El anochecer caía sobre la puna como un manto de sombras vivas, la luna menguante asomando tímida entre las cumbres del Ausangate, su plata tenue iluminando los restos de la emboscada de mediodía –tanques verdes volcados en el río como bestias muertas, rifles automáticos esparcidos como huesos rotos, y el humo n***o de los drones caídos enredándose en la niebla como dedos de la Pachamanca burlona. El aire olía a pólvora quemada, sangre humana rancia y el eco de nuestra victoria cruda –los mercenarios limeños yaciendo con gargantas abiertas, botas lustradas llenas de barro andino, sus gritos ahogados aún resonando en mis oídos como gorgoteos finales. Kai estaba a mi lado en el risco alto, su gris plateado replegado en humana, torso cobrizo sudado y marcado por arañazos míos que brillaban ro

