CAPÍTULO 1. LA DAMA DE n***o-3

1956 Words
Me sentía plácidamente, como en lo que se supone debe de ser el cielo, ese lugar al que van las personas de bien, en el que no hay sufrimiento y lo único que se puede hacer es disfrutar del gozo eterno. Puede que no haya sido una gran practicante, pero siempre he intentado hacer lo mejor posible en mi vida para mí y para los demás, procurando que el egoísmo no ocupe todas mis intenciones ni acciones. Quizás no fuese suficiente, comparado con las vidas ejemplares de otros que llegan a ser considerados santos, pero extrañamente había llegado a esta paz y plenitud que distaba mucho de lo que había dejado atrás. Lo más sorprendente es que a pesar de no sentir mi cuerpo, sí seguía pensando y razonando como lo hacía en vida, puede que, esto de después, no fuese tan diferente a estar vivo como creía. Recordé cada uno de los acontecimientos que había experimentado desde la infancia hasta mis últimos momentos, pero con una claridad de pensamiento pasmosa. Únicamente tuve que desearlo, y al momento me vinieron los recuerdos de mis seres queridos, tal y como lo había vivido, era todo tan nítido, que pareciera que pudiese revivirlos, con la diferencia de que los veía como si estuviese detrás de un cristal, podía ver y oír, pero era incapaz de sentir nada, quizás así se recuerde en el cielo, puede que sea otra forma de hacer las cosas aquí. Aunque no me consideraba digna de un lugar así, reservado, a mi entender, para hombres y mujeres que habían destacado en su vida por virtudes que desconocía. Quizás no era el cielo, puede que fuese una antesala, o simplemente, el lugar donde esperaba para ser juzgada. Puede que por ello pudiese contemplar acontecimientos poco acertados y dolorosos de mi pasado, pero extrañamente ahora algunos los veía tan absurdos, tan lleno de emociones, contradicciones, dudas o miedos, y en cambio desde aquí parecía todo más sencillo y claro. Tanto tiempo como había invertido por destacar, por conseguir lograr mis metas, por competir con los que consideraba mis adversarios o los que se interponían en mi camino, y todo ahora… no tenía ningún sentido. No sólo porque había dejado atrás cualquier posesión material, sino también lo conseguido en la vida, fama, popularidad, dinero, bienes, posición social… todo había quedado relegado como en un baúl. A nadie le importaba ya lo que me había esforzado por conseguir alcanzar mis metas, únicamente permanecería en el recuerdo de los más allegados, a los que en algún momento les pude ayudar, pero poco más. Sensaciones así había experimentado en mi vida, cuando me había tenido que trasladar de ciudad, y tuve que empezar de cero, enfrentándome a todo para hacerme un hueco en aquel competitivo mundo laboral, pero parecía que por mucho que me moviese no acababa de aprender esta lección que se me hacía en estos momentos tan clarificadora. Una vida de esfuerzo por temas banales, casi me sentía avergonzada de lo absurdo e inútil que había sido mi existencia, tan centrada en lo que deseaba y quería, que se me había olvidado lo que realmente importaba. Ahora lo veía tan claro, después de repasar varias veces mi vida, sólo aquellos momentos felices, en los que podía dar o compartir esa felicidad parecía tener algún sentido más allá de mi egoísmo personal. Quizás fuese de eso de lo que se trataba la vida, de dar, y compartir alegría y felicidad, y no solamente con los más allegados, que también es una forma de egoísmo, dar a los hijos la herencia que uno ha ido adquiriendo a lo largo de su vida, no es más que mantener dentro de sí las posesiones, pues los hijos son considerados como una sucesión de uno mismo. Además, cuando revivía esas imágenes, detrás del cristal, era tal la felicidad que veía en los demás, que hasta me parecía que se iluminaban cuando recibían mi alegría, en ese momento comprendí que eso era