La luna llena reinaba soberana sobre el claro sagrado, su plata derramándose como semen caliente sobre la puna, iluminando cada hoja, cada roca, cada pelaje erizado de la manada en círculo expectante. El altar de la veta mística latía en el centro, un lecho de plata viva que humeaba con vapor ancestral, olía a salvia quemada y a promesas de carne fusionada. Elara se erguía ante mí, su chal andino deslizándose lento de sus hombros como una piel mudada, revelando la gloria de su cuerpo –piel morena reluciendo como adobe besado por el sol cusqueño, pechos altos y plenos con pezones oscuros endurecidos por el viento frío de la noche, vientre plano surcado por cicatrices que narraban cacerías pasadas, caderas anchas que se mecían instintivas como un huayno prohibido, y entre sus muslos, el triángulo n***o de vello que ocultaba –pero no del todo– la promesa húmeda que conocía de memoria. El lazo vibraba en mi pecho como un pulso directo a mi polla, endureciéndome contra el cuero de mis pantalones hasta doler, mi lobo interno rugiendo *tómala, devórala, fóllala hasta que la eternidad sea nuestra*.
Lira, mi beta leal, se acercó con un cuerno de chicha humeante, sus ojos miel devorando la escena con un brillo pícaro que delataba su propia hambre reprimida –sus curvas curvilíneas marcadas bajo una blusa suelta, pechos generosos subiendo con cada respiración acelerada. "Alfa, la manada espera tu reclamo crudo. Que la plata beba de vuestros jugos y selle el lazo en fuego eterno", murmuró, voz ronca como grava andina, pasando el cuerno a Elara con un roce de dedos que era casi caricia. La manada –veinte lobos en forma humana, algunos con pelajes medio desplegados, otros con erecciones visibles bajo telas raídas– jadeaba en silencio reverente, el aire espeso con olor a sudor anticipado, a deseo primal que hacía erizar el vello de nucas y endurecer miembros. El chamán anciano alzó las runas talladas en hueso de puma, humo de salvia enroscándose como lenguas invisibles en el viento. "Hierro y sombra se funden en carne palpitante, en semen y aullido que une almas bajo la plateada caprichosa. Que el lazo sea eterno, coño y polla entrelazados en éxtasis, o la plaga regrese en gemidos rotos y sombras devoradoras". Su voz era un cántico quechua gutural, reverberando en las cumbres lejanas, y la manada respondió con un aullido bajo, un coro que vibraba en mis bolas hinchadas, haciendo que pre-semen gotee ya por mi muslo.
Tomé a Elara por la nuca, mis dedos enredándose en su cabello n***o en cascada, tirando suave pero firme pa' inclinar su cabeza y exponer la curva vulnerable de su garganta –donde quería morder, marcar con colmillos que dejaran huella eterna. "Luna, hoy no hay cadenas ni pruebas –solo mi hierro rompiéndote en luz pura. Desnúdate pa' mí, déjame beber de cada curva hasta que supliques mi polla dentro, hasta que tu coño chorree y la plata beba tu jugo como ofrenda". Mi voz salió ronca, cruda, con ese acento puneño que se espesa como miel cuando el deseo me jode el cerebro, aliento caliente rozando su oreja mientras mi mano libre bajaba por su espalda, uñas raspando suave la piel hasta llegar a sus nalgas redondas, apretándolas pa' separarlas y sentir el calor de su entrada ya húmeda contra mis dedos.
Ella jadeó, un sonido que era mitad gemido cusqueño, mitad desafío lobuno, sus ojos verde-esmeralda clavándose en los míos con fuego que me robó el aliento. Sus manos temblaron solo un segundo antes de desatar el nudo final del chal, dejándolo caer al suelo rocoso con un susurro de tela que sonó como invitación pecaminosa. Quedó expuesta al claro, al fulgor lunar, a la manada que contenía el aliento –vientre plano surcado por cicatrices finas de cacerías solitarias, el tatuaje lunar en su pecho palpitando como un coño ansioso por ser tocado, muslos fuertes entreabiertos revelando labios hinchados y relucientes de anticipación. "Hazlo crudo, Kai, joder –lame mi coño pa' que la manada huela mi sabor en tu boca, fóllame pa' que la luna selle este lazo con tu semen goteando por mis muslos. Quiero que me rompas, Alfa, que me hagas gritar tan alto que las cumbres tiemblen y la plata se corra con nosotros". Su voz era un ronroneo gutural, acento cusqueño rodando como un río en crecida, y se recostó en el altar, piernas abriéndose más, invitándome con un dedo trazando su clítoris hinchado, jugos brillando plateados bajo la luna.
Me arrodillé entre sus muslos como un devoto pagano, el vapor de la veta subiendo a envolvernos como aliento caliente de la Pachamanca misma, mi nariz rozando su vello n***o antes de bajar la cabeza –lengua plana lamiendo desde su entrada hasta el clítoris en una pasada larga y lenta, sabor a jazmín salado y deseo andino explotando en mi boca como chicha fermentada al fuego. "¡Carajo, sí, Alfa! ¡Chúpame el clítoris, méteme la lengua profundo pa' que sienta tu hambre!", gimió ella, caderas empujando contra mi cara, manos clavándose en mi cuero cabelludo pa' guiarme, uñas raspando como garras juguetona. Sorbí su clítoris hinchado, succionando con fuerza que la hizo arquear, dos dedos hundidos en su coño apretado y empapado, curvándose pa' golpear ese punto sensible que la hacía jadear quechua roto: "¡Ñuqaqan, qanwan –yo contigo, fóllame ya!". La manada jadeaba más fuerte, algunos betas tocándose disimuladamente, Lira mordiéndose el labio con ojos miel oscurecidos, el aire cargado de gemidos ahogados y olor a excitación colectiva que hacía mi polla latir dolorida.
