Sharon me miraba. —¿Estás enojada conmigo? —No tengo rabia, pero si tristeza, me duele el alma Yelena. —No más que a mí, créeme. —¿La abuela se murió? Afirmé en silencio. No sentía el corazón, no sé si era la forma de mantenerme cuerda o era porque no he permitido analizar lo ocurrido… era mejor no pensar, no aún. Milnay manejó a gran velocidad por la autopista para tratar de llegar a la salida y aventurarnos a los barrancos. —¡Nos detectaron! —Se escuchó una voz por la radio del auto. —¡Yajaht, distráelos! Debo sacar a la Reina de este cochino planeta. —«cochino», no me gustó el modo de expresarse de la Tierra. —Deben seguir de frente, no podemos tomar la entrada del barranco. Llevarlas a Boston. —¡No quiero tenerla más de dos horas en la Tierra! —El hijo del Norte fue notifica

