Una serie de historias de las cuales no me creí ni una palabra, todas alrededor de la misma figura, una señora que parecía tener poderes sobre todo lo que se movía en su territorio, el cual defendía como el más celoso señor en su feudo.
Un pueblo, que muchos tachaban en sus mapas de rutas, para estar seguros de que no pasaban por él ni por equivocación, pero al que me dirigía por necesidad, ya que apenas me quedaban suministros para poder retornar mi viaje de vuelta, y si lo hiciese sin las reservas necesarias no podría llegar a mi destino.
Si no fuese por ese pequeño, pero importante detalle, no me habría separado tanto de mi camino habitual, pero unas rocas que me habían llevado más tiempo del calculado en cruzarlas, habían hecho también que consumiese toda el agua que llevaba, encontrándome ahora sin lo necesario para retornar y llegar de vuelta.
Así que opté por el camino más sencillo, acudir al pueblo más próximo para comprar los víveres que necesitaba, y después tomar el camino de regreso.
Aunque a medida que me acercaba, las señales que me advertían sobre un posible peligro eran cada vez más convincentes. Primero fue aquel extraño olor, que parecía desprenderse de la tierra, era como a hierba recién mojada, pero de una intensidad mucho mayor.
Como cuando se termina de trabajar con un cortacésped o similar y se amontona en un lugar, es tanto el olor a verde que hasta llega a molestar y ser desagradable.
Luego, todos los árboles que me encontraba por el camino parecían que padecían algún tipo de enfermedad, pues ninguno tenía ni una hoja y en cambio sus ramas y troncos estaban retorcidos, como si los hubiesen pisado y vueltos a poner de pie.
Unas formas tan extrañas que me daba cosa pasar por allí, y eso que no era una persona que tuviese miedo fácilmente, pero aquella quietud y sobre todo el silencio casi sepulcral hacía que sólo mis pasos se escuchasen, chasqueando y rompiendo las ramas del suelo, retumbando en la lejanía a medida que avanzaba, como si del único ser vivo de la zona se tratase.
Hacía poco que acababa de ver uno de esos documentales en que comentaban los peligros de la radiactividad para la vida humana, y cómo quedaban zonas deshabitadas durante miles de años, cuando se producía una fuga de una de esas centrales, o en donde se realizaban pruebas con bombas nucleares.
Los paisajes desoladores, que únicamente permitían el crecimiento deformado de árboles retorcidos, muy parecidos a los que estaba en este momento presenciando, con escasa o nula actividad animal, pues todo el que se acercase a la fuente moría en pocos días ya fuese humano o animal, y el que estuviese dentro de un radio de acción de unas cuantas millas sufriría sus consecuencias, tanto en sí mismo como en su descendencia.
Un problema tan importante que afectaba la genética y con ello producía todo tipo de enfermedades y tumores que a la larga acortaría significativamente la vida de quien lo padecía.
Pues ahora mismo, estaba sintiendo una extraña sensación, como si un viento gélido se hubiese apoderado de mí. Se me estaba entumeciendo todo el cuerpo, las manos, los pies, y hasta en el cabello estaba empezando a sentir el frío.
Quizás fuese una de esas sensaciones, que nos avisan de que no va todo muy bien, puede que sea ese sexto sentido que se activa cuando estamos ante un inminente peligro que nos pueda producir algún mal.
Es posible que así se sienta a la radiactividad, pues supongo que, a pesar de ser un enemigo invisible para la vida, de alguna forma se tendrá que notar su presencia.
Si hubiese traído uno de esos aparatos que sirven para medir la radiactividad del lugar, es posible que ahora la aguja se saliese del medidor de la escala.
Si tuviese esa evidencia, no me queda duda de que ahora mismo estaría dándome la vuelta y corriendo rápidamente para escapar de aquel lugar, máxime cuando las advertencias de los viajeros que me he encontrado han sido tan directas y claras.
