No fue follada cruda que quemaba como relámpago efímero que ilumina y se va, sino abrazo profundo y lento que era ritual propio de celebración plena y poética que perduraba como la plata misma –la atraje contra mi pecho, cuerpos desnudos bajo el crepúsculo filtrado, mi piel cobriza envolviendo su morena como corteza protegiendo fruto maduro que madura en silencio con paciencia de ríos que nutren orillas erosionadas, manos trazando su espalda en círculos lentos que dibujaban runas invisibles de quechua antiguo con la delicadeza de viento que acaricia hojas sin romperlas, labios rozando su sien en besos suaves que sabían a chicha fermentada y promesas eternas, no urgentes como truenos que retumban cumbres con prisa que rasga, sino pacientes como ríos que tallan cañones con gotas constantes que nutren orillas con gentileza que perdura, su cabeza descansando en mi hombro mientras el viento llevaba nuestros suspiros como ofrenda a la luna renacida, su aliento caliente en mi cuello susurrando "Tu abrazo templa mi fuego, Kai –no embestidas contra riscos que queman efímero como relámpagos que iluminan y se van, sino caricias que curan cicatrices de Isadora como pétalos que caen en rocío matutino para sanar tierra agrietada con delicadeza que perdura como raíces en tierra fértil, haciendo que mi tatuaje lata como corazón compartido, tu mano en mi vientre prometiendo cachorros que aúllen no con rabia que rasga como espinas que cortan con afán, sino con canciones quechua que llenan cumbres con armonía que perdura como nieve en puna que cubre sin herir con blancura pura que nutre". Nos mecimiento en el sendero, el viento llevando nuestros suspiros como ofrenda a los antiguos, el lazo latiendo como un río que nos unía a todos, no en placer carnal inmediato que devora como fuego que quema efímero, sino en intimidad que construía fortalezas invisibles con ladrillos de ternura que perduraba como nieve en puna que cubre sin herir, sus dedos enredándose en mi cabello castaño, tirando suave pa' inclinar mi cabeza y besar mi mandíbula con labios que sabían a victoria y vulnerabilidad, un beso que era pacto silencioso, lengua rozando mi piel en trazos lentos que despertaban no urgencia como relámpagos que iluminan y se van, sino paz profunda como ríos que nutren valles con gotas constantes que se acumulan, su cuerpo arqueándose contra el mío en una danza de respiraciones sincronizadas, pechos subiendo y bajando en ritmo que imitaba el pulso de la veta, caderas rozando las mías en un roce que era promesa de futuros rituales, no de clímax inmediato que quema efímero, sino de unión que perduraba como las vetas mismas, el crepúsculo envolviéndonos en tonos púrpura que parecían bendecir el abrazo con colores de eternidad que no se apagaba, el viento susurrando aprobación como si la Pachamanca misma observara con sonrisa ancestral que teje herencia con hilos de luz que perduran, luz plateada filtrándose como testigo que unía pasado y futuro en un susurro eterno que no terminaba, sino florecía como raíces que sostienen cumbres con paciencia que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa que rasga, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, el abrazo extendiéndose en tiempo que no medía horas, sino momentos de paz que construían eternidad con gentileza que perduraba como la plata misma que brilla sin fin.
