★ Adam
—¿Por qué la molestas? Es solo una niña caprichosa, igualita a su padre… Si entendiste todo sobre el caso y si el operativo sale bien, al fin podremos terminar con lo que comenzó el “gran diputado Evans”. Seremos completamente libres de todo lo que él dejó atrás —pronunció mi padre, con una mirada severa que reflejaba la urgencia de nuestra misión.
—Me encanta molestarla. Loreline es muy molesta y caprichosa, cree que todo lo puede obtener chasqueando los dedos, igual que Nicolás. Por eso me gusta provocarla, pero la adoro, es mi sobrina favorita —respondí, sonriendo mientras miraba la puerta de entrada del salón de prácticas de mi madre—. Sí, comprendí. Me infiltraré en ese lugar en unos días y espero que las cosas salgan como lo planeamos para acabar con esos laboratorios clandestinos. Este es el último de la lista que entregó el tío Alan.
—Bien, esperemos que así sea. Tengo que salir, quedé de reunirme con Damián para algunas cosas relacionadas con el operativo. ¿Te irás? —preguntó, levantándose de su silla y ajustándose el saco.
—No, aún pasaré a despedirme de mi madre. Si hay alguna complicación, me informas —mencioné mientras él asentía y salía de la habitación con paso decidido.
Caminé hacia el salón de baile de mi madre y abrí la puerta lentamente, evitando interrumpir. Ella estaba ocupada enseñando algunos pasos a Juan Pablo y a Line, su expresión era concentrada y apasionada como siempre cuando se trataba de danza.
Me recargué en la pared, al lado de la puerta, observando cómo esa niña caprichosa intentaba bailar. Lo hacía bien, pero no transmitía nada. Mi madre siempre dice que al bailar debes expresar lo que sientes, pero los movimientos de Line eran tan mecánicos. Incluso la forma en que Juan Pablo la tocaba parecía forzada y carente de emoción.
—¿Creí que te irías? —se acercó mi madre, sacándome completamente de mis pensamientos.
—Venía a despedirme. Tengo que estudiar un caso. ¿Qué pasa con ella? Parece tan fría como el hielo —respondí, tratando de entender por qué Line, normalmente tan vivaz, estaba tan distante.
—¿Lo notaste? Creí que era la única que lo veía. Si sigue así, no la aceptarán en la academia de baile —dijo mi madre con un suspiro, su preocupación era evidente en su rostro.
Ambos seguimos observando cómo Juan Pablo la tomaba de la cintura y la acercaba a él. El baile que practicaban era bachata, uno de los bailes más sensuales que existen, pero sus movimientos eran lentos y carecían de energía o pasión.
—Se pondrá triste si no la aceptan. ¿No puedes firmar una carta de recomendación? —le pregunté a mi madre, sabiendo que su influencia podría ayudar a Line.
—Sí, pero no la aceptarán ya que hacen una prueba de baile, y si sigue así no entrará —respondió con tristeza.
Juan Pablo la hizo girar, pero al hacerlo, los pies de Line se doblaron y ambos cayeron al suelo. El golpe resonó en el salón, y todos nos quedamos congelados por un segundo.
—¡Ay! —se quejó Juan Pablo, y mi madre y yo nos acercamos rápidamente a él.
—Déjame revisarte —le dije, y él mostró su pierna. Le toqué el tobillo y parecía que podría ser una fractura.
Mi madre salió corriendo en busca de mi hermana, la enfermera de la familia.
—¿Estás bien? —preguntó Line, claramente afectada por el incidente.
—Sí, estoy bien. Solo duele un poco —respondió Juan Pablo, tratando de restarle importancia, pero el dolor en su rostro era evidente.
—No te hagas el valiente, tenemos que verte la pierna. Te llevaré a la clínica, no podemos arriesgarnos —dije.
—No hace falta, tu hermana se encargará de eso. Tú quédate aquí para ayudarnos a practicar —volteé a ver a mi madre, que venía con mi hermana menor, sosteniendo un botiquín mientras llevaban a Juan Pablo con cuidado.
—Ustedes practiquen. Yo me encargaré de Juan Pablo —dijo mi madre.
—Creo que se ha quebrado la pierna —pronunció Line al ver cómo Juan Pablo se alejaba, soltando quejas mientras caminaba con dificultad. Su expresión mezclaba diversión y preocupación, aunque no lo admitiría en voz alta.
—Tu novio no sabe bailar, ni tú tampoco. ¿No has pensado en dedicarte a otra cosa? —pregunté con una sonrisa burlona, disfrutando la oportunidad de picar su orgullo.
