El atardecer teñía las cumbres del Ausangate de rojo fuego, como si la puna misma sangrara por las heridas de la alianza que habíamos tejido en el termal –Silverfang, Ceniza y Salvajes fusionados en un tapiz de lealtad cruda y placer compartido, aullidos que aún resonaban en mis oídos como gemidos de la emboscada de mediodía. Los mercenarios limeños yacían destrozados en la quebrada, cuerpos con botas lustradas y rifles automáticos esparcidos como leña rota, el río termal lamiendo sus restos con vapor burlón que olía a pólvora quemada y codicia ahogada. Kai estaba a mi lado en el risco alto, su gris plateado replegado en humana, torso cobrizo sudado y marcado por arañazos míos que brillaban rojos bajo el sol poniente, polla semi-dura colgando pesada entre muslos musculosos que recordaban e