Puede que este frío intenso que estoy sintiendo no se deba a nada más que a una sugestión por mi parte, al ver tanta desolación, que pareciera que una bomba atómica hubiese estallado en el centro del territorio en el que me estaba adentrando, además, seguro que el suelo húmedo y lleno de matorrales tumbados y de hojas podridas y ramas, no ayudan demasiado a contribuir en mantener mi calor interior.
Rápidamente saqué mis guantes y gorro, y me los puse, pues no se me quitaba esa sensación de frío, a pesar de que chocaba las palmas repetidamente para que estas entrasen en calor. Creo que cuanto más me acercaba más frío sentía, era tan intenso que hasta me tuve que detener en un par de ocasiones, pues me sentía ahogada, casi sin poder respirar.
Es como si el aire se hubiese vuelto tan gélido, que no se pueda absorber en una bocanada. Intentaba llenar los pulmones y escasamente conseguía retener lo mínimo para poder seguir adelante.
Un extraño ruido surgió tras de mí, me parecía que algo venía persiguiéndome y no me quedé parada a averiguar lo que era. Es como si hubiese oído pisadas, ramas que se iban rompiendo, chasqueando como cuando alguien las aplasta, pero era tal el estruendo que parecía que había una veintena de personas detrás de mí.
Sin darme tiempo a comprobar aquello, salí corriendo hacia el pueblo, con la esperanza de que llegando allí mejoraría la situación.
Sabía que en algunas zonas donde sufrieron algún tipo de tragedia como con la radiactividad, había retenes del ejército, que impedían entrar en esos lugares a turistas o extraviados, como era mi caso. Y que a veces, más que ofrecer ayuda, lo que hacían era hacer “desaparecer” a la persona y con ello cualquier posible filtración a la prensa de lo que había visto en el lugar.
Puede que me estuviese asustando por nada, y que únicamente se tratase de una partida de caza, tan habitual con los primeros calores después de la primavera, pero no era ni la fecha ni la temperatura adecuada para ello, además si no había visto a ningún animal por allí cerca, ¿a qué intentarían dar caza?
Sin darme oportunidad para descubrirlo seguí corriendo, con esa cada vez más acuciante falta de respiración, que me impedía hasta tragar saliva, sintiendo cómo ésta me bajaba por la garganta, raspando por donde pasaba, casi cortándome a carne viva.
Una desagradable sensación que no había sentido ni en los lugares más fríos donde había estado, cuando subía a las cumbres de las montañas o en las excursiones entre los glaciares o fiordos, ni siquiera cuando estuve en Laponia.
Era algo que no me agradaba, y que veía cómo poco a poco se iba adueñando de mí, tal y como me sucede cuando el tiempo cambia, en que empieza a dolerme allí donde he sufrido lesiones importantes de huesos, ahora empezaba también a sentir aquellas fracturas, que se suponían ya curadas con el paso del tiempo, que daban muestras de no haberse olvidado del mí.
Para algunos es señal inequívoca de que va a llover, o de que llegaba el mal tiempo, para mí, únicamente me dolía cuando iba a haber una tormenta.
Pero ahora lo vivía como si alguien me estuviese apretando, como si me hubiesen agarrado con fuerza y me impidiesen liberarme.
Empezó como una sensación, una punzada, que pasó a ser como un pellizco, luego a un dolor agudo, y con posterioridad uno intenso, que si no fuese porque corría todo lo rápido que podía, seguro que hubiese dado conmigo en el suelo, retorciéndome de dolor.
Empezaba a sentirme tan pesada y cansada que me daban ganas de dejarme abandonar y desplomarme allí mismo, sin seguir avanzando, y que me diese caza, lo que fuera que tenía detrás, a lo cual ya ni siquiera escuchaba, pues lo único que oía retumbar en mi cabeza, era mi respiración entrecortada y superficial, como si fuese el único sonido del mundo, únicamente interrumpido cuando quería tragar algo de saliva, sabiendo del desgarro que sentía cuando lo hacía, pero no podía evitarlo, pues la baja temperatura me entraba por todas mis cavidades resecando por dentro, provocándome una sensación de fría sequedad hasta ahora desconocida.
