Capítulo 10

1746 Words
Diego Miro el reloj de pared otra vez mientras muevo mis dedos sobre mis rodillas, como si estos bailaran alguna canción imaginaria. La ansiedad me tiene inquieto, necesito esta oportunidad. —Señor Dorelo, puede pasar. —Una mujer rubia, bien vestida y un poco atractiva avisa que es mi turno. Hago un asentimiento de cabeza como repuesta a su falsa cordialidad, sé bien que su buen trato es mera apariencia y una manera de ser profesional. Desde que entré percibí su mirada despectiva sobre mí, de seguro no se esperaba que a quien Isabella recomendó, fuera un muerto de hambre, que por más que intentara ir a la par con los estudiantes de tan prestigiosa academia, simplemente no puede darse el lujo de comprar ropa de diseñador ni perfume de famosos. Una mujer con delgadez exagerada, cabello recogido de forma elegante y nariz larga y bastante fina, me indica con las manos que tome asiento en la butaca frente a su escritorio. Obedezco tratando de que mi recorrido visual por el lugar sea lo más disimulado posible. El lujo y la extravagancia describe muy bien esta oficina y a la ropa cara y extraña de esta mujer, quién, al parecer, es más estirada de lo que esperaba; situación que me pone más nervioso aún y me hace temblar del temor a la gran posibilidad de no ser contratado. «No debí venir...»  —Señor Dorelo —me llama con un tono duro y repulsivo, como si yo fuera un delincuente o algo por estilo—. Cuando la señorita Isabella Mar me lo recomendó, no dudé ni un segundo en hacerle una cita, puesto que la familia Mar son personas importantes, a quienes les tengo gran aprecio y admiración. Como artista, amo el arte en toda su expresión y la joven Isabella es una violinista talentosa, con una habilidad exquisita. Algo me dice que toda esa palabrería terminará como siempre: con una negativa.  —Secundo con usted, señora Lancord.  —Señorita Lancord —corrige—. ¿Viene a aplicar a mi galería y no conoce mi estado civil? ¿Qué clase de persona puede ser usted, que ni siquiera se ha tomado la molestia de conocer los pormenores de la dueña del lugar adonde aspira trabajar? ¡Mierda! ¿A quién le importa el estado civil de esta mujer?  —Disculpe, señorita Lancord. Sí investigué todo lo concerniente a la galería, cómo inició, sus alcances, sus logros...  —Pero ni siquiera se tomó la molestia de investigar sobre la dueña y lo independiente que es. «Y lo amargada».  —Disculpe mi falta de conocimiento...  —Jovencito... —Es la segunda vez que me interrumpe—, la ignorancia, la falta de clase, la negligencia, la inutilidad y carencia de elegancia son desfachateces que no se perdonan. Como dije antes, aprecio en demasía a Isabella, pero tampoco voy a permitir personas... —Me mira de arriba abajo con desprecio—. No permitiré a cualquiera en mi galería. Este es un lugar donde solo los mejores pueden exponer su arte, personas con sensibilidad y exquisitez. Lo siento, pero cada cual tiene su lugar, le recomiendo que pinte unos cuantos cuadros y pruebe suerte en las plazas donde las personas de su clase suelen comprar, aquí no aceptamos arte callejero. Y con esas palabras venenosas he sido rechazado. Ganas no me faltaron de mandar a esa... mujer a la misma mierda, pero me cohibí por Isabella, ella no se merece que la haga quedar mal. ¡Otro día no me pasa! Entiendo que ella solo quiere ayudarme, pero en esta ciudad esas galerías de gente estirada solo buscan la clase social y apellidos de los artistas. «No te desanimes, eres un genio en el arte, estoy segura de que llegarás lejos». El recuerdo de las palabras de mamá me golpea; ella ha sido una columna a mi sueño, temo tanto decepcionarla. A estas alturas tendré que tomar el consejo de la señora estirada, y vender mis cuadros en las plazas por centavos, es eso o seguir pasando precariedades. Un trabajo de medio tiempo no me está siendo suficiente. Me sacudo el cabello por la impotencia. La vida de adulto apesta. Después de ponerme el casco —es todo un trabajo difícil hacer que mis rizos entren sin estorbar—, enciendo la moto para ir a comerme la última sopa china que me queda en casa. Por lo menos mañana me pagan la quincena y podré comer algo decente. ¿Y qué puede empeorar un mal día? ¡La lluvia! ¡Mierda, debo estar salado! Bueno, pensándolo mejor, ser mojado por la lluvia no está mal, dado mi estado de ánimo. Por tal razón, no me molesto en detenerme a ponerme el impermeable. Dejo que las gotas empapen mis ropas y refresquen mi piel caliente. Creo que me detendré en la tienda a comprar algo de cocoa y leche para el desayuno. Tal vez me alcance para el pan y el combustible de la moto. Eso me recuerda... Iba a gastar el poco dinero que me quedaba en la chica nueva. ¿En qué estaba pensando cuando la invité a salir? «Es linda». Sacudo mi cabeza