Larry esperaba en la puerta de su casa, se le iluminó el rostro cuando vio el Audi adornado con flores blancas y centenares de cintas. —¡Te tardaste una eternidad! —dijo abrazándome. —No podía ir a más de diez kilómetros por hora, porque no llegan vivos los arreglos. —Sí, tienes razón, estoy paranoico, me he bañado dos veces, viejo. Parezco una vieja histérica, hace un par de horas los nervios aumentaron y te juro, no le encuentro explicación. Solté una carcajada. Bajé mis escudos, para absorber un poco de energía sana. Compartir con ellos era refrescante. Tienen algo que necesito para soportar dicho calvario. —Debes presentarte a la una en la iglesia. —Sí, no veo la hora de que nos declaren marido y mujer —Se quedó mirando el auto—. ¿Nunca has sentido que repites una vivencia? Debo
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