Jerónimo habló al ver a la abuela ingresar al cubículo. Salvado o más bien fue a mí a quien salvó la campana, era menor dejar el tema ahí. —No te enojes con él, si no fuera por Jerónimo estarían sacándome de un barranco. —No lo iba a regañar. —abrazó a mi amigo—. Gracias. —¿Es usted la acudiente de la señorita? —preguntó el enfermero. —Sí, soy su abuela. —contestó. —¿Y sus padres? —Nos miramos las dos. A veces eran tan imprudentes los enfermeros. —Solo me tiene a mí. Enfatizó con ese tono que a veces emplea donde no te da opción de volver a hablar. —Sígame, por favor. —Se retiró con el joven en busca del doctor. —Me quedaré con ella, señora Virginia. Se quedó en la entrada y apoyó su cuerpo a la pared. Se veía muy bien, ¡qué bien! Reconócelo tonta, era muy varonil. Al salir de

