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Mis Trillizos son Hombres Lobo

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Blurb

Durante cinco años, Camila hizo todo lo posible por olvidar aquella noche que la obligó a abandonar su pueblo y cortar con su pasado.

Ahora, sus trillizos tienen cinco años y parecen ser unos niños completamente normales… hasta que una noche de luna llena, en lo profundo del bosque, Camila descubre su secreto.

Sus hijos no son humanos.

Mientras intenta descubrir qué son realmente y por qué su familia le ocultó la verdad, un hombre despierta después de cinco años en coma con un único recuerdo:

una mujer y tres hijos que nunca dejó de buscar.

Y entonces Camila comprende que aquella noche no fue el comienzo de su pesadilla…

Fue apenas el principio.

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1
Camila Mucho ha cambiado desde que los trillizos se fueron a vivir conmigo. Todavía recuerdo lo pequeños que eran y cómo, con cada día que pasaba, me unía más a ellos. No pensé que llegaría a aceptarlos como míos, mucho menos que realmente los criaría, pero lo hice. Nadie más pensó que sería capaz de hacerlo. Nadie creyó que me quedaría con ellos, pero demostré que todos estaban equivocados. Mis turnos en el hospital se han vuelto cada vez más exigentes. Era como si el universo se empeñara en causar estragos en nuestra pequeña ciudad, Bleakmore, cada vez que llegaba el momento de comenzar mi turno. Al menos, no era el mismo tipo de caos de hacía cinco años. Todavía tengo pesadillas con la cantidad de cadáveres que vi y con todas las familias a las que tuve que darles la terrible noticia sobre sus hijos. Lo más difícil era decirle a alguien que su hijo había muerto y que la policía no sabía quién era el asesino. Lo hice tantas veces que, de alguna manera, terminó convirtiéndose en una rutina. No hubo justicia. Siento que estoy perdiendo el control de mis pensamientos y de la dirección que están tomando. Afortunadamente, una voz me devuelve al presente justo cuando estoy cerrando la puerta de la sala de descanso. —Adiós, Doc. Que tengas un buen día —me dice Amelia, la enfermera. Le sonrío, agradecida por sus buenos deseos y, sobre todo, por ser la razón que consigue que mi mente deje de vagar por el pasado. —Adiós, Amelia. Tú también. Miro mi reloj y me doy cuenta de que todavía tengo tiempo suficiente para volver a casa y preparar a los trillizos para el viaje de senderismo del que les he estado hablando durante semanas. Esta será la primera aventura que emprenderemos como familia. Siempre quise llevarme a los niños conmigo y emprender nuevas aventuras, como solía hacer con mis padres antes de que ellos cambiaran. La diferencia es que yo jamás permitiría que mi relación con los trillizos cambiara de la misma manera. Nunca dejé de hacer esos viajes. Simplemente los pospuse hasta que tuviera la edad suficiente. Esa era la excusa que usaban mis padres para mantenerme dentro de casa mientras ellos podían seguir sus propias aventuras sin mí. Pensaron que mantenerme encerrada o hacer comentarios sobre mi personalidad hiperactiva y mi amor por la aventura sería suficiente para cambiarme. Definitivamente, no funcionó. Lo único que consiguió moderar un poco mi lado salvaje fue mi trabajo como médico y, ahora, mis hijos. Los trillizos tienen cinco años y creo que ya son lo suficientemente mayores para emprender aventuras. Si no tienen la edad suficiente, supongo que lo averiguaré esta noche. La suave brisa de Bleakmore roza mi rostro y hace que mi cabello vuele por todas partes. Llamo a un taxi y me irrita la forma en que el viento hace que mi cabello se me meta en la boca o me cubra los ojos. —¿Estaría bien si cerramos las ventanas? —le pregunto al conductor, dedicándole la sonrisa más encantadora que puedo esbozar. Afortunadamente, al conductor no parece importarle. Al parecer, mi sonrisa todavía conserva algo de magia. Los niños deben estar emocionados y un poco hiperactivos. Espero que Kelly, su niñera ocasional, consiga mantener la cordura hasta que yo llegue a casa. Le envío un mensaje de texto para avisarle que voy de camino y su respuesta llega casi de inmediato: «Se están portando muy bien, no se preocupe, Doc». Lo termina con tres emojis de ángeles. ¿Ángeles? Sí, definitivamente está mintiendo. Pienso en todos los objetos frágiles que hay en la casa y en cuántos podrían romper los trillizos con facilidad si se obsesionaran con alguna cosa en particular. El taxi se detiene frente a la casa y todavía no he terminado mi lista mental de objetos frágiles. Mientras camino hacia la puerta principal, no escucho ningún grito proveniente del interior. Eso es una buena