Samuel lo observó por un momento, luego asintió.
—De acuerdo. Haré los arreglos.
Moretti dejó las fotos sobre el escritorio, pero una quedó atrapada en su mano. Sus ojos seguían fijos en el rostro de la chica.
—No puedo creer que haya pasado tanto tiempo...
—Ni yo, jefe. Pero al menos ahora sabemos dónde está.
Moretti se inclinó hacia atrás en su silla, respirando hondo.
—Gracias, Samuel. Esto significa más de lo que puedo decir.
—Siempre estaré aquí, jefe. Usted lo sabe.
Samuel salió del despacho, dejándolo solo con las fotos. Moretti miró la imagen una última vez antes de susurrar:
—Te encontré. Y esta vez, no dejaré que desaparezcas de nuevo.
****
—¡Mierda, se me pasó el tiempo! —Alena corrió a apagar el fuego. La salsa ya estaba demasiado espesa.
—Otra comida arruinada, Caraquemada —se burló su hermanastro menor desde la mesa.
Alena apretó los dientes, sintiendo la rabia subirle por la garganta. Odiaba ese apodo. Lo odiaba con todo su ser.
—¡Cállate, imbécil!
—¿Y si no? —se rió él, metiéndose una cucharada de cereal a la boca—. Igual nadie más se casará contigo que un ogro como Shrek. Y eso si no se asusta de tu cara.
Alena sintió el ardor en sus ojos, pero no iba a llorar. No frente a ellos. Respiró hondo y sirvió la cena como si nada. Nadie en su casa la tomaba en serio. Para ellos solo era la "marcada", la "quemada", la "que arruinó su futuro por meterse donde no debía".
—Deberías agradecer que te dejamos cocinar aquí —dijo su madrastra, probando un bocado—. Al menos sirves para algo.
Alena no respondió. ¿Para qué? Su frustración crecía con cada día. Con cada mirada de lástima o burla.
—Si tan solo me hubieran dejado terminar la escuela... —murmuró para sí.
—¿Para qué? —su padre, un hombre tosco, bufó—. No ibas a ser modelo de revistas con esa cara.
Ella tragó saliva, conteniendo el dolor.
—Y tampoco chef profesional —añadió su madrastra—. ¿Quién querría una cocinera que da miedo con solo mirarla?
Alena sintió que le faltaba el aire. Su abuela, la única que la defendía, golpeó la mesa con su bastón.
—¡Basta! Ustedes son unos necios. Alena nació bendecida. No pueden tratarla como un animalito feo.
—Abuela, eso son mitos... —susurró Alena, sin fuerzas para discutir.
—¡No, niña! —La anciana se puso de pie con esfuerzo—. Tú naciste con tu bolsa intacta. ¡El médico tuvo que romperla! Eso significa que naciste con suerte.
—Si de verdad tuviera suerte, jamás habría salvado a ese hombre. Y no estaría así... —susurró Alena, tocándose la piel rugosa de su rostro.
—Eres más fuerte de lo que crees —dijo su abuela, acariciándole el brazo sano—. Y lo vas a demostrar.
Alena sintió un nudo en la garganta. Su abuela era la única que veía algo en ella. Pero a veces, ni siquiera ella misma podía creerlo.
El viento mecía las hojas del árbol mientras Alena, acurrucada entre sus ramas, pasaba las páginas de su libro de poesía. Ahí arriba, el mundo no existía. Nadie la veía. Nadie la juzgaba.
—Si el alma tuviera un reflejo, ¿veríamos belleza o cicatrices? —leyó en voz baja, saboreando cada palabra.
Las cicatrices… siempre las malditas cicatrices. Bajó la mirada a su brazo derecho, la piel rugosa y deformada que tanto despreciaban en su casa.
—¡Alenaaa! —gritó su madrastra desde abajo—. ¡Baja de ahí y ponte a trabajar!
