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Tenía dieciséis años y ya sabía perfectamente lo que significaba ser la mancha en el linaje de los Fontana.
Era la menor de los hermanos, la única que había nacido mujer en tres generaciones. La heredera inesperada. La que mató a su propia madre al nacer. Mi padre nunca me lo perdonó. Cada vez que me miraba, sus ojos se llenaban de ese desprecio frío que ya ni siquiera intentaba ocultar. “Tu madre murió para que tú vivieras”, me escupía a veces, como si eso fuera suficiente para justificar todo.
A mí, sinceramente, me daba igual.
Tenía el amor de mi abuelo y eso valía más que el de cualquier hombre en esta maldita familia. Y tenía a Mila. Mi Mila. Hija de mi nana, mi sombra desde que tengo memoria. Dicen que tomábamos el pecho al mismo tiempo, una en cada brazo de su madre. Desde entonces, no había un solo secreto, una sola travesura, una sola noche de llanto que no hubiéramos compartido.
En ese momento estábamos en una de esas fiestas horribles de la Cosa Nostra que tanto odiaba. La mansión de los Bianchi brillaba con ostentación asquerosa: arañas de cristal, mesas llenas de comida que nadie tocaba y hombres con trajes caros que escondían armas más caras todavía. El aire olía a cigarro cubano, whisky y mentiras.
Mila estