—Joder, esa mujer era un incendio andino envuelto en niebla. Desde el momento en que Thorne la arrastró a la guarida con las garras marcándole los brazos y el barro pegado a su piel morena como si la selva misma la hubiera besado, supe que la profecía no era un cuento de chamán borracho. Me quedé ahí, sentado en mi trono de raíces retorcidas, el pecho desnudo aún sudado por la carrera, y la miré fijo.
Sus ojos verde esmeralda me taladraron como flechas quechuas, y el vínculo —ese hijo de puta invisible que la luna me clavó en el alma— latió como un tambor de guerra en mi pecho. Calor. Hambre. Algo que no sentía desde Selene, pero mil veces más crudo, más real. Como si mi lobo gris estuviera aullando por unirse al suyo n***o, pelaje con pelaje, en una danza que terminaría en sangre o en gemidos.
La guarida bullía a mi alrededor: el aire espeso con olor a fogata ahumada, chicha fermentada y el sudor de una manada que me miraba expectante. Los Silverfang éramos un clan forjado en el hielo de la puna y el fuego de las vetas: veinte lobos fuertes, betas como Lira, que patrullaban las cumbres con lealtad de sangre, y cachorros que jugaban en las cuevas laterales, ajenos al caos que esta errante traía.
Yo los había unido después de la traición de Selene, cuando su muerte me dejó con el corazón hecho trizas y el trono manchado de rojo. “No más lunas débiles”, me juré esa noche, mientras enterraba su cuerpo bajo un ceibo maldito. Pero ahora, esta sombra cusqueña me hacía cuestionar todo. Su cabello n***o caía en ondas salvajes hasta la cintura, manchado de barro que no ocultaba las curvas de una cazadora: pechos firmes que subían y bajaban con cada jadeo, caderas que gritaban tómame o muere intentándolo.
Y esa herida en el flanco… joder, quería lamerla yo mismo, saborear su sangre como un ritual prohibido.
—Thorne, átala al poste central —ordené, mi voz un gruñido bajo que reverberó en las paredes de roca.
Mi hermano —ese cabrón celoso, con ojos grises que siempre me miraban como si yo le hubiera robado el sol— la empujó hacia el centro de la cámara, donde una raíz gruesa salía del suelo como una garra de la Pachamanca. La enredadera encantada se enroscó en sus muñecas, tirante pero no cruel, y ella forcejeó con un siseo que me erizó el pelaje invisible.
Lira, mi beta leal, se acercó con un trapo humedecido en hierbas curativas, su ceño fruncido.
—Alfa, está herida. Déjame limpiarla antes de que la infección la vuelva loca.
Asentí, pero no aparté la vista de Elara.
—Hazlo, Lira. Pero no la sueltes. Esta sombra no es una invitada… aún.
Mientras Lira le presionaba el trapo en el flanco, Elara alzó la barbilla, ignorando el ardor. Su piel morena brillaba bajo los cristales de plata que iluminaban la cueva, y el tatuaje lunar en su pecho —ese jodido símbolo que coincidía con el mío, pero torcido como una maldición— palpitaba visiblemente.
El vínculo tiró de nuevo, un pulso caliente que bajó directo a mi entrepierna, haciendo que mi lobo gruñera por dentro. Mía. Tócala. Muerde. Reclama.
Me levanté del trono, mis botas crujiendo contra la grava, y me acerqué lento, como un depredador que sabe que la presa ya está enredada. El calor de su cuerpo me golpeó como un viento del trópico: jazmín andino, tierra mojada por lluvia y un matiz de sangre que me hacía salivar.
Extendí la mano, rozando su hombro con los nudillos solo para sentir si era real. Electricidad. Fuego líquido que me subió por el brazo y se enredó en mi pecho. Ella jadeó bajito, un sonido que era mitad rabia, mitad invitación, y joder, quise devorarla ahí mismo, delante de la manada, pa’ marcarla como territorio Silverfang.
—¿Quién carajo eres tú, y qué mierda traes a mi yermo? —le espeté, mi voz ronca como si hubiera tragado grava puneña.
Me incliné cerca, lo suficiente pa’ oler su aliento —dulce como chicha fresca, con un toque de desafío cusqueño que me ponía duro como el hielo del Ausangate. La manada murmuraba atrás, un coro de susurros que olían a curiosidad y desconfianza. Thorne cruzó los brazos, su sonrisa torcida gritando déjamela a mí, hermano.
Elara me miró fijo, sus labios carnosos curvándose en una sonrisa lobuna que me robó el aire.
—Soy Elara Vargas, Alfa. Una errante que la luna escupió en tu puerta como un regalo envenenado. ¿O prefieres que te lo diga en quechua, pa’ que suene más poético? Ñuqaqa Elara, wayq’aq runa, qhapaq simipakunaq chaymanta. Soy la sombra de los guardianes caídos, la que caza bajo la plateada porque una bruja muyera me maldijo con su lengua de serpiente.
Su voz era un ronroneo gutural, acento cusqueño puro que rodaba como un huayno prohibido, y cada palabra me clavaba más hondo. Forcejeó contra las enredaderas, sus pechos rozando mi brazo accidentalmente —o no tanto—, y el vínculo latió como un corazón compartido, enviándome flashes: su piel bajo mis manos, colmillos en su cuello, un aullido sincronizado que rompería montañas.