El chamán nos esperaba en la cámara profunda, un anciano arrugado como corteza de ceibo milenario, ojos lechosos brillando con fulgor plateado, sentado en un círculo de runas talladas en hueso de puma que olían a salvia quemada y secretos enterrados, humo enroscándose alrededor como lenguas etéreas que probaban el aire con gentileza inquisitiva, formando siluetas de lobos primordiales que rozaban no con agresividad, sino con curiosidad que era invitación a compartir, no con mordidas, sino con susurros que curaban con luz que se expandía como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir. La manada se reunía alrededor –Lira con su pelaje castaño rojizo medio desplegado, curvas tensas bajo una blusa raída que marcaba pechos subidos por la alerta, ojos miel entrecerrados con esa astucia pícaro que la hacía indispensable, murmurando "Siento sus ojos en mi nuca, como en el ritual cuando lamíamos jugos tejidos, pero ahora es frío, como memorias que congelan el fuego de la alianza, ecos que prueban no carne, sino espíritus con gentileza que duele dulce, susurros que curan no con lenguas urgentes, sino con verdades que llenan vacíos con luz suave que perdura como raíces en tierra, no con mordidas que hieren con prisa que rasga, sino con caricias que tejen herencia con paciencia que perdura como nieve en puna que cubre sin herir con blancura pura que nutre"; Zara a su lado, su ceniza esbelta transformada en humana, piel oliva curtida brillando con sudor de vigilia, venas violetas templadas pulsando sutiles como recuerdos rotos, caderas estrechas tensándose con la promesa de garras listas, susurrando "Mis hilos violetas tiemblan –los antiguos llaman a lo roto, pa' tejerlo nuevo, pero los rivales muerden desde las vetas oscuras, celosos de la luz que compartimos en danzas de almas, no solo cuerpos, sino en susurros que curan cadenas con paciencia de ríos que tallan cañones, no con mordidas desesperadas que hieren con afán, sino con gentileza que teje alas de cadenas rotas con hilos de luz que perduran como vientos ancestrales que susurran herencia con voz suave que nutre valles sin pedir, memorias que no se rompen, sino se expanden"; los Salvajes en retaguardia, mugrientos pero leales, alfa macho gruñendo bajo con pelaje limpio, cuerpo marcado por mordidas frescas que contaban cacerías compartidas, olfateando el aire con hocico erguido "Huele a familia perdida –mordidas que no duelen, sino curan, pero con dientes que prueban debilidades en el lazo que tejimos con verdades susurradas, no solo placeres urgentes que devoran, sino en gruñidos compartidos que fortalecen huesos débiles con gentileza de hermanos que comparten no carne, sino espíritus en susurros que perduran como raíces en tierra fértil, no con fauces que devoran con hambre, sino con lenguas que limpian con paciencia que teje herencia eterna como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como la veta misma que brilla sin fin".
Kai tomó mi mano, el lazo latiendo fuerte como un río que nos unía a todos, y nos arrodillamos ante el chamán, el aire espesándose con humo que formaba formas etéreas –lobos primordiales aullando silenciosos, ojos ámbar antiguos que miraban a través de nosotros, no con juicio, sino con curiosidad ancestral que rozaba como viento en piel desnuda, lenguas etéreas probando no con hambre, sino con paciencia que era casi caricia, siluetas rozando no con agresividad, sino con curiosidad que era invitación a compartir memorias como ofrenda que no exigía, sino ofrecía, lenguas etéreas probando no con agresividad, sino con gentileza que era caricia ancestral, humo enroscándose como testigo etéreo que susurraba aprobación ancestral, siluetas rozando no con agresividad, sino con curiosidad que era invitación a compartir, no con mordidas, sino con susurros que curaban con luz que se expandía como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, el chamán esparció salvia, humo enroscándose en formas lobunas que lamían cicatrices con gentileza, despertando recuerdos enterrados con una delicadeza que dolía dulce, no como garras, sino como vientos que limpian heridas abiertas, visiones desplegándose no como flashes violentos, sino como tapices tejidos con hilos de quechua: mi primera transformación, no maldita, sino bendita bajo luna llena con mi viejo Ramiro aullando guía, su pelaje gris rozando el mío en un baile de iniciación que era abrazo protector, no caza solitaria, su voz en mi mente susurrando "Aúlla con corazón, niña –la plata escucha no mordidas, sino canciones que perduran como ríos que nutren valles con gentileza que perdura, no con furia que rasga como espinas que cortan con afán"; Kai como cachorro, su padre enseñándole a morder no por rabia ciega, sino por protección tierna, colmillos rozando cuello en lección de confianza que hería solo lo necesario pa' enseñar a sanar, su padre gruñendo "El hierro protege, hijo –no con fuerza sola, sino con lazos que sostienen en lunas oscuras, susurros que curan lo que garras no tocan con paciencia que teje herencia como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía". "Desnudaos el alma", rasgó el chamán, "dejad que los guardianes lamen vuestras heridas –no carne, sino memoria. El lazo de hierro y sombra lidera –muéstrales vuestro fuego, no con embestidas, sino con verdades susurradas que unen, no dividen, como raíces que se entrelazan en tierra fértil pa' sostener cumbres eternas, susurros que prueban no con dientes, sino con paciencia que cura lo que garras no alcanzan, memorias que no se rompen con embestidas, sino con confesiones que unen o quiebran con gentileza que perdura como las vetas mismas, ecos que no devoran, sino nutren con luz que se expande como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, la plata pulsando con cada verdad como si bebiera no sangre, sino esencia pura que teje herencia eterna que perdura sin fin, ecos que no devoran, sino nutren con luz que se expande".
