Capítulo 5: Pasión en el Vapor (Narrado por Elara Vargas)

1531 Words
maldita sea, el amanecer en la puna era un puñetazo de luz fría, con el sol trepando lento sobre las cumbres como un Alfa reacio a despertar. Me escabullí de la choza antes de que la manada oliera mi nerviosismo el chal andino envuelto alrededor de mi cuerpo herido, el hombro vendado latiendo como un recordatorio de la cacería, y entre mis muslos, un calor traicionero que no tenía nada que ver con la fiebre. Kai me había dejado con esa promesa cruda en la fogata: "Al río termal, sombra. Nada más la manada, solo nosotros". Y carajo, quería creerle quería que su hierro se derritiera en mis manos, que su boca borrara la soledad que Isadora me había clavado como un clavo en el alma. Pero el miedo mordía: ¿y si era otra prueba? ¿Y si su deseo era solo el lazo jodiéndonos, como un huayno que te hace bailar hasta caer? El río termal se escondía en una grieta rocosa, un secreto de la Pachamanca donde el agua burbujeaba caliente como sangre de volcán, vapor enroscándose en la niebla como dedos juguetones. Me quité el chal despacio, el aire fresco erizándome la piel morena, cicatrices brillando bajo la luz rosada el tatuaje lunar en mi pecho palpitando como un corazón expuesto, el flanco rozado por la bala aún rojo. Me metí al agua, el calor envolviéndome como un abrazo prohibido, subiendo por mis piernas hasta mi centro, donde el deseo por Kai ya latía fuerte. Suspiré, cerrando los ojos, y por un segundo, fue paz el vapor lavando el barro de la caza, el murmullo del río ahogando los aullidos en mi cabeza. Pero entonces, su olor me golpeó: pino tormentoso y hombre sudado, mezclado con el azufre del termal. Abrí los ojos, y ahí estaba él Kai Blackwood, saliendo de las sombras como un dios andino, pantalones de cuero bajos en las caderas, torso desnudo marcado por cicatrices que rogaban ser tocadas. Se metió al agua sin decir nada, el vapor arremolinándose alrededor de sus hombros anchos, ojos ámbar fijos en mí como si ya me estuviera follando con la mirada. Nadó cerca, el agua chapoteando suave, y se detuvo a un brazo de distancia, su pecho subiendo y bajando rápido. —"Llegaste, sombra— Pensé que huirías al amanecer, como una errante que sabe que el hierro quema". Su voz era un gruñido bajo, ronca por la noche de chicha y vigilia, con ese acento puneño que me erizaba el vello. Me reí bajito, un sonido que salió más jadeo que risa, y me acerqué, el agua caliente lamiéndome los pechos mientras flotaba hacia él. —"Huir? De ti, cabrón? —La luna me ha hecho correr de cazadores y bestias, pero tú... joder, Kai, tu lazo me tira como un río en crecida. Anoche, en la fogata, tus palabras me dejaron despierta, tocándome en la choza pensando en tu boca en mi piel, en cómo me embestirías contra estas rocas hasta que grite tu nombre en quechua. Pero no vine pa' huir –vine pa' verte crudo, sin la manada mirando, sin pruebas. Muéstrame esas cicatrices que escondes, Alfa. Déjame lamerlas, contarte las mías, y ver si este fuego nos salva o nos jode del todo". Él gruñó, un sonido que vibró en el agua, y se acercó más, su mano subiendo a mi nuca, enredando en mi cabello n***o mojado. El toque fue eléctrico, el vapor espesándose como si la Pachamanca nos cubriera, y su cuerpo rozó el mío duro, caliente, su erección presionando contra mi vientre bajo el agua como una promesa que dolía de lo buena que era. — "Crudo,— dices. Bien, te lo doy sin filtros, Elara. Estas cicatrices" tomó mi mano y la guió a su pecho, presionando mis dedos contra la marca gruesa de Selene– "son de ella. Me arañó en la veta, gritando que el amor no paga, que el oro humano era mejor que mi lazo. La follé antes, en esa misma cueva, pensando que era eterna sus uñas en mi espalda, su coño apretándome como un puño, aullidos que creí eran lealtad. Pero era veneno. La mordí pa' pararla, sintiendo su pulso apagarse en mi boca, y desde entonces, no dejo que nadie se acerque. Ni Lira, con su risa que tienta y sus curvas que rozan en las patrullas. Pero tú... carajo, sombra, tu toque me hace querer romper todo. Siento tu maldición latiendo en mi pecho, como si Isadora me hubiera marcado a mí también. ¿Qué carajo es esto? ¿Por qué tu sombra me hace querer follarte lento, lamiendo cada curva tuya hasta que