Lunes por la mañana preparo a mi pequeña Brisa para enfrentar un nuevo día. Sus risitas inundan la casa mientras le coloco su vestido favorito, ese de color celeste con pequeñas mariposas bordadas que tanto le gusta. Mis dedos se deslizan por su cabello sedoso, trenzándolo con delicadeza mientras ella juega con su muñeca de trapo, esa que nunca suelta. Cuando estamos listas para partir hacia la parada de autobús, con su mochila de ositos colgada en mi hombro y su lonchera en mi mano, abro la puerta principal encontrándome con Camilo, quien espera apoyado contra su automóvil n***o, con los brazos cruzados y una sonrisa deslumbrante que ilumina su rostro más que el propio sol matutino. Aunque le había insistido que podía tomar el autobús como siempre lo hacía, no pude convencerlo. V