Kai se arrodilló primero, humano desnudo bajo la plata, su cuerpo un mapa de cicatrices que los espíritus lamían con susurros –lenguas frías rozando su pecho, despertando el dolor de Selene, no como veneno, sino como lección profunda que se revelaba en capas suaves como niebla matutina que no quema, sino acaricia: —Amé con hierro ciego, mordiendo por miedo a la pérdida que me dejó hueco como veta vacía, colmillos que herían no por rabia, sino por terror a la soledad que Isadora sembró en mi viudez, mordidas que robaban no solo carne, sino paz que el tiempo no devolvía, noches donde el vacío aullaba más fuerte que cualquier luna. Pero la sombra de Elara me templó –me enseñó a aullar con corazón abierto, a abrazar en lugar de embestir con furia que hería como espinas que rasgan con prisa, a compartir memorias en noches de confidencias donde sus dedos trazan mis cicatrices como runas de vida renovada, no de muerte pasada, su aliento en mi oreja susurrando quechua que cura lo que el tiempo no toca, su cuerpo arqueándose contra el mío en danzas de respiraciones que no exigen clímax, sino unión que perdura como raíces en tierra fértil, susurros que prueban no con dientes, sino con gentileza que teje futuro con hilos de luz eterna que nutre valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir—. Su voz ronca tembló, ojos ámbar fijos en los míos, el lazo latiendo como un río que nos unía, no en placer carnal inmediato, sino en vulnerabilidad compartida que fortalecía como raíces profundas, los guardianes aullando bajo en aprobación, luz plateada envolviéndolo, cicatrices brillando como runas nuevas que contaban no dolor, sino renacimiento en lazos que perduraban como las vetas mismas, humo enroscándose como testigo que susurraba aprobación ancestral, siluetas etéreas rozando su piel en caricias que eran memorias vivas, no dolores, lenguas frías rozando con gentileza que era legado que perduraba.
Me arrodillé a su lado, desnuda bajo la plata que lamía mi piel como amantes invisibles, el tatuaje lunar pulsando con recuerdos de Isadora –no rabia ciega, sino comprensión agridulce que se desplegaba en visiones suaves como niebla matutina que no quema, sino acaricia: la bruja había amado impuro, como mi madre, y su veneno era grito de soledad que ahora entendía en el abrazo de Kai, no como herida abierta que sangra, sino como cicatriz que narra historia de amor que teje fuerza en lo roto, no con mordidas urgentes que devoran, sino con susurros que perduran como ríos que tallan cañones con gotas constantes, memorias que no se rompen con embestidas que queman efímero, sino con confesiones que unen o quiebran con gentileza que perdura como la plata misma, ecos que no devoran con hambre, sino nutren con luz que se expande como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero como relámpagos que iluminan y se van, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa. —Guardianes antiguos, yo fui errante maldita, cazando bajo llena con colmillos que robaban pedazos de mí, mordidas solitarias que sangraban alma en lunas rojas que no bendecían, sino maldecían con hambre que devoraba no solo carne, sino esperanza como ríos secos que el tiempo no llena, colmillos que rasgaban no por fuerza, sino por vacío que el viento se llevaba. Kai me encontró en el yermo, su hierro rompió el hilo con ternura que no exigía embestidas urgentes que devoran, sino susurros en chozas donde su mano en mi vientre promete cachorros que aúllen libres, no atados a maldiciones, sus dedos entrelazados con los míos en danzas de respiraciones sincronizadas que curan lo que el tiempo no toca, su aliento en mi oreja susurrando quechua que llena vacíos con paz, no con fuego carnal inmediato que quema efímero, sino con caricias que perduran como las vetas, memorias que no se rompen con placer, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura. Tomad mi memoria –la masacre de Ramiro, el amor prohibido de mi madre que tejió mi sangre impura en fuerza, no debilidad –y templadla en luz pa' la manada, pa' que los rivales vean no debilidad en nuestras sombras, sino fuerza en lazos que abrazan lo roto, no lo esconden, como raíces que se entrelazan en tierra fértil pa' sostener cumbres eternas, susurros que prueban no con dientes, sino con paciencia que cura lo que garras no alcanzan, memorias que no se rompen con embestidas, sino con confesiones que unen o quiebran con gentileza que perdura como la plata misma, ecos que no devoran, sino nutren con luz que se expande como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir—. Los espíritus lamieron, lenguas frías rozando mi vientre, despertando visiones de cachorros míos con pelaje n***o y gris, aullando bajo luna nueva, no maldita, sino bendita con ojos que miran futuro, no pasado, sus formas etéreas rozando mi piel en caricias que eran memorias vivas, no dolores, haciendo que lágrimas calientes rodaran por mi cara, Kai limpiándolas con pulgar, su toque anclándome en el presente, labios rozando mi sien en beso que era pacto silencioso, lengua trazando mi