supliques, y luego embestirte duro pa' que el lazo nos una en una sola bestia?" Sus palabras me pegaron hondo, un nudo en la garganta que sabía a lágrimas calientes, y me pegué a él, mis pechos contra su torso, agua chapoteando mientras mis manos bajaban por su espalda, arañando suave las cicatrices que contaban sus guerras. El vapor nos envolvía como un velo, el río murmurando como un cómplice, y lo besé crudo, hambriento, mi lengua invadiendo su boca como una garra reclamando territorio. Sabía a chicha y tormenta, su barba raspando mi piel, y gemí contra él, mis uñas clavándose en su culo pa' pegarlo más. "Esto es el lazo, Kai, joder, es lo que la luna nos jodió pa' salvarnos. —Mi maldición... carajo, escúchame: Isadora no solo mató a mi familia –me maldijo porque mi madre amó a un humano, 'manchando' la sangre, y yo era el fruto de eso. Me grabó este tatuaje en el pecho, susurrando 'Cazarás errante, bestia sin alma, hasta que la plata te devore'. Cada luna llena, me obliga a cazar, a morder carne que sangra como mi viejo Ramiro, y me roba recuerdos noches donde soñaba con un compañero que me mirara sin miedo. Pero contigo... siento tu hierro templándome, como si tu lazo pudiera romper esta mierda. Tócalo" tomé su mano y la presioné contra mi tatuaje, el agua caliente amplificando el pulso compartido– "siente cómo late con el tuyo. Fóllame aquí, Alfa, crudo y profundo –embésteme contra la roca, lame mi coño hasta que grite, y dime si no sientes que la maldición se quiebra con cada embestida. No quiero pruebas, quiero tu verdad: ¿me quieres como Luna, o solo como sombra pa' calmar tu lobo hambriento?" Él jadeó contra mi cuello, su boca bajando a morder suave mi hombro herido, lengua lamiendo la venda como si saboreara mi dolor. Sus manos bajaron a mis caderas, levantándome contra él, mi espalda contra la roca lisa del termal, agua salpicando como aullidos ahogados. Su erección rozó mi entrada, dura y caliente, y empujó lento, entrando en mí centímetro a centímetro, un gruñido ronco escapando de su garganta mientras me llenaba. —"Te quiero como Luna, Elara, joder, te quiero como la que rompe mi hierro y me hace aullar de verdad. Siento tu maldición latiendo en mi polla, apretándome como si quisieras devorarme, y carajo, déjame devorarte a ti –tu coño es fuego andino, apretado y mojado, como si la luna nos hubiera hecho pa' esto". Embistió más profundo, el agua chapoteando con cada movimiento, su boca capturando mis pechos, lengua girando en mis pezones hasta que arqueé la espalda, gimiendo su nombre como un rezo cusqueño. — "Dime que lo sientes, sombra –dime que mi hierro te templa, que este lazo nos salva de Isadora y sus sombras. Fóllame de vuelta, muévete contra mí, araña mi espalda hasta que sangre, y grita si la maldición se rompe con mi semen dentro de ti". Me moví con él, caderas chocando en un ritmo crudo que era mitad guerra, mitad amor mis uñas en su espalda, dejando surcos rojos que sabía a victoria, mi boca en su cuello mordiendo suave pa' marcarlo mío. El placer subía como un volcán, el vapor nublando todo menos su rostro –ojos ámbar ardiendo, sudor goteando por su pecho, embestidas que me llenaban hasta el alma. — "Lo siento, Kai, carajo, lo siento rompiéndose –tu hierro me quema la maldición, tu polla me hace sentir viva, no errante. Más duro, cabrón, embísteme hasta que aullamos y la luna nos oiga. Te amo, joder, te amo como mi viejo amó a mi madre –prohibido, crudo, eterno. No pares, no me sueltes, hazme tuya pa' siempre". El clímax nos golpeó como un alud, mi grito ahogado en su boca, su gruñido vibrando en mi pecho mientras se derramaba dentro de mí, el lazo latiendo como un corazón nuevo, el tatuaje enfriándose por primera vez en años. Nos quedamos jadeando, agua calmándose alrededor, su frente contra la mía, besos suaves ahora que el fuego se apagaba en brasas. — "Eres mi Luna, Elara. Mi sombra eterna. Pero la profecía no miente –esto nos une, pero también atrae la tormenta. Isadora y Draven olerán este lazo... y vendrán por nosotros". El vapor se aclaró, revelando las cumbres lejanas, y en la distancia, un aullido solitario no de manada, sino de algo oscuro acechando. Joder, el amor nos había salvado... pero la guerra apenas empezaba.
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