Capítulo 3

1766 Words
Melodía atractiva Suenan las notas combinándose entre ellas, creando una nueva melodía. La música es traviesa, coqueta, fascinante, envolvente. Una música que calienta el más frío iceberg, que despierta la libido y todas las sensaciones dormidas, una música atrevida, una melodía atractiva. ***   Estoy en un carrusel de emociones, nuevas sensaciones abriéndose paso, alterando mis sentidos. Nunca nadie me había hecho sentir tan sensual ni acariciar el erotismo con tan solo un baile. Me desconozco en este momento, no me había sentido tan desinhibida, atrevida y desvergonzada antes. «Siento que floto». Cierro los ojos cuando los dedos del mestizo acarician mis cabellos; puesto que las puntas terminan al final de mi cuello, sus dedos rozan mi piel. Un estremecimiento invade todo mi cuerpo al instante. Él me voltea para encararme y yo me pierdo en su mirada dorada; él, por su parte, quita la brocha de mi mano con delicadeza, sus dedos rozando los míos. Me gira y me atrapa por la cintura, nos quedamos viendo alelados, la conexión y química son increíbles. El violín se vuelve más violento, asimismo nuestros pasos. Él se da la tarea de girarme y atraparme, dar vueltas alrededor del lienzo al soltarme y volver su atención a mí.  —Cierra los ojos. —Escucho sobre mi oído en forma de susurro. Mi respiración se torna errática cuando su aliento cálido quema mi piel. Obedezco y me dejo llevar. Estoy a su disposición. Lo siento usar mis manos para seguir pintando, la brocha es reemplazada por un pincel, o al menos es lo que creo percibir. Me mueve con suavidad, ubicado desde mi espalda manipula mis manos, como si yo fuese una marioneta y él mi guía. No tengo idea de lo que hacemos, me imagino al pobre lienzo lleno de garabatos. Vuelve a cambiar el pincel sin dejar de bailar de forma sensual pegado a mi espalda, sin dejar mis manos sueltas por mucho tiempo. No sé cuánto ha pasado, puesto que el tiempo se ha detenido en nuestra exótica danza, solo sé que me dejo llevar; él guía mis manos que ya ha sido provista por otro pincel. Creo que ha puesto en mis dedos pinceles y brochas de diferentes tamaños. —Disfruta el momento porque se acerca el clímax —suelta sin más. No sé si sus palabras tienen doble sentido o simplemente le da el tono que se merece este momento. Ya no hay pinceles ni brochas, escucho aplausos y la violencia del violín. Danzamos frenéticos, con fuerza, con vehemencia. Me dejo llevar con los ojos cerrados. Él me carga por la cintura, da una vuelta y me devuelve al suelo de forma lenta, sostiene mi espalda baja y menea su cintura en contra de mí. Yo también me muevo. Entonces el violín deja de brindar música. Los gritos y aplausos se escuchan más fuertes, es cuando entiendo que debo abrir los ojos. Estoy en un extraño trance, donde he perdido las fuerzas y mis piernas se tambalean. Después de unos segundos, recupero la compostura, aunque mi corazón late frenético y mi respiración es irregular. Aparte de que todavía los corrientazos recorren mi piel.  —Mira. —El mestizo apunta en dirección al lienzo. Casi caigo al suelo de la impresión.  —¡Por Dios! —grito, eufórica—. ¡Esto es alucinante! Yo... —Se me va el habla por la fascinación, creo que algunas lágrimas ruedan por mis mejillas. Tal vez las demás personas lo vean como una exageración de mi parte, pero mi amor por el arte me pone sensible, y cosas como estas me desbordan de emociones.  —¿Te gusta? —Me pierdo en su hermosa sonrisa. Me atrevo a observarlo sin reparo, me conmueve la manera en que sus ojos brillan al mirar la pintura. Está ufano, satisfecho, feliz. Veo mucha pasión en su expresión, que denota fuerza y vida. Creo que veo felicidad.  —¡Te quedó genial! —espeta de repente la chica que tocaba el violín, quien se le ha tirado encima celebrando la hazaña del artista. Él la recibe entre risas y ambos se abrazan con marcada emoción. Me quedo como tonta observándolos, se ven tan bien juntos, entre ellos hay química y compañerismo, complicidad, amistad. ¡Cómo me hubiera gustado tener algo así con Anthony!  —¡Guau! —Escucho detrás de mí y, al cabo de unos segundos, soy arrastrada lejos de la hermosa pareja. Aun así, continúo mirándolos llena de envidia y ternura a la vez. La chica no es fea. Ella tiene una larga cabellera lacia y negra, sus ojos son oscuros y su cuerpo delgado y sin mucha forma. Es tan alta, que casi va a la par con ese chico que me lleva dos cabezas. Usa ropa extraña: un vestido largo con botas negras y guantillas del mismo color a juego con su labial; ella luce un poco gótica.  —¡No lo puedo creer! —chilla Kaina cuando nos hemos apartado. Les presto atención a mis nuevos amigos, cuando dejo de acosar al mestizo y a su novia con la mirada.  —Diego e Isabella habían hecho esto antes, pero la pintura de hoy es... ¡maravillosa! Nunca había hecho tal hazaña —dice Raúl.  —¡Es cierto! Siempre pinta un gato, un paisaje y hasta un corazón sangrando. Pero eso estuvo a otro nivel. Nunca he tenido la suerte de ser escogida, ¿qué se siente que él use tus manos para pintar?  —Todavía tengo los pelos de punta. —Les enseñó mis brazos erizados—. ¿Desde cuándo ellos hacen esas presentaciones?  —Pues tienen unos meses en eso, es como una forma de que la personas apoyen a los clubs de servicios. Recuerdo que una vez escogió a un chico y, al final, el tipo lo chupeteó. Casi se van a las trompadas. Diego se sintió ofendido por el atrevimiento de aquel sujeto. Le ha pasado lo mismo con algunas mujeres que no han medido su comportamiento y, creen que por ser chicas, Diego debe soportar sus acosos. Nos reímos a carcajadas.  —¿Qué son los clubs de servicios? —pregunto con entusiasmo, tal vez no sea mala idea apoyar.  —Pues, es un grupo de artistas de diferentes áreas que se reúnen para hacer actividades, visitar escuelas, otras instituciones de artes con menos recursos y con carencia de los conocimientos que recibimos aquí; presentaciones culturales en los pueblos, etc. —Raúl explica airoso.  —¡Eso suena genial!  —¿Quieres unirte? —Kai me invita emocionada—. Nosotros somos parte, es así como hemos conocido a más personas de otras ramas artísticas. Tenemos miembros de las siete bellas artes; bueno, solo de seis, los de arquitectura tienen su propio club, puesto que son demasiados estirados y creídos como para juntarse con nosotros. Según ellos, somos las ramas inútiles y superficiales del arte. Frunzo el ceño ante esa información, mas decido no darle importancia.  —¿Fue así como se conocieron ustedes? —pregunto apuntando en su dirección.  —¡No! —ambos gritan al unísono, como si compitieran en quién dirá la información. ¡Qué infantiles!  —¡Nos conocemos desde niños! —gritan al mismo tiempo y empiezan una tonta pelea. Entorno los ojos y decido dejarlos matarse. Es cuando me giro para volver a apreciar la pintura que cobra más sentido desde esta distancia, aún sorprendida por la habilidad artística del atractivo chico de piel acaramelada. Suspiro como tonta enamorada al ver plasmado lo que hace un momento sucedía frente al lienzo. Después de despedirme del par intenso, volteo en dirección al lienzo por última vez, mi corazón palpita con intensidad al ver la pintura: en la tela, se plasma a una mujer de cabello n***o y corto con mi misma ropa, y un chico mestizo con largos rizos danzando de manera sensual. Sí, nos dibujó a nosotros mismos bailando, y le ha quedado genial. Aparto la mirada del retrato y mis ojos viajan hasta donde está él, riendo con la chica y otras personas. Risueño, sereno y sin preocupaciones en sus facciones ni nada que apague esa chispa que lo hace ver irresistible. Noto como ella le palmea el hombro entre carcajadas y, por un leve momento, siento envidia de la violinista. ¿Qué se sentirá ser tan cercana de un chico como él? Trago pesado cuando nuestras miradas se encuentran, entonces me quedo embelesada mirando a través de sus hermosos ojos. No podría definir la intensidad con la que me escudriña, la complicidad que surge en nuestro escrutinio.   ***    —Amber, la cena está servida —avisa Cali desde el otro lado de la puerta. Me hubiese gustado quedarme a cenar en mi habitación o hacerlo en la cocina lejos de esos dos, pero prefiero ahorrarme el sermón del señor Doncorvel. Cierro mi laptop y me tiro de la cama. Suspiro antes de dirigirme al comedor y, al llegar, saludo por cortesía entre dientes.  —Hola, Amber —devuelve el saludo la garrapata, con denotada hipocresía. Me limito a ondear la mano y proceder a sentarme. No soporto cenar en la misma mesa que esa arpía, pero he tenido que acostumbrarme y tragarme a esa trepadora desgraciada.  —Amber, saluda a Tasha como se merece, no seas mala educada. —Y aquí viene la frase repetida de siempre—: Como parte de la familia Doncorvel, debes mantener la cortesía, los buenos modales y la elegancia. Me reprimo de entornar los ojos, así que me enfoco en mi comida; tengo ganas de tragarme todo en un solo bocado y correr hacia mi habitación; no obstante, debo mantener los buenos modales. Odio mi vida llena de métodos, normas y etiquetas. Todo tan diferente a lo que viví hoy. Muerdo mis labios para esconder la sonrisa que se me ha dibujado en los labios; mi cuerpo se estremece cada vez que recuerdo la mano fuerte de ese chico sobre mi espalda y cintura, o tirando de mis brazos y sostener mis muñecas para guiar el pincel... Suspiro... Me imagino a él con la chica del violín comiendo en un parque, mientras conversan animados entre risas; practicando a solas sus presentaciones y besándose de vez en cuando con pasión. De la misma manera como me sostuvo a mí en la danza, la debe sostener a ella para adueñarse de sus labios. «Ya deja de fantasear, no eres esa chica». Sacudo mi cabeza al sopesar la idea de ser yo entre sus brazos, saboreando esos lindos labios y dejándome hipnotizar por su hermosa mirada dorada. ¡Necesito un novio!
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