo.
Y lo que venía después… sería más oscuro que cualquier enemigo.