El eclipse se cernía sobre las cumbres como una garra oscura, la luna menguante devorando el sol en un bocado plateado que teñía la puna de rojo sangre y sombras alargadas. La veta mística latía más fuerte que nunca, su fulgor amplificado por la alianza tejida en el termal –Silverfang, Ceniza y Salvajes fusionados en un tapiz de pelajes y carne, aullidos sincronizados que aún resonaban en mis oídos como gemidos de placer residual. Anoche, después de la emboscada, la celebración había sido fuego puro: Elara montándome en el claro, su coño empapado deslizándose sobre mi polla venosa mientras Zara y Lira lamían mis bolas y su clítoris, tríadas y cuartetos enredados bajo la plata que bebía jugos mixtos como néctar divino. "¡Fóllame eterno, hierro –hazme chorrear pa' que la horda pruebe la luz