Me reí bajito, un sonido grave que vibró en mi pecho y la hizo erizarse.
—Poético, sí, pero no me jodas con acertijos, sombra. Tus ojos gritan maldición. Ese tatuaje en tu pecho no es un adorno de mercado cusqueño. ¿Isadora? ¿La tejedora exiliada que masacró manadas por un amor humano? Mi chamán me advirtió de una loba como tú: la que une o destruye. Y mírate, cruzando mi límite con sangre humana en las garras y un lazo que me quema las venas como ají del diablo.
Mi pulgar rozó su clavícula, trazando la curva de su hombro, y ella se tensó —no de miedo, sino de ese fuego mutuo que nos hacía jadear. El toque fue eléctrico, un chispazo que me endureció más, y vi en sus ojos el mismo hambre: Tómame, cabrón. Pruébame.
Pero me contuve, porque un Alfa no se rinde al primer aullido.
—Habla claro, Elara Vargas. ¿Buscabas refugio? ¿O viniste a robar mi plata mística, como esa perra de Selene que me dejó con el corazón hecho mierda?
Ella escupió al suelo, un gesto andino de desafío que me hizo sonreír de lado.
—¡Selene! ¿Esa traidora que vendió a su manada por un collar falso? Rumores corren hasta Cusco, Alfa. Yo no robo: cazo pa’ sobrevivir. Isadora me marcó hace diez años, cuando su hechizo borró a mi familia en un claro del Ausangate.
Mi viejo, Ramiro, era un guardián como tú, custodiando vetas que dan alas a nuestros lobos. Pero ella, con sus venas plateadas y ojos violetas que hipnotizan como yuyo venenoso, gritó “¡Sangre impura!” porque mi madre tenía un pie en el mundo humano. Me dejó esta mierda —se retorció pa’ mostrar el tatuaje, que brillaba plateado bajo los cristales— y cada luna llena me obliga a cazar como una bestia sin alma. Corrí de cazadores esta noche, esos cholos limeños con rifles que huelen a codicia y pólvora barata. Tu yermo fue el primer lugar donde el aullido me llamó… o donde tú me llamaste, cabrón.
Sus palabras me golpearon como un puñetazo en la puna: Ramiro, el Alfa caído, cuyo nombre aún se susurraba en rituales. El vínculo tiró más fuerte, un eco de su dolor mezclándose con el mío, y por un segundo vi flashes: su transformación violenta, sola en la selva; mi propia noche con Selene, colmillos en su garganta mientras ella suplicaba.
Me acerqué más, mi aliento rozando su oreja, el calor de su cuerpo volviéndome loco.
—Llamada, dices. Ese lazo que siento latiendo entre nosotros… es un vínculo de pareja, Elara. Predestinado, como la profecía que el chamán me escupió anoche: “El hierro y la sombra se fundirán en caos o en luz eterna.”
Pero yo no confío en lunas fáciles. Selene me enseñó eso: me amó con besos que quemaban, me folló bajo la gibosa hasta que aullábamos como dioses, y luego me vendió por un puñado de oro humano. ¿Eres como ella? ¿O eres el fuego que funde mi armadura?
Elara se lamió los labios, sus ojos bajando a mi pecho desnudo, trazando mis cicatrices con una mirada que era pura promesa.
—Fácil, no, Alfa. Soy la que muerde de vuelta. Si me atas aquí pa’ interrogarme, hazlo bien: pregúntame qué siento cuando tu mano roza mi piel, como si la luna nos hubiera cosido juntos.
Siento tu rabia por Selene, tu vacío como un pozo en la puna. Y yo… joder, siento tu lobo queriendo reclamarme, embistiéndome en sueños que no pedí. Pero no soy traidora. Soy la errante que podría ser tu Luna, si me das una chance pa’ probarlo. Desátame, Kai Blackwood. Déjame curar esa herida tuya que no es de garras, sino de traición. O mátame ahora, y la profecía te joderá sola.
El silencio cayó en la guarida como una losa. La manada contuvo el aliento. Lira retrocedió, sus ojos miel brillando con empatía, mientras Thorne gruñía bajito, celoso como siempre.
Mi mano subió a su nuca, enredándose en su cabello n***o, tirando suave pa’ que me mirara. El vínculo rugió, un pulso que nos dejó jadeando, y su aroma —jazmín y bestia— me inundó. Quería besarla. Follarla contra el poste hasta que gritara mi nombre en quechua.
Pero el hierro en mí se resistió.
—Prueba, entonces, sombra. Mañana, en la cacería de la luna creciente, cazarás con mis betas. Si sobrevives sin traicionar, tal vez te deje lamer mis cicatrices. Si no… serás la ofrenda que la plata exige.
La solté, retrocediendo con el corazón martilleando, y la manada rugió en aprobación mixta. Elara sonrió, lobuna y letal, sus ojos prometiendo una batalla que ganaría en la cama o en el claro.
Joder, esta mujer me iba a romper… o a salvarme.
Y la luna, esa perra, reía desde arriba.