lo importante. Las peleas, disquisiciones y discusiones, que tanta energía me requerían para intentar imponer mi criterio y voluntad a los demás, me parecían ahora tan nimias, que me sentía ridícula al verme ofuscada, o enfadada, y cómo ese enfado a veces lo pagaba con otras personas que no tenían nada que ver con la cuestión. Todo esto era capaz de pensarlo, en una absoluta tranquilidad y calma que invadía todo mi cuerpo, ya nada me dolía, y aunque todavía no había recuperado mi capacidad de oír, mantenía una respiración acompasada y pausada. Tenía una extraña sensación de desnudez, a la vez que, de inocencia, mi cuerpo exhalaba calor, y luz, muy al contrario de lo último que había sentido apenas unos instantes antes. Pensándolo bien, no entendía porque era tan temido este paso, el de la muerte, pues por lo que estaba comprobando, se trataba únicamente de eso, de un paso y nada más, pues ahora continuaba viva, pero de otra forma, en forma de luz. Quizás hubiese preferido que mi muerte se hubiese producido con mis familiares a mi alrededor, siendo ellos testigos de mi partida, pero hasta eso lo consideraba banal y egoísta, pues con seguridad lo único que conseguiría de ellos es que sufriesen por mi pérdida, tal y como a mí me había pasado anteriormente, cuando perdí a alguien muy querido. Si hubiese tenido este conocimiento antes, cuántos disgustos me habría evitado, pues con el tiempo, los seres queridos, se van alejando de ti, y van dando este paso, casi de forma inevitable. Lo normal es que ocurra durante la vejez, de forma natural, como un proceso propio de la edad, pero también había ocasiones en que se producía de forma fortuita, antes de tiempo, quizás esos eran los peores momentos, pues cuando uno lo ve llegar, más o menos lo tiene previsto, y parece que el disgusto es menor que cuando se produce de sopetón. Supongo que cuando reciban noticias mías, mis familiares y amigos, se sentirán tan mal como yo lo hice cuando perdí a mis seres queridos, pero no tiene sentido que así lo hagan, si les pudiese transmitir la tranquilidad y la paz que siento, no sufrirían por mí, sino al contrario, se alegrarían de que hubiese llegado a un lugar tan hermoso. Lo que echaba en falta, eran esos encuentros, que se suponía, debía de haber tenido al atravesar ese túnel de luz, que sigo pensando que no fue un túnel como tal, al menos no me dio esa impresión. Únicamente era una luz que se me acercaba, y de repente todo se apagó, y luego la luz lo invadía todo, pero no vi a ninguno de mis familiares que con anterioridad dieron este paso. A decir verdad, no tenía muy claro dónde me encontraba, ni siquiera si estaba de pie o tumbada, pero era una paz tal la que sentía, que tampoco me preocupaban aquellos insignificantes detalles. Todo lo percibía con tal claridad, que no entendía cómo había adoptado determinadas decisiones en mi vida, ni cómo había perdido tanto el tiempo en otras que no me habían aportado nada de provecho. Es posible que, si me hubiese dedicado un poco más a cultivar, esta parte que iba a ser tan importante para el resto de mi existencia, lo que algunos denominan espiritualidad, el cultivo de la vida contemplativa o del interior, según la tradición de cada cual. Si pudiese retroceder, con todo lo que siento ahora, y hasta donde soy capaz de entender, creo que haría las cosas de forma diferente. Me gustaría, pedir disculpas a tantos, que por mi egoísmo y mi escasa perspectiva se han convertido en mi vida en competencia, no habiéndoles tratado todo lo adecuadamente que se merecían. ¿Es posible volver?, seguro que sería una nueva vida, llena de buenos deseos y voluntad, donde dejaría mis anhelos y renunciaría a mis aspiraciones, para poder hacer algo de lo que he aprendido qué es lo más importante, hacer felices a los demás. Pero ahora que lo pienso, hay muchas formas de hacerlo, sin necesidad