Aunque ya había tenido experiencias desagradables con el clima, sufriendo varios casos en mi vida, pero ahora, todas esas sensaciones parecían que se acumulaban en un solo instante.
La cabeza la tenía como embotada, no sabía si estaba sudando o si era la humedad del ambiente, pero me sentía chorrear por debajo del gorro, no tenía otro pensamiento, que no fuese seguir y seguir hasta llegar a mi destino, el cual desconocía a qué distancia se encontraba.
Era tal el colapso que vivía, y el ahogo en la respiración, que me sentí morir en aquel momento, sino hubiese sido porque un rayo de esperanza se abrió delante mía, cuando ya mis ojos se tornaban, y escasamente me servían para distinguir algunas sombras dentro de aquel marchito campo, entonces, advertí una luz al fondo.
Quizás era un faro, como los que ponen en los lugares de niebla para dirigir a los viajeros hacia su destino, o puede que fuese una tea de los que utilizar mis perseguidores, esos que iban detrás de mí desde que entré en este territorio. No lo sabía ni me importaba, lo único que quería era llegar, y sin saber por qué me dirigí hacia aquel resplandor como insecto a la luz, sin plantearme ni qué sería, ni por qué estaba allí.
Sacando fuerzas de flaquezas, y sabiendo que ya me quedaba poco de vida, hice los últimos esfuerzos por levantar las piernas entumecidas y dar mis últimos pasos antes de dejarme vencer por el agotamiento y el frío.
Como pude empecé a decir lo único que era importante para mí en ese momento, una única palabra, pero que resumía toda mi esperanza por vivir, “Luz”, con mi último aliento empecé a repetir una cantinela que se me metía muy dentro.
Era lo único que conseguía sacar de mis labios agrietados y rotos por el frío, esos que habían soportado las gélidas temperaturas de los polos y de las montañas más altas a las que había subido, ahora se habían roto cual hoja marchita, a merced de un clima adverso como nunca lo había sufrido.
Un paso, otro paso, ya iba dando tumbos, me sentía caer, pero seguía, “luz, luz”, era lo único que me mantenía en pie. Ya ni siquiera me escuchaba respirar, si es que lo hacía.
“Luz, luz” era lo único que escuchaba en mi mente, y no estoy segura de que mi boca casi congelada e inmóvil pronunciase ya esa palabra, “luz, luz”, no sé cómo, pero aquello parecía que se hacía cada vez más grande y agradable.
Puede que ya estuviese inconsciente, y que solo fuese una de esas experiencias cercanas a la muerte, que había escuchado, donde se veía un túnel de luz, y mientras se atravesaba, me encontraría con mis seres queridos, aquellos que me habían precedido en este paso de dejar la vida, y al final, la luz total.
Yo estaba sintiendo la misma sensación, una luz, que se me iba acercando, pero no veía ningún túnel, es como cuando se aproxima el tren por las vías, que su intensidad va aumentando, además, no conseguía ver a ninguno de mis familiares allí.
Era una muerte extraña la mía, pero muerte, al fin y al cabo, y aunque no quería pararme, mis fuerzas, me habían llevado a la extenuación, ni siquiera sabía si conseguía respirar o no, pues no me escuchaba.
Todo lo que conseguí hacer fue santiguarme, antes de dejarme caer, sobre aquella áspera tierra que había resultado ser lo último que veía, “luz, luz”, y me desmayé.
Repetía en mi mente una y otra vez, “luz, luz”, mientras me intentaba incorporar, entreabriendo los ojos, en un lugar que no era donde había caído, pude sentir algún olor como a comida caliente, mientras me dolía todo el cuerpo, “luz, luz” conseguí repetir antes de sentirme desmayar de nuevo.