mejilla en caricia que era consuelo profundo, su cuerpo arqueándose contra el mío en una danza de respiraciones sincronizadas, pechos subiendo y bajando en ritmo que imitaba el pulso de la veta, caderas rozando las mías en un roce que era promesa de futuros rituales, no de clímax inmediato, sino de unión que perduraba como las vetas mismas, el humo enroscándose como testigo etéreo que susurraba aprobación ancestral, luz plateada extendiéndose como alas que envolvían no solo cuerpos, sino almas, siluetas etéreas rozando con gentileza que era legado, luz que no hería, sino curaba con susurros que perduraban, la plata pulsando con cada verdad como si bebiera no sangre, sino esencia pura que teje herencia eterna que perdura sin fin, ecos que no devoran, sino nutren con luz que se expande como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, la manada unida en luz que no se apagaba, sino que se expandía como ríos que llenan valles con armonía eterna que perdura.
La manada se unió, uno a uno, en un círculo de vulnerabilidad que era más fuerte que cualquier emboscada –Lira susurrando de su orfandad en ataques Blackthorn, espíritus lamiendo sus curvas como consuelo maternal, su voz temblando —Fui sola, mordiendo sombras por miedo a la pérdida que me dejó huérfana como veta vacía, colmillos que herían no por rabia, sino por terror a la soledad que Isadora sembró en mi infancia, mordidas que robaban no solo carne, sino paz que el tiempo no devolvía, noches donde el vacío aullaba más fuerte que cualquier luna. Pero la alianza me tejió en familia, no con cuerpos enredados en termal con lenguas urgentes que devoraban, sino con risas pícaro que curan heridas de infancia, susurros de hermanas que llenan vacíos con luz compartida que no exige, sino da con paciencia de ríos que tallan cañones, no con mordidas que hieren con prisa que rasga, sino con caricias que tejen herencia con gentileza que perdura como nieve en puna que cubre sin herir con blancura pura que nutre—; Zara ofreciendo sus hilos violetas, guardianes tejiéndolos en luz que brillaba como nuevo pelaje, su susurro ayacuchano —Mis cadenas eran soledad nómada, mordidas errantes por vetas robadas que dejaban alma vacía como río seco, colmillos que robaban no vida, sino esperanza que el viento se llevaba, noches donde el vacío aullaba más fuerte que cualquier luna. Pero vuestro lazo me dio raíces, no con lenguas en muslos desesperadas que herían, sino con ojos que ven mi fuerza rota como luz que se expande, susurros de aliadas que tejen cadenas en alas con paciencia de vientos que tallan cañones, no con mordidas que devoran, sino con gentileza que perdura como raíces en tierra que nutre sin pedir, memorias que no se rompen, sino se expanden—; los Salvajes gruñendo memorias de soledades mugrientas, lenguas etéreas limpiando mugre hasta dejar piel pura, alfa macho confesando —Cazábamos solos, mordidas que herían más que alimentaban, dejando huesos débiles en lunas rojas que maldecían con hambre que devoraba alma, colmillos que robaban no solo carne, sino lazos que el tiempo no tejía, noches donde el vacío aullaba más fuerte que cualquier luna. Pero la manada nos tejió en jauría, no con fauces en carne urgente que hería, sino con gruñidos compartidos que fortalecen huesos, susurros de hermanos que curan mugre con lealtad silenciosa que perdura como raíces en tierra fértil, no con mordidas desesperadas, sino con gentileza que teje familia de lo roto con paciencia ancestral que susurra herencia en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden—. El chamán cantó quechua antiguo, humo formando lobos primordiales que se enredaban con nosotros, no en orgía carnal, sino en abrazo espectral –calor etéreo rozando pieles en caricias que eran memorias vivas, susurros de aullidos que llenaban el alma con verdades compartidas, la plata pulsando con cada confesión como si bebiera no sangre, sino esencia pura, vetas brillando con luz que se extendía más allá de la cueva, tocando cumbres lejanas y llamando a cachorros no nacidos, el círculo de la manada cerrándose en un aullido unificado que no era rugido de batalla, sino himno de almas tejidas, luz plateada envolviéndonos como manto eterno, la veta brillando como faro que no parpadeaba más, sino que iluminaba caminos invisibles hacia lo desconocido, ecos rivales silenciándose en la luz compartida que no dividía, sino multiplicaba, el humo enroscándose como testigo etéreo que susurraba aprobación ancestral, guardianes primordiales rozando con gentileza que era legado, luz que no hería, sino curaba con susurros que perduraban, la plata pulsando con cada verdad como si bebiera no sangre, sino esencia pura que teje herencia eterna que perdura sin fin, la manada unida en luz que no se apagaba, sino que se expandía como ríos que llenan valles con armonía eterna que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como la veta misma que brilla sin fin con luz que no parpadea, sino que ilumina caminos invisibles hacia lo desconocido con gentileza que perdura como la plata misma.