ante ese pensamiento. Esa niña es una ricachona más, ni de juego debería fijarme en ella. No hay necesidad de complicarme más la existencia, bastantes problemas tengo ya. Aunque... Esa canción no estuvo mal, la melodía tenue que se convirtió en pasional. Sus delicados deditos manejando las teclas, esos ojos azules con mirada intensa... ¿En serio, Diego? Necesito una ducha caliente y descansar, ya estoy delirando. Acelero la velocidad, pese a que la calle está resbalosa, necesito llegar y refugiarme en mis sábanas, tal vez así se me pase la amargura, el mal sabor del rechazo y la vergüenza de ser menospreciado, de una manera tan injusta y sin reparo. Es que no entiendo cómo dicen que aman el arte, si fuese así, no tomaran en cuenta el estatus social del artista, más bien su expresión, su belleza, los trazos, la combinación de colores, la historia detrás de cada pincelada. Son unos hipócritas farsantes. «Ni siquiera me dieron el beneficio de la duda». Le negaron a mi arte la oportunidad de demostrar que se merece estar en las mejores galerías y exhibiciones, tanto como las pinturas de esos estirados. «Algún día será. Ya deja la autocompasión».  —Voy a llevar estos —digo a la joven que está del otro lado del mostrador, jugando con su celular. Este lugar normalmente está abarrotado de estudiantes, que, como yo, no se pueden dar el lujo de comprar en los supermercados en esta ciudad. Este vecindario es como el refugio de jóvenes que viven en otras ciudades, con menos oportunidades o que reciben una beca para estudiar. La mayoría de personas por aquí o, son ese tipo de personas, o son familia de bajos recursos. Digamos que vivo en la parte pobre de la prestigiosa ciudad Lux. Y esta bodega es como una imitación de un pequeño supermercado, donde los precios son más económicos.  —Hola, Diego —saluda con esa sonrisita llena de coquetería—. Toma, cortesía de la casa. —Agrega una barra de chocolate a mi compra y se acerca de manera sugerente—. Si quieres voy a tu piso y te preparo una sopa caliente mientras te bañas. Te mojaste todo, podrías resfriarte. Esta mujer no se rinde. No sé cuántas veces tendré que rechazarla. Ella es hija del dueño de la bodega y vive en el mismo edificio que yo, a donde lleva sus conquistas casi todas las noches. Zuli está en boca de todo el vecindario, pero a ella no es que le importe mucho lo que digan y, al parecer, a su progenitor tampoco.  —No, gracias. Estaré bien.  —¡Qué aburrido! —Hace un puchero—. No te imaginas lo bien que lo puedes pasar conmigo. Paso.  —¿Van a durar una eternidad? —Una señora detrás de mí se queja—. Tenga más decencia y deje de estar de ofrecida con los clientes. Tomo mi paquete con rapidez, antes de que se arme la discusión. Mientras me alejo, las dos mujeres se gritan insultos. *** No sé qué sucede hoy con la única gasolinera del vecindario, pero después me entero del chisme. Debe haber alguna razón para que no estén trabajando. Como sea, tendré que buscar otra. Conduzco de regreso al centro de la ciudad, rogando de que la moto no se pare por falta de combustible, es cuando vislumbro una estación de gasolina. ¡Bien! No es que pude llenarlo, pero por lo menos me alcanza para ir a la academia y al trabajo. Cuando me paguen lleno el tanque. De regreso, empieza a llover de nuevo, por suerte el empaque de las compras es de plástico. Las calles hoy están desiertas y el gris oscuro simula una noche precoz. Por lo tanto, los faroles de la ciudad se han encendido. «¿Qué es eso?» Tengo que detenerme con rapidez, al percatarme de que hay una persona en medio de la calle. Eso es algo un poco inusual. Tal vez alguien en mi lugar que sea más prudente que yo seguiría de largo, pero es probable que esa persona necesite mi ayuda.  —¿Estás bien? —inquiero una vez mis pies tocan el asfaltado y mi moto es aparcada en una orilla de la acera.  —¡No pude hacerlo! Hasta para eso soy una cobarde. ¡Soy tan patética! «Esa voz».  —¿Te encuentras bien? Toma mi mano —insisto mientras me agacho a su nivel. Su vestido corto y fino está sucio, roto y pegado a su cuerpo. Ella sigue tirada sobre el suelo, con su rostro oculto entre sus hebras negras y mojadas.  —No, no lo estoy. Creo que nunca lo he estado —dice con amargura. Por el tono ronco y chillón de su voz, me da a entender que está llorando. Al parecer, tiene un largo rato haciéndolo.  —Toma mi mano, es peligroso que estés aquí. Vamos. Ella se deja hacer. La sostengo por los hombros y su mirada azul me confronta. Me hierve la sangre verla así, con ojos rojos e hinchados, con expresión derrotada y llena de dolor. Tan diferente a la chica que tocaba el piano, a esa hermosa y fuerte mujer que me coqueteó con su melodía. ¿Qué te sucedió, mi bella musa?
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