«No quiero esto más». Era lo que repetía una y otra vez. Me sentía sucio, despreciable, asqueroso. No podía quitarme su nauseabundo olor y su barato perfume. Aun cuando había terminado, podía sentir como si sus manos aún estuvieran tocando mi cuerpo; como si su estrecha boca aún estuviera succionando mi pene y mis fluidos.
Me mantuve gran parte de la madrugada sentado en la bañera y debajo del agua caliente. Aunque ardía, sentía que era la única manera de apaciguar esos malestares y de ahuyentar la impotencia. He llorado tanto desde la muerte de mi madre que de mis ojos ya no brotan lágrimas, aunque el corazón lo tenga destrozado y el nudo en mi garganta siempre esté presente.
Mi padre había llegado de romper noche y me topé con él y con esa maldita en la mesa del comedor. Ambos lucían tranquilos, especialmente ella. Quería decirle todo a mi padre, pero volví a resignarme, porque sé que seguirá creyendo en esa infeliz. Ya no sé qué más hacer para evitar que ella regrese. ¿Hasta dónde tengo que llegar? ¿Cuándo lograre liberarme de este infierno?
—¿No vas a despedirte? — la pregunta de mi padre me causó disgusto, pero no más que la sonrisa que se ensanchó en los labios de Gloria.
—Los odio... — murmuré.
—¿Qué dijiste? — mi padre se levantó de la mesa y agarré firmemente mi mochila.
—He dicho que los odio — repetí, aunque en mi interior estaba muriendo de miedo.
—Ya déjalo, Artur. Deja que se vaya al colegio — ella intervino.
—¿Se supone que debo agradecerte? ¿Es eso lo que estás esperando, bruja maldita?
—¡Me tienes harto con tus actitudes, mendigo insolente!
—¿Qué vas a hacer? ¿Vas a matarme a golpes? Anda, hazlo. Me harías un gran favor.
Me arrojó el plato desde la mesa hasta la puerta de entrada y retrocedí.
—Ojalá se mueran… — desde el fondo de mi alma deseaba que esas palabras fueran escuchadas y ejecutadas por algún ser capaz de hacer lo que yo no podría.
Salí de la casa en dirección al colegio. Caminaba despacio, como que ni ganas sentía de ir. El infierno en la casa es el mismo que el del colegio. La única diferencia es que en el colegio tengo hora de entrada y de salida.
Quise ir directamente a mi salón, me escabullí entre la gente con tal de llegar a mi destino y que nadie me detuviera. Me senté en el pupitre más distante, cercano a la ventana y donde pudiera pasar desapercibido. Aquella chica que se detuvo en medio de la clase era una abominación. Su apariencia llamaba mucho la atención, pues independientemente de lo poco agraciada que era, estaba toda andrajosa. Lo único que podía pensar es que le habían dado la cálida bienvenida que me dieron a mí cuando pisé este miserable lugar. No me sorprende que la maestra no haya dicho absolutamente nada sobre su estado. El director es otro que está cortado con la misma tijera. Solo sirven para llenarse los bolsillos; la educación y los estudiantes no les importa un bledo.
—Denle la bienvenida a Estefanía. Es la nueva estudiante de la que hablamos la semana pasada. Sean amables con ella.
De todas las sillas vacías, tuve la mala suerte de que esa niña se sentara al lado mío. Su olor era repugnante. Definitivamente ya se divirtieron con ella.
—Hola.
A pesar de escucharla, quise hacer de cuenta que no lo hice.
—¿Athan?
—¿Cómo sabes mi nombre?
—¿Mi mamá no te contó?
—¿Acaso tú eres la hija de esa mujer? No estoy interesado en hacer amigas, así que mantén tu distancia — volteé la mirada hacia el cielo, ignorando su presencia y la de todos a mi alrededor.