Kai me tomó la mano, el lazo latiendo como un río que nos unía a todos, su voz suave en mi oído, aliento caliente rozando mi oreja en caricia que era intimidad pura: —Sombra, los antiguos no reclaman guerra –reclaman equilibrio en memorias compartidas que unen, no dividen, como raíces que se entrelazan en tierra fértil pa' sostener cumbres eternas, susurros que prueban no con dientes, sino con paciencia que cura lo que garras no alcanzan, memorias que no se rompen con embestidas, sino con confesiones que unen o quiebran con gentileza que perdura como las vetas mismas, ecos que no devoran, sino nutren con luz que se expande como ríos que llenan valles con armonía que perdura, no con fuego que quema efímero, sino con paz que construye eternidad como raíces que sostienen cumbres con paciencia ancestral que susurra legado en cada hoja que cae sin prisa, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, la plata pulsando con cada verdad como si bebiera no sangre, sino esencia pura que teje herencia eterna que perdura sin fin—. Asentí, lágrimas secándose en su pecho, el viento llevando los susurros guardianes como bendición que se extendía, la manada aullando unificado en un coro que no era rugido de batalla, sino himno de almas tejidas, luz plateada envolviéndonos como manto eterno, la veta brillando como faro que no parpadeaba más, sino que iluminaba caminos invisibles hacia lo desconocido, ecos rivales silenciándose en la luz compartida que no dividía, sino multiplicaba, el círculo cerrándose en un abrazo colectivo donde pelajes rozaban no con hambre, sino con reconocimiento de familia renacida, susurros ancestrales fundiéndose con nuestros aullidos en canción que perduraba, la luna llena renacida testigo de un legado que no terminaba, sino florecía en susurros eternos que teje herencia con hilos de luz que perduran sin fin, la plata pulsando con luz que no se apagaba, sino que se expandía como ríos que llenan valles con armonía eterna que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, la manada unida en luz que no se apagaba, sino que se expandía como ríos que llenan valles con armonía eterna que perdura como la plata misma que brilla sin fin con luz que no parpadea, sino que ilumina caminos invisibles hacia lo desconocido con gentileza que perdura como la plata misma.
Pero en el eco de los aullidos, un susurro nuevo –no antiguo, sino futuro: cachorros aullando en mi vientre, con ojos violetas que miraban más allá de las cumbres, prometiendo no amenazas, sino una nueva era de lobos que aullarían con memorias no rotas, sino completas, lazos tejidos en verdades que perduraban como la plata misma, la luna llena renacida testigo de un legado que no terminaba, sino florecía en susurros eternos que teje herencia con hilos de luz que perduran sin fin, la manada unida en luz que no se apagaba, sino que se expandía como ríos que llenan valles con armonía eterna que perdura como nieve que cubre puna con blancura pura que nutre sin herir, memorias que no se rompen, sino se expanden como ríos que llenan valles con armonía que perdura como la veta misma que brilla sin fin con luz que no parpadea, sino que ilumina caminos invisibles hacia lo desconocido con gentileza que perdura como la plata misma.