Capítulo 4: Secretos Bajo la Piel (Narrado por Kai Blackwood)

1429 Words
—Carajo, después de esa cacería, con la sangre del puma y los salvajes aún pegada a la piel, no podía sacarme a Elara de la cabeza. Su hombro herido sangraba como un recordatorio vivo de lo cerca que estuve de perderla —o de reclamarla ahí mismo, en el barro, con la manada mirando. La llevé de vuelta a la guarida en mi lomo, su pelaje n***o rozando el mío en un contacto que me volvía loco, el vínculo latiendo como un pulso entre mis patas. Ahora, en la cueva principal, la manada celebraba la caza con chicha y fogatas que crepitaban como chismes andinos. Lobos en forma humana bailaban huaynos torpes alrededor del fuego, riendo y chocando cuernos de peltre, pero yo me sentía como un lobo enjaulado. Thorne se lamía las heridas en una esquina, mirándome con esos ojos grises que gritaban envidia, y Lira vendaba a los betas con su risa pícaro que aliviaba el aire. Pero Elara... ella estaba sentada en una roca, envuelta en un chal prestado, sorbiendo chicha con una sonrisa lobuna que me hacía apretar los puños. Me acerqué, el calor de la fogata lamiéndome la espalda desnuda, y me senté a su lado, tan cerca que su muslo rozó el mío. Su olor jazmín mojado por lluvia y un toque de sangre fresca me golpeó como un trago de aguardiente. —No bailas, sombra? La manada celebra victorias con el cuerpo, no solo con aullidos. O te da miedo soltarte, como en la quebrada cuando el salvaje te tuvo contra las rocas. Mi voz salió ronca, cruda, con ese acento puneño que se espesa cuando el deseo me jode el cerebro. Ella giró la cabeza, sus ojos verde-esmeralda clavándose en los míos como cuchillos que cortan hasta el hueso. Se lamió los labios, aún hinchados por el roce en la caza, y dejó el cuerno de chicha en la roca con un golpe seco. —Bailar? Con esta herida latiéndome como un tambor de fiesta en San Juan, y tú mirándome como si quisieras comerme viva en lugar de pasarme un trago? No, Alfa, no me da miedo soltarme me da rabia que me mires así y luego me atas con pruebas como si fuera una chola robada en el mercado de Cusco. ¿Qué carajo quieres de mí, Kai? ¿Que cace tu puma pa' probar lealtad, o que te deje follarme pa' sellar este lazo que nos tiene jadeando como perros en celo? Dime claro, porque la chicha me suelta la lengua, y si no hablas, te escupo lo que siento: tu toque en la quebrada me dejó mojada, queriendo tus colmillos en mi cuello, pero tu hierro me frena como un risco en la puna. Sus palabras me pegaron como un zarpazo, crudas y directas, con ese acento cusqueño que rueda como un río en crecida. El vínculo latió fuerte, un calor que bajó directo a mi entrepierna, endureciéndome contra los pantalones de cuero. La manada seguía bailando, ajena o fingiendo no oír, pero Lira nos lanzó una mirada rápida desde el otro lado del fuego, sonriendo como si supiera el infierno que se cocía. Me incliné más, mi aliento rozando su oreja, el pelo n***o de ella cayendo como una cortina que quería apartar con los dientes. —Quieres claro, Elara? Bien, te lo doy crudo, sin adornos de chamán. Te quiero viva, carajo, porque desde que cruzaste mi yermo, mi lobo no para de aullar por ti. En la quebrada, cuando te cubrí, sentí tu calor contra el mío, tu n***o enredándose con mi gris, y quise montarte ahí, embestirte hasta que gritáramos y la profecía se fuera al carajo. Pero no soy un cabrón impulsivo —Selene me enseñó eso. Me folló con promesas dulces, me dejó cicatrices en el alma y en la piel, y al final me vendió por un puñado de soles humanos. ¿Confío en ti? No del todo. ¿Te deseo? Como un sediento en el desierto de la puna, queriendo beberte hasta ahogarme. Ella se tensó, su mano subiendo a mi pecho, uñas rozando una cicatriz gruesa que cruzaba mi pectoral la marca de Selene, de esa noche en la cueva cuando su traición salió a flote. Sus ojos se oscurecieron, no de