de que se trate de algo caro, como darle un regalo, puede ser una sonrisa, unos “¡Buenos días!”, o simplemente ser amable en el trato. Pequeños gestos y actos que alegran el corazón de quien lo recibe, sin necesidad de esperar nada a cambio. Puede que ese sea el verdadero sentido de la vida, para lo que venimos, pero si así fuera, ¿por qué no nos dicen antes esto?, ¿de qué me sirve descubrirlo cuando ya no tiene solución? Los actos buenos que he podido hacer, ya están hechos, y los que no he realizado, todo lo correctamente que debería, también están hechos. Sólo me queda contemplarlos en mis recuerdos sin poderlos rectificar. Si tuviese una segunda oportunidad lo haría diferente, con mis limitaciones como persona, pero con esta claridad de pensamiento, seguro que podría deshacer todos los perjuicios que he provocado, o al menos disculparme por aquellos en la medida de lo posible. Aunque ahora que lo pienso, únicamente me tendría que disculpar con aquellas personas que están más allegadas y a las que puedo volver a ver, pues al resto, o ya no viven y por tanto no puedo comunicárselo, o se han ido de la localidad, con lo que tampoco me es posible verla. Además, eso de irme disculpando es un doble trabajo, que, si lo llego a saber antes, procuro hacerlo bien desde el principio y me ahorro tener que pedir disculpas. Aunque de lo que creo que me debería de disculpar, es únicamente en aquello que haya actuado con egoísmo, es decir en busca de mi propio beneficio o del beneficio de los míos, para acrecentar o mantener mis intereses. Del resto, pues si lo he hecho con mi mejor intención es suficiente, haya salido como esperaba o no, pues siempre hay múltiples circunstancias que se escapan a nuestro control y que pueden llevar, a que un acto generado con una intención, se le tome con otra o incluso, al contrario, todo dependerá de cómo lo reciba la otra persona, sus circunstancias, o estado de ánimo en ese momento… Y de todo ello nada tengo que ocuparme, pues no soy responsable más allá de lo que hago y no de las consecuencias de mis acciones. Al menos así lo veo desde aquí, y aunque pudiese parecer una postura fácil, es más realista que la que me enseñaron, sobre las consecuencias de mis actos en la vida, algo que arrastraba como una pesada carga en cuanto veía que no salían las cosas como esperaba o deseaba, después de haber puesto mi ilusión y esfuerzo en ello. Estando en estos pensamientos, abstraída en la luz, formando parte de ella, sentí que algo me sucedía, es como si en ese momento me sacudiesen repetidamente, zarandeándome, como si mi cabeza se pusiese a dar vueltas frenéticamente, como cuando se ha bebido mucho alcohol y se despierta al día siguiente con una gran resaca, con una sensación de embotamiento y de desconcierto que distaba de la claridad y limpieza de pensamiento que hasta ese instante había tenido. De forma instintiva, y sin saber cómo, ni por qué, tomé una gran bocanada de aire, mientras me intentaba incorporar. ―¡Tranquila!, espera unos segundos ―escuché a una melódica voz de mujer decir, mientras todo se me volvía n***o. A pesar de intentar repetidamente abrir los ojos, cualquier luminosidad me molestaba demasiado, por lo que rápidamente los cerré de nuevo. Empecé a sentir cada uno de los huesos que tenía y como me empezaron a doler. Algunas articulaciones, las viejas fracturas, todo parecía querer salirse de mi cuerpo, y me ardía a rabiar. ―¿Qué? ―acerté a decir con una garganta rota, de la que apenas sí sabía vocalizar. ―No te preocupes, no eres el primer caso que hemos tenido, aunque sí el que ha estado más tiempo a su merced. Aquello que escuchaba, no significaba nada para mí, pues estaba tan distorsionado que apenas se podía distinguir del ruido ambiente que se mezclaba con el asfixiante calor que invadía todo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD