—¡Divorciémonos, maldito lisiado! —gritó Anabella, lanzando su copa de vino contra la pared de mármol.
Moretti ni se inmutó. Desde su silla de ruedas, observó cómo el vino escurría lentamente, dejando una mancha carmesí en la perfección de su hogar.
—¿Otra rabieta, Anabella? —preguntó con calma, tamborileando los dedos en el reposabrazos.
—¿Rabieta? Esto es mi vida arruinada, Moretti. ¡Arruinada! Me prometieron un esposo fuerte, no... esto.
—¿Esto? —La voz de Moretti bajó de tono, filosa y tajante como el acero—. ¿Te refieres al hombre que financia tu estilo de vida ridículo?
Anabella bufó, girándose para mirarlo de frente. Su vestido n***o ajustado reflejaba la luz de la chimenea, mientras sus tacones resonaban en el piso.
—No necesito tus millones, Moretti. Hay otros hombres dispuestos a darme lo que merezco.
Moretti alzó una ceja, interesado.
—¿Otros hombres? ¿Ya tienes un reemplazo? ¿O sólo estás jugando como siempre?
—Salvatore Moretti, no juegues conmigo. Soy Anabella Crawford. Nadie me deja esperando, y mucho menos tú.
—¿Esperando? ¿Qué más quieres? ¿Un castillo? ¿Un jet privado nuevo? ¿Otro collar de diamantes?
—¡Quiero un hombre completo!
Esa frase era tan hiriente como innecesaria. Moretti apretó la mandíbula, pero no dijo nada. Anabella lo miró, satisfecha con su golpe, y se cruzó de brazos.
—No vales nada sin tus piernas —soltó con veneno.
De repente, Moretti sonrió. Una sonrisa peligrosa, casi burlona.
—Pienso en qué demonios estaba pensando mi madre cuando te eligió a ti.
Anabella soltó una carcajada, seca y burlona.
—Yo me hago la misma pregunta. ¿Qué vi en un inválido como tú?
Él apretó los puños, pero su rostro permaneció impasible.
—¿Sabes qué, Anabella? Tal vez deberíamos divorciarnos. Pero te advierto algo.
—¿Ah, sí? ¿Qué vas a hacer? ¿Rodar tras de mí? —rió, burlándose.
—No. Pero cuando termine contigo, ni siquiera tendrás dinero para esos ridículos tacones.
Anabella dejó de reír. Sus ojos se estrecharon, pero en el fondo se encendió una chispa de temor.
—No te atreverías a hacerme eso. Eres un hombre roto, Moretti. Nadie te va a querer nunca.
Él la miró fijamente, sin parpadear.
—¿Quieres apostar? Y prefiero estar roto a ser vacío como tú.
Moretti se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
Ella retrocedió un paso. Por primera vez, Salvatore Moretti, el hombre que creía haber doblegado con sus caprichos, mostraba su verdadera naturaleza.
—Esta casa, los autos, las joyas. Todo lo que tocas me pertenece. ¿Sabes lo que eso significa, querida? —preguntó con voz helada.
—Significa que... que… —balbuceó Anabella, perdiendo terreno.
—Que cuando cruces esa puerta, no te quedará nada.
La mujer tragó saliva, pero recuperó su postura rápidamente.
—No me importa. Siempre encuentro a alguien mejor.
Moretti soltó una carcajada. Una que reverberó por toda la sala.
—Buena suerte, Anabella. Porque créeme, nadie más será tan generoso como yo.
Anabella lo miró con furia, pero no respondió. Tomó su bolso de diseñador y salió dando un portazo, convencida de que podría sobrevivir sin él.
Moretti se quedó solo, mirando las llamas de la chimenea. Su sonrisa desapareció, dejando su rostro en una máscara de frialdad.
—Juego limpio, Crawford. Pero ahora, es mi turno —dijo mientras marcaba el número de su abogado para pedirle que empezará con los tramites del divorcio, Anabella era una mujer insoportable.
*****
Samuel irrumpió en el despacho, sin esperar invitación. En sus manos llevaba un sobre manila.
—Jefe, la encontramos.
Moretti levantó la vista de sus papeles, intrigado.
—¿Estás seguro?
—Cien por ciento —respondió Samuel, acercándose al escritorio—. Esto llegó hace unas horas. Quise entregártelo de inmediato.
Moretti tomó el sobre, despacio. Lo abrió con cuidado, como si lo que estuviera dentro pudiera quemarlo. Al sacar las fotos, su expresión cambió.
—No puede ser... —susurró, con la mirada fija en una de las imágenes.
—Es ella, jefe. —Samuel se cruzó de brazos, esperando su reacción—. Nadie más podría ser.
Moretti estudió la foto en silencio. Allí estaba, la chica que no había dejado de buscar. Pero algo en la imagen lo dejó helado.
—¿Qué le pasó? —murmuró, pasando los dedos por la imagen como si pudiera tocarla.
—El incendio, jefe. Ella no corrió con tanta suerte.
Moretti negó con la cabeza, todavía mirando la foto.
—Pensé que no le había pasado nada, pensé que...
—No del todo —dijo Samuel, su tono serio—. Tiene cicatrices en medio cuerpo. Quemaduras profundas.
Moretti apretó los labios, su mandíbula marcada por la tensión.
—¿Dónde está?
—Vive en un pequeño pueblo al norte. Se cambió de nombre, pero no pudo desaparecer del todo.
Moretti asintió, aún sin apartar la mirada de la imagen. La chica de la foto tenía la misma expresión dulce que recordaba, pero ahora había algo más. Algo roto.
—Quiero verla.
—¿Estás seguro? —preguntó Samuel con cautela—. No sabemos cómo va a reaccionar al verte.
—Eso no importa. —La voz de Moretti era firme—. Si ella está viva, entonces tengo que verla.