rabia, sino de ese fuego compartido que nos jodía a los dos. —Selene... carajo, Kai, los rumores en Cusco la pintan como una diosa caída, pero yo veo en tus ojos que fue una perra venenosa. ¿La mataste tú? Dime la verdad cruda, sin cuentos de héroe Alfa. ¿La follaste esa noche, sabiendo que te traicionaba, o la mordiste antes de que te tocara? Porque yo no soy ella —mi maldición me obliga a cazar sola, a morder ciervos que sangran como mi viejo Ramiro, y cada luna llena me roba un pedazo de alma. Pero contigo... carajo, siento tu dolor latiendo en mi pecho, como si el lazo nos cosiera las heridas. Si me quieres, Alfa, no me pruebes con cacerías pruébame en el río termal, donde el vapor nos esconde y el agua lava la mierda. Déjame ver tus cicatrices de cerca, lamerlas hasta que confieses por qué rechazas este fuego que nos quema. Su roce me quemó, un chispazo que me hizo gruñir bajito, mi mano cubriendo la suya contra mi piel, apretando lo suficiente pa' que sintiera mi pulso desbocado. La fogata crepitaba, iluminando su rostro moreno, labios carnosos entreabiertos como invitación, y carajo, quise arrastrarla ahora mismo a las sombras. Pero el hierro en mí —ese cabrón terco que me había salvado de más traiciones— me frenó. —La maté, sí. Crudo y directo: la encontré en la veta de plata, susurrando secretos a un humano con ojos de avaro, vendiendo el poder de nuestra manada por un collar que brillaba falso. Me miró con esos ojos violetas que antes me volvían loco, y dijo 'Kai, el amor no paga cuentas —el oro sí'. Intentó arañarme, no pa' amarme, sino pa' huir. La detuve con los colmillos en su garganta, sintiendo su pulso apagarse contra mi lengua, y lloré como un cachorro después, enterrándola bajo el ceibo que aún huele a su traición. Desde entonces, no dejo que nadie se acerque —ni betas como Lira, que me mira con ojos miel y curvas que tientan, ni lunas errantes como tú. Pero tú... carajo, Elara, tu sombra me tienta a romper todo. El lazo me muestra sueños donde te follo lento en el termal, mis manos en tus caderas anchas, tu tatuaje latiendo contra mi pecho mientras aullamos y la maldición se quiebra. ¿Quieres ver mis cicatrices? Ven al río al amanecer. Nada más la manada, solo nosotros. Pero si mientes, sombra, te mato yo mismo no por traición, sino pa' no sufrirte. Ella se mordió el labio, su mano bajando por mi abdomen, rozando la V que bajaba a mi dureza, un toque que me hizo jadear y agarrar su muñeca antes de que la manada oliera mi debilidad. Sus ojos brillaron, mezcla de desafío y deseo crudo, y se inclinó pa' susurrarme al oído, su aliento caliente como vapor de termal. —No miento, Kai. Mi viejo Ramiro me enseñó que el amor muerde primero, pero el verdadero no suelta. Isadora me maldijo porque mi madre amó a un humano y 'manchó' la sangre, pero yo no vendo nada cazo pa' vivir, y ahora quiero cazar contigo, follarte hasta que el lazo nos una en una bestia sola. Al amanecer, en el río. Te lameré cada cicatriz, te contaré cómo la luna me obliga a matar lo que amo, y si el vapor nos ve, que nos vea arder. Pero no me frenes más, Alfa este fuego nos jode si no lo soltamos. Ñuqaqan qanwan, qanqan ñuqaqan yo contigo, tú conmigo. O nos quemamos solos. La solté, mi corazón martillando como un tambor de fiesta, y me levanté, dejando el calor de su cuerpo como una promesa que dolía. La manada seguía bailando, ajena al infierno que acababa de desatarse, pero Thorne nos miró desde su rincón, ojos grises entrecerrados como si oliera la debilidad. Caminé hacia la salida de la cueva, el aire frío de la puna golpeándome la cara, pero el fuego en mis venas no se apagaba. Mañana, en el termal, la probaría de verdad —con toques, confesiones y quizás un mordisco que sellara todo. O nos rompería a los dos. Carajo, esta sombra me iba a costar el alma... y valdría cada gota de sangre.
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