Levanté la cabeza, labios y barbilla brillando con sus jugos, y me despojé de los pantalones en un tirón salvaje –mi polla saltando libre, venosa y dura como hierro forjado, cabeza roja goteando pre-semen que cayó al altar como ofrenda líquida. "Mírame, sombra. Esta es tu eternidad –mi polla embistiéndote, rompiéndote en Luna de plata. Quiero verte chorrear alrededor de mí, oírte suplicar mientras te follo hasta el alma". Me posicioné, cabeza rozando su entrada resbaladiza, y empujé lento al principio, centímetro a centímetro, su coño abriéndose pa' mí como una flor nocturna, paredes aterciopeladas apretándome en un puño de fuego que me arrancó un gruñido gutural. "¡Joder, Elara, tu coño es mi ruina –apretado, mojado, hecho pa' ordeñarme!". Ella arqueó la espalda, pechos rebotando con el movimiento, piernas enredándose en mi cintura pa' clavarme talones en el culo y empujarme más hondo. "¡Llénamela toda, cabrón! ¡Fóllame profundo, hazme sentir cada vena de tu polla latiendo en mí –quiero tu semen sellando el lazo, goteando por mis muslos pa' que la manada lo huela y sepa que soy tuya!".
Embistí entonces, crudo y sin piedad –caderas chocando contra las suyas en un ritmo brutal que hacía chapotear jugos contra la plata, el altar vibrando bajo nosotros como si la veta respondiera al placer con pulsos de luz que iluminaban nuestros cuerpos sudorosos. Mis manos en sus pechos, pellizcando pezones duros como piedras de la puna mientras bajaba la boca a morder su cuello, dejando marcas rojas que sangraban placer dulce, lengua lamiendo el sudor salado de su clavícula. "Sientes eso, Luna? Mi polla latiendo en tu coño, el lazo fundiéndonos en una bestia sola –te follo pa' que aulles mi nombre, pa' que tu maldición se ahogue en mi semen caliente". Ella se movió conmigo, caderas girando en círculos que me volvían loco, uñas rasgando mi espalda en surcos profundos que ardían como fuego bendito, su voz rompiéndose en gemidos cusqueños: "¡Lo siento, Kai, joder! ¡Tu hierro me quema el alma, tu polla me hace diosa de la noche –más duro, embésteme hasta que explote, hazme chorrear pa' que la plata beba mi jugo y selle esta eternidad!". El placer subía como un volcán en erupción, su clítoris rozando mi pubis con cada embestida, mis bolas golpeando su culo en un slap húmedo que resonaba en el claro.
La manada no se contenía más –gemidos ahogados, manos moviéndose bajo telas, Lira tocándose disimuladamente con ojos fijos en nosotros, el aire espeso como miel con olor a orgasmo inminente. "¡Ahora, sombra –córrete conmigo, apriétame pa' ordeñarme!", gruñí, una mano bajando a su clítoris, girando rápido mientras embestía más profundo, la cabeza de mi polla golpeando ese punto que la hacía convulsionar. Ella explotó primero, coño ordeñándome en oleadas que me arrastraron al abismo –"¡Kai, carajo, me corro! ¡Tu semen, lléname, hazme tuya pa' siempre!"–, su grito cusqueño rompiendo la noche, jugos chorreando por mis bolas y la plata que los absorbía como néctar divino. Yo la seguí, semen derramándose en chorros calientes y espesos que llenaron su coño hasta rebosar, goteando por sus muslos en riachuelos plateados que la veta bebía con pulsos de luz cegadora. Aullamos juntos, un sonido primal y sincronizado que hizo rugir a la manada en eco, el claro temblando como si la Pachamanca se corriera con nosotros, la plata explotando en un fulgor que iluminó las cumbres lejanas.
Nos quedamos enredados en el altar, jadeos calmándose en el vapor que nos envolvía como un sudario de placer, mi polla aún semi-dura dentro de ella, palpitando con los últimos ecos del clímax. Besos salados en piel sudada, mi lengua lamiendo el sudor de su clavícula mientras ella trazaba con el dedo los surcos en mi espalda. "Eterno, Alfa. Siento la plata en mi sangre, tu hierro templándome pa' siempre". Sonreí, lobuno y saciado, saliendo lento de ella con un pop húmedo que hizo que jugos mixtos goteen al altar. "Eres mi Luna, Elara –mi sombra que brilla. Pero Lira dice que sombras nuevas acechan en las cumbres –nueva manada, ¿aliados o rivales con hambre de plata?".
El lazo latió advertencia, pero en sus ojos, vi la promesa: juntos, morderíamos lo que viniera, follando cada batalla hasta la victoria.