Sergio del Pinar sí sabía a dónde su amigo y compañero de despacho viajaría, pero por el bienestar de su propio hijo debía callar y así se mantuvo, incluso cuando aquel desconocido lo acorraló en las afueras de su jardín, reclinándolo contra una de las murallas que flanqueaba la entrada a la propiedad. El frío metálico del arma tras su cuello le hizo parpadear y regurgitar indiscretamente su bilis. Su condición y el trastorno de pánico aceleró su ritmo cardiaco, sudó frío en manos y en su entrecejo, delatando las sensaciones que aquel ataque creaba en un hombre de su edad. Recordó su promesa ante su esposa y estaba dispuesto a morir callado. Amaba a Carlos Alberto y a Carla Felicia con toda su alma. —¡Habla viejo de mierda! ¿A dónde va su hijo? —No lo sé—alcanzó a vociferar, cuando de r