Ella suspiró. Su momento de paz había terminado. Cerró el libro y descendió con agilidad. Apenas tocó el suelo, su madrastra la miró con fastidio.
—Siempre trepada como un animal. Ya tienes 26 años, compórtate como una mujer.
—¿Y cómo se supone que debe comportarse alguien como yo? —preguntó Alena con frialdad.
Su madrastra resopló.
—No te hagas la víctima. Sabes bien que ninguna mujer decente anda en los árboles ni pierde el tiempo leyendo estupideces.
—Poesía, mamá. No estupideces.
—Lo que sea. —Su madrastra giró y continuó hablando—. Tu hermana dejó un vestido en su cama. Lo quiere fuera de su cuarto.
Alena sintió el peso de la humillación antes siquiera de ver la prenda. Ropa usada. Siempre ropa usada. Siempre las sobras.
Subió a la habitación de su hermana y encontró el vestido arrugado sobre la cama. Color pálido, tela gastada, con un par de manchas que no saldrían jamás.
—Supongo que debería sentirme agradecida —murmuró con ironía, sosteniéndolo entre los dedos.
Se lo llevó a su cuarto sin siquiera probárselo. ¿Para qué? No importaba cómo luciera. Nadie la vería. Nadie la querría ver.
Ni un hombre la pediría en matrimonio. Ni siquiera para una foto mediocre.
***
—Simón, prepara el auto.
—Sí, jefe.
Salvatore Moretti dejó el periódico sobre la mesa. Sus dedos tamborileaban contra el reposabrazos de su silla de ruedas. Su mirada fría, impaciente.
Simón salió de inmediato. En el garaje, encendió el motor, ajustó los espejos y revisó la suspensión. Siempre se aseguraba de que todo estuviera perfecto antes de que Salvatore subiera.
Unos minutos después, Salvatore llegó a la puerta del garaje. Movió su silla con precisión. No quería ayuda. Nunca la quería.
—Está listo, jefe —dijo Simón, abriendo la puerta del copiloto.
Salvatore asintió. Se deslizó un poco hacia adelante en su silla. Ajustó la posición de su cuerpo. Colocó ambas manos en el asiento del auto.
Empujó con fuerza. Su brazo izquierdo falló un poco al principio, pero el derecho sostuvo su peso.
—¿Quiere que…?
—No —cortó Salvatore, con voz firme.
Simón dio un paso atrás.
Salvatore volvió a intentarlo. Esta vez, logró elevar su torso y sentarse en el borde del asiento. Se giró lentamente. Su pierna izquierda cayó dentro del auto.
Sostuvo su muslo derecho con ambas manos y lo colocó con cuidado.
Respiró hondo.
—La silla.
Simón la plegó y la guardó en el maletero.
Salvatore ajustó su posición en el asiento. Se abrochó el cinturón con movimientos calculados.
—Arranca.
Simón subió al asiento del conductor. Encendió el motor.
El auto salió del garaje sin un solo ruido.
Salvatore miró por la ventana.
No le gustaba salir. Pero hoy era necesario.
El auto avanzaba sin prisa, pero con una presencia que helaba la sangre.
A su paso, los demás conductores se hacían a un lado. No por cortesía. No por respeto. Sino por miedo.
El nombre Salvatore Moretti pesaba más que cualquier semáforo en rojo.
Los que lo veían por el retrovisor tragaban en seco. Las manos les sudaban en el volante. No era un hombre común. Era un monstruo con piel de hombre. Un legendario mafioso que había renacido de sus propias cenizas.
Simón, al volante, mantenía el rostro neutro. Sabía que su jefe notaba todo. Cada auto que se apartaba. Cada mirada esquiva. Cada estremecimiento involuntario de los transeúntes al ver pasar el vehículo.
—Han aprendido —murmuró Salvatore, con una sonrisa fría.
—Le temen, jefe.
—No es temor. Es respeto.
Simón no discutió. Sabía que ambos iban de la mano.