26 Una Caída letal Luego de un estrepitoso crujir producto de los vidrios rotos, él se puso de pie y se ocultó en una de las paredes del pasillo, flanqueaba unas cortinas sedosas con doseles elegantes que rozaban el pulcro porcelanato del hotel. Escudriñó con el rabillo de sus ojos una Daniela inmersa en un llanto enfermizo que caminaba trastabillando. Se había puesto unos Jean nuevos que se ajustaban perfectos a su silueta femenina y llevaba una blusa preciosa color mostaza que caía sobre sus pechos, ahora, más turgentes, descubrió entonces que era uno de los brasiers con push- up que habría comprado en la tienda de lencería y su maldito deseo se agolpó sobre él bofeteándolo. Tuvo que sacudir la mirada para no doblegar. Deseó tomarla en brazos y meterla de nuevo en la cama. Pero no. Qu

