Deslizo mis dedos por el piano, con ojos cerrados y moviendo mi cabeza al ritmo de la melodía. Hoy toco algo más alegre, después de largos meses de tristeza y despecho.
Me dejo llevar feliz por la música y me relamo los labios, al sentirme un poco atrevida e incursionar en esta canción, olvidando mis agonías y dejándome envolver por las eufóricas notas.
Mis dedos danzan sobre las teclas con fascinación y una sonrisa se me escapa al recordar a aquel chico mestizo, con largos rizos y mirada intimidante. Me imagino bailando con él otra vez, sus manos sobre mi cintura, su fragancia llenando mis fosas nasales...
—¡Excelente! —Los aplausos a mi espalda me sacan de mi ensoñación al terminar de tocar—. La señorita Doncorvel es un ejemplo para todos ustedes, es nueva en la academia y domina todas las partituras, sin embargo... —Mira a todos en la clase de forma acusatoria.
—¡Cómo no saberse todas las partituras! —Una chica de cabello castaño y mirada café espeta con mala cara—. Es la hija de Gerónimo Doncorvel, ha de tener a los mejores maestros de música a su disposición. Ni siquiera sé qué hace en esta academia... O, ¡más bien lo sé! Nos restriega en la cara lo que no podemos obtener si no somos multimillonarios como ella. Solo lo hace para presumir y sentirse la reinita del lugar.
Bajo el rostro apenada ante su acusación. Pese a que recibe el sermón reprobatorio de la señorita Gustav, todos me miran como si ella tuviese razón. Me siento tan tonta ahora mismo. ¿Presumir? Si mi apellido es mi cárcel, yo solo escapo de mi infierno al venir aquí. Nadie dice nada, sin embargo, sus miradas están sobre mí.
—Puede volver a su lugar, señorita Doncorvel.
Camino evadiendo mirar a los demás, sintiendo su escrutinio acusador quemar mi espalda. Me arden los ojos, pero me esfuerzo para no hacer el ridículo aquí; al parecer, hacer nuevos amigos y ser tratada como una compañera de clase más, será casi imposible. Por más que trato de escapar de mi vida de mierda, mis esfuerzos son en vano.
—No le hagas caso, Mariana es una envidiosa de lo peor, siempre busca problemas con quien cree que la puede superar —susurra Kai a mi oído—. No asimila no ser la mejor de la clase.
Asiento fingiendo una sonrisa antes de prestar atención a las lecciones.
***
—¿Eres hija única? —Raúl, a quien nos encontramos en la salida, sigue con el interrogatorio que había empezado en el almuerzo.
—Sí... —respondo con timidez. Todavía se me hace un poco raro tener amigos tan informales. La única amiga que tenía, no era para nada tan relajada y divertida como ellos. En realidad... No sé si a nuestra relación se le pueda llamar amistad, pero era lo más cercano a eso que tenía.
—Nosotros nos vamos. Tenemos merienda pendiente con la abuela de Raúl.
—Ustedes son muy unidos —musito enternecida. La amistad de ellos es muy linda, se viven peleando por cualquier estupidez, pero se ve que son muy cercanos y que se aprecian mucho.
—Es lo que toca —espeta Kai restando importancia.
—¡Bah! Eres afortunada de que te haga el favor de ser tu amigo —replica el chico cruzando sus brazos.
—¡Cómo no!
—¡Chicos! —interrumpo una inminente pelea sin sentido—. La abuela los espera. —Muevo mis manos echándolos de aquí, para que se vayan de una vez y por todas.
—Nos vemos pasado mañana —se despide Kai y luego me abraza. No sé cómo reaccionar a eso, así que le doy suaves palmadas sobre la espalda. Raúl la imita incrementando mi incomodidad y ambos se despiden de mí con euforia. Suspiro al saber que debo regresar a casa y que mañana no me toca venir a la academia, puesto que tengo lecciones cuatro días a la semana.
—¡No quiero ir a casa! —me quejo abrazándome a mí misma. Mejor me paso el resto de la tarde caminando por la ciudad, si voy a empezar una nueva vida, entonces debo hacer cosas que no acostumbro. Miro a mi alrededor consciente de que algún secuaz de mi padre debe estar oculto observándome; dado que no he aceptado que me envíe con sus choferes y Anthony ha estado ocupado para poder traerme; el señor Doncorvel todo paranoico me envía guardaespaldas a escondidas. Lo bueno es que mañana me entregan mi auto y tal vez así deje su sobreprotección.
Voy meditando en todo esto cuando un choque brusco me hace regresar a la realidad. Caigo de nalgas y mi carpeta de partituras se desliza por el duro pavimento, entonces me quedo sin habla cuando mi mirada se cruza con esos ojos pardos intimidantes.
¡Es él!
Mi corazón late de manera irregular, mi pecho se aprieta y mis manos empiezan a sudar. Trago pesado cuando él se agacha en mi dirección, toma la carpeta y extiende su mano para ayudarme a levantar.
Sin despegar la mirada de esos ojos que me escudriñan con tanta intensidad, me sostengo de su palma.
¡Dios!
Un corrientazo me azota al sentir el contacto con su piel cálida. Me levanta con fuerza y delicadeza a la vez, como si supiera combinar ambas cosas. No sé si estoy siendo descarada al sostenerle la mirada, de tal forma, que ambos nos observamos como si pudiéramos leer nuestros ojos.
—Lo-lo siento... —¡Estoy tartamudeando! Me siento tan ridícula. Su sola presencia me intimida, ante él me siento pequeña.
—Yo también me distraje, disculpa. ¿Estás bien? —¡Su voz! Grave y varonil. Así la recuerdo cuando me susurraba al oído. Me he vuelto gelatina ante su atractiva y majestuosa presencia.
Asiento sin emitir palabras. No me creo capaz de articular una oración en este momento. ¿Por qué me siento así con este chico? ¿Será que quedé demasiado impresionada aquella vez? Me derrito cuando sonríe de lado y continúa su camino en silencio.
Y como si su presencia tuviera un imán que atrajera a mis ojos, no dejo de mirarlo hasta que desaparece de mi campo de visión.