El sol se hundía detrás del Ausangate como una herida roja, tiñendo la puna de sangre seca. La guarida olía a muerte y a victoria amarga: cuerpos de Blackthorn arrastrados al risco pa’ los cóndores, betas vendando heridas con hierbas que picaban como ají, y cachorros llorando en las cuevas. Yo estaba sentado en una roca, torso desnudo lleno de arañazos nuevos, la sangre de Draven aún pegada a mis garras. Elara se acercó cojeando, su lobo n***o replegado, chal andino cubriendo curvas que quería lamer de nuevo. Su hombro sangraba otra vez, pero sus ojos verde esmeralda brillaban con fuego cusqueño. —"Alfa, la manada te necesita.— No te quedes ahí como un lobo herido lamiéndose solo". Me levanté, el lazo latiendo en mi pecho como un tambor de guerra que no para. La tomé por la cintura, igno