señal. Los trillizos no son unos demonios. Simplemente les encanta correr y jugar, como a la mayoría de los niños. También les encanta pelear por cualquier cosa y discutir sobre a quién pertenece realmente cada objeto. Encontré una solución sencilla: comprar tres de todo lo que llevo a casa. Sus payasadas nunca llegan a volverme loca. Supongo que es otra ventaja de tener un lado salvaje. Abro la puerta principal y la absoluta tranquilidad de la casa me sorprende. —¡Mami! Hablé demasiado pronto. Tres fuertes gritos son lo primero que escucho, seguidos por el sonido de tres pequeños cuerpos chocando contra el mío. —Hola, bebés. Revuelvo el cabello de Ethan mientras Nathan y Ella se alejan rápidamente. No son muy aficionados a que alguien les toque el cabello. Kelly sale de la cocina y me saluda con un abrazo. Les pido a los niños que vayan a jugar mientras hablo con ella y le pago por el día. —Te dije que eran unos ángeles. Estoy de una pieza. ¿Ves? —dice, mientras se da la vuelta para demostrarme que no tiene ninguna herida ni siquiera una mancha en la ropa. Noto una pequeña sonrisa jugueteando en sus labios. Definitivamente, los ha sobornado con algo. —Está bien, ¿cuál fue el trato? —le pregunto a Kelly, dedicándole mi famosa mirada juguetona. Nadie puede guardar un secreto cuando la uso. Ni siquiera los ojos de cachorro de los niños pueden impedirme llegar al fondo de cualquier asunto. —Puede que les haya dicho a los trillizos que dijiste que solo podrían ir de excursión si se portaban bien —responde, riéndose de forma diabólica. Juro que mis hijos la están influenciando mucho más de lo que ella cree. —¿De verdad, Kelly? ¿En serio? —pregunto con incredulidad. —¿Qué? —dice con fingida inocencia. Sí, definitivamente eso también lo aprendió de los trillizos. —Me dijiste que fuera creativa cuando necesitara convencerlos de que se portaran bien, así que seguí tu consejo. Me río antes de señalarle la puerta. —Solo vete. Pasé alrededor de una hora tratando de convencer a los niños de que tenían que ponerse las chaquetas porque en el bosque hace frío a altas horas de la noche. Ethan es fácil de convencer. Le digo que Santa estaría orgulloso de él y, casi de inmediato, se pone la chaqueta. Nathan y Ella, por otro lado, necesitan un poco más de persuasión. —Les diré qué. Si se ponen sus chaquetas, iremos a muchas más excursiones y aventuras. ¿Trato? Ethan asiente enérgicamente con la cabeza. —Di que sí. Di que sí —repite una y otra vez cuando Nathan y Ella parecen vacilantes. Pero ese es precisamente el empujón que necesitan. —Trato. —Trato. Nos damos la mano y tengo que esforzarme por mantener una expresión indiferente. Afortunadamente para mí, ellos no saben que ya he planeado llevarlos a muchas caminatas y aventuras. Reviso nuestras maletas y me aseguro de que tengamos todo lo necesario. También empaco mi cámara porque los niños siempre quieren tomar fotografías de cada momento. Sé que ellos no me eligieron para ser su madre. Esa fue una decisión que tomé yo. Sé cuánto me costó esa elección. Me costó a mi familia, a mis amigos e incluso al hombre que alguna vez fue mi novio. Todos intentaron convencerme de que no sería capaz de criar a los niños, pero lo hice. Y lo hice muy bien. Lo único que lamento es no haber abandonado mi antiguo pueblo antes. Muchas cosas han sucedido durante estos últimos cinco años y todas me han demostrado que tomé la decisión correcta. Ellos son mis hijos, tanto si la gente quiere aceptarlo como si no. Una de las cosas que más me lo recuerdan es cuánto se parecen a mí. Tienen el mismo lado salvaje y la misma compasión, quizá incluso más. Solo espero que esas similitudes sean suficientes para que los niños sientan que me pertenecen tanto como yo les pertenezco a ellos. Estaciono el auto a la entrada del bosque y trato de ignorar el recuerdo de la última vez que conduje por este lugar, hace cinco años, y de lo que me esperaba al final del camino. —Mamá, ¿ya terminaste? —pregunta Nathan mientras saco nuestras maletas del auto. Ethan y Ella también parecen aburridos. —Saben que el bosque no va a irse a ninguna parte, ¿verdad? —les pregunto en tono juguetón mientras tomo la última mochila y los ayudo a ponérsela. —Lo sabemos, mami, pero queremos tener mucho tiempo para jugar —responde Ella. Nathan y Ethan asienten con entusiasmo. —No se preocupen. Tendremos todo el tiempo del mundo. E incluso si tenemos que irnos antes de lo previsto, recuerden que esta es solo nuestra primera aventura. Vamos a tener muchas más. Ojalá hubiera sabido que esas palabras terminarían haciéndose realidad de una manera que jamás habría podido imaginar.

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