—No, tu madre dijo que bailaras conmigo, así que hazlo —mencionó con ironía, cruzando los brazos y elevando una ceja desafiante.
Me irritaba que me dijeran lo que tenía que hacer; aquella joven caprichosa necesitaba una buena lección para que dejara de pensar que podía ordenar a todos como si estuviera en su mano.
—Tú no me dices qué hacer —la tomé de la cintura, atrayéndola hacia mí con un gesto juguetón que insinuaba más de lo que las palabras podrían expresar.
—¡Ahh! —exclamó, sorprendida al sentir su cuerpo chocar contra el mío. Su rostro se iluminó con sorpresa y una diversión traviesa.
Colocó una mano en mi pecho y me miró a los ojos, era un desafío silencioso que solo provocaba una respuesta de mi parte. Me quedé inmerso en su mirada, fascinado por esos ojos bicolores que eran el reflejo de la rebeldía que llevaba en su sangre, un destello de travesura y vida que heredaba de su padre, el infame Nicolás.
—Ahora bailemos —le dije, inclinándome ligeramente para hacer la escena más divertida, acercándome lo suficiente para que mi aliento rozara su piel.
—Tú no me dices qué hacer —respondió, con una mueca de desdén, aunque sus labios temblaban con una sonrisa juguetona.
—¿Quieres ver cómo te hago bailar? —le pregunté, levantando una ceja en un gesto desafiante. La cercanía entre nosotros comenzaba a caldear el ambiente, y la tensión en el aire era fuerte.
—No quiero —pronunció, dándose la vuelta para alejarse, pero en su intento, la tomé del brazo y la atraje nuevamente hacia mí. Su cuerpo se estrelló contra el mío una vez más, y ella sonrió, riendo suavemente a pesar de su resistencia.
—No voy a bailar contigo si Juan Pablo se lesionó, y eso que es joven. No quiero imaginar lo que te pasará a ti —dijo con un tono burlón, sus palabras eran como un susurro provocador en mi oído.
—Vamos, no seré tan torpe como él —le respondí, sonriendo de vuelta mientras mantenía el ambiente ligero y algo erótico.
Su risa llenó el salón, y en ese momento, todo parecía más fácil, como si la preocupación por el baile y las lesiones quedaran en un segundo plano. Pero mi mente estaba completamente ocupada con la forma en que sus labios se curvaban en una sonrisa tentadora, su cercanía era un constante reto para mantener la distancia correcta.
—Te voy a hacer tragar tus palabras. ¿Nunca te han reprendido tus padres? Porque tengo muchas ganas de hacerlo a ver si así se te quita lo maleducada y caprichosa que eres —dije, conteniendo la risa mientras la miraba con diversión.
—No, mis padres me aman; jamás me reprenderían —respondió con una sonrisa arrogante, cruzando los brazos con seguridad, desafiándome a hacer algo más.
—Pero yo no te amo, así que ni dudaré en reprenderte —pronuncié con firmeza, sintiendo que era el momento de ponerle un alto a su atrevimiento.
—¿Vas a nalguearme? —preguntó, sorprendida y divertida, su voz susurrante rozaba un límite peligroso.
—Debería hacerlo —dije, alzando una ceja y sonriendo, disfrutando de la tensión en el aire como si todo fuera un juego peligroso.
—No le tengo miedo —afirmó, acercándose más y desafiante. Su proximidad era como un fuego en mi piel, y la necesidad de demostrar que tenía control sobre la situación crecía con cada segundo.
Justo cuando estaba a punto de darle un pequeño golpe en la cadera, mi madre entró, interrumpiendo el momento y obligándola a alejarse rápidamente.
—¿Han practicado algo? —preguntó mi madre, con una expresión curiosa y al mismo tiempo preocupada, observando de reojo la situación.
—No, tengo que irme, adiós —dije con una risa contenida mientras ella me miraba con una expresión ligeramente molesta, pero eso no me importó en lo más mínimo.
Me despedí de mi madre, quien aún mantenía una expresión preocupada, y, después Line se acercó a mí con un gesto más suave, dándome un beso en la mejilla. Su cercanía era tentadora, una promesa no cumplida.
—Adiós —se despidió, sonriendo tímidamente antes de dar un paso atrás, dejando en el aire una despedida que no podía ser definitiva.
Ignorando todo lo demás, me dirigí a mi auto, sintiendo diversión, y también una chispa de frustración por lo ocurrido. Sus provocaciones habían avivado deseos que necesitaban ser contenidos, pero el recuerdo de su risa y su desafío me acompañaría mucho después de esa tarde.
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