Capítulo 2:

1261 Words
Capítulo 2: Le quité el pantalón, resaltaba su m*****o que estaba encerrado tras la tela del boxer, pero aún así podía ver que estaba saludándome, listo para satisfacerme. La vista era buena por así decirlo, soy una persona muy sexualmente activa desde la primera vez que conocí los manjares de la vida. Tomé una de las tijeras que estaban en mi mesa de noche y le corté el bóxer. Él hizo una mueca, pero no tiene permitido hablar. No debe quejarse o sabe que lo dejaré a medias. Me acerqué a besar sus labios, pero cuando estaba por unir los suyos con los míos, me alejé y comencé a rozar con mi aliento su cuello, su abdomen y más abajo. Metí su m*****o en mi boca y comencé a provocar que de su boca salieran gemidos. Sé que mi madre está en la cocina y dudo que las trillizas estén en casa, así que no me importa mucho el ruido que salga de mi lindo novio. Él luchaba por liberar sus manos, pero no podía hacerlo. No se lo pondría tan fácil. Su m*****o entraba y salía de mi boca lentamente, haciéndolo sufrir con mi lentitud, ya que me estaba pidiendo que lo hiciera más rápido, pero no quería. No quería hacerlo rápido; quería castigarlo, ¿y eso no sería un castigo para él? Mi lengua se movía lentamente por el cabezal de su m*****o, sintiendo las palpitaciones y el calor que emanaba de él. Sentirlo en mi boca era gratificante, aunque el tamaño no era la gran cosa. Muchas veces me hizo temblar en la cama, así que tiene su lado bueno, por así decirlo. Juan Pablo fue el primer hombre con el que estuve. Él es muy tierno en comparación conmigo, que soy una maldita demonio y sonsacadora. Si no fuera porque fui yo quien dio el primer paso, él me llevaría virgen al matrimonio. Cuando sentí que su m*****o comenzaba a temblar, a punto de explotar, saqué su m*****o de mi boca y subí a besarlo. —Loreline —murmuró mientras le llevaba entre mis dientes su labio inferior, mordiéndolo hasta que le saqué sangre. —Estás castigado, pero quiero que me complazcas, Juan Pablo —murmuré, sujetándome de la cabecera de la cama y poniendo mi intimidad en su boca. Él metió su lengua entre mis pliegues y comenzó a moverla en mi interior. Lo que más me gusta de Juan es cómo lo hace, cómo su lengua es experta en hacerme explotar y sumergirme en las profundidades del placer. Cuando sentí que estaba por liberarme, bajé de la cama, saqué un preservativo de la cajonera y se lo puse en su m*****o. Subí a la cama y permití que se hundiera en mí de un solo empujón. No paré de brincar arriba de él, sintiéndolo en lo más profundo de mí. Mis pechos se movían por los movimientos y cuando estaba por llegar a la cima, eché la cabeza hacia atrás, dejándome llevar por el placer. Cerré los ojos antes de sacar a Juan Pablo de mí y ponerme en pie. Él estaba con los ojos ligeramente cerrados. El preservativo estaba lleno, pero no se lo quité. Simplemente me alejé y me metí al baño. —Loreline, desátame —gritó, pero me concentré en darme un baño. Después salí envuelta en una toalla y comencé a cambiarme. —Loreline, ya desátame, en verdad lamento lo que pasó en el instituto. No lo volveré a hacer. Ya no me castigues así —pronunció. Me terminé de cambiar, me acerqué a él, le di un beso en los labios y lo desaté. —Vete a dar un baño, debemos ir a casa de mi tía Strella a ensayar. Dijiste que me ayudarías con el baile para mi audición en la universidad —pronuncié con una voz tierna, y él asintió. —Te amo, Line —pronunció. —Ve a cambiarte, corre —le dije, y él se puso en pie, tomó su pantalón y se lo puso. Su bóxer roto aún estaba en el suelo, así que se lo aventé y él salió de mi habitación. Como 10 minutos después, ya estábamos en mi auto en marcha a la casa de mi tía. —Juan Pablo, ¿crees que me acepten en la universidad? —pregunté. —Juliar es la mejor universidad de danza. Mi tío Ángel estudió ahí por recomendación de mi tía Strella. Solo espero yo también estudiar ahí. —Verás que sí. Le has echado muchas ganas, eres una estupenda bailarina y lo harás de maravilla. Además, tienes el apoyo del tío Ángel y la tía strella. Seguro que ellos te apoyan en todo —pronunció Juan Pablo, tomando mi mano con cariño. —Sí, bueno, gracias, Juan —pronuncié. Nunca le he dicho que lo amo, ni una sola vez. No sé por qué. Papá dice que los Evans solo se enamoran una sola vez en la vida, como en el caso de mi abuelo Damián fue la abuela Rachel, de papá fue mi madre, de el tío Simón fue mi tía Strella. Sin parar de contar a mis tíos, los hermanos de mi tío favorito, todos ellos solo se han enamorado una vez. Y bueno, aunque el tío Nick y Mía no son Evans, ellos también se han enamorado una vez, y la tía Anabel, y le paro de contar. Porque también existen excepciones. Mi tío Adam, por ejemplo, es mi tío favorito pero no deja de ser un mujeriego. Tiene la edad de papá y él no se ha casado, ni hijos tiene. Creo que se quedará para vestir santos. Lo inscribí a un programa de citas y no ha ido a ninguna. Dice que el trabajo le demanda mucho tiempo, como si ser detective fuera demasiado, pero para estrenar mujer cada semana sí tiene tiempo. Bueno, yo estoy con Juan Pablo desde que tengo uso de razón y todo el mundo cree que me casaré con él, tendré una familia y un perro llamado Demonio. Me encantan los perros, pero a Juan Pablo no. Llegamos a casa de mi tía Strella muy rápido. El lugar es acogedor, amplio y muy hermoso. Tiene muchos árboles y mucha naturaleza. Me encantan los rosales blancos que están en la entrada. Ingresé a su casa y me recibió el tío Simón, quien estaba platicando con mi tío Adam en la antesala. —Hola, ¿se encuentra mi tía? —pregunté. Mi tío Adam apuntó al salón de baile que estaba a unos pasos de la antesala. —Hola, tíos —pronunció Juan Pablo. —Hola, ¿vienen a ensayar para tu audición? —preguntó el tío Simón. —Sí —respondimos Juan Pablo y yo al mismo tiempo. —Bien, así quedamos —comentó el tío Adam poniéndose en pie y tomando una documentación que estaba en la mesa. Después caminó hacia mí y me apretó los cachetes. —Rompete una pierna, cachetitos —mencionó mientras la ira se apoderaba de mí. Odio que me llamen cachetitos. No estoy robusta, pero mis mejillas son algo pronunciadas y tienen un brillo singular. —Suéltame o dejarás de ser mi tío favorito —protesté, empujando su mano para que dejara de apretarme las mejillas. —No te enojes, enana, tampoco me saques de tu corazón, que luego, ¿quién te va a querer y consentir como yo? —sonrió, y lo empujé. —Ya no te quiero, así que muévete —tomé la mano de Juan Pablo e ingresé al salón de prácticas de mi tía Strella.
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