La aurora se filtraba a través de la niebla de la puna como un susurro de luz traicionera, el sol despuntando tímido sobre las cumbres del Ausangate, tiñendo el velo matutino de oro pálido que olía a ozono fresco y metal chamuscado. La veta mística latía en la cueva principal como un corazón expuesto y febril, su fulgor plateado amplificado por la alianza tejida en el termal –Silverfang, Ceniza y Salvajes entrelazados en un tapiz de lealtad sangrienta y placer compartido, aullidos que aún resonaban en mis oídos como gemidos de la emboscada de la medianoche. Los gubernamentales globales yacían destrozados en el paso estrecho, tanques de Bruselas volcados en el río como bestias mecánicas muertas, drones con IA militar esparcidos como insectos aplastados, y el humo n***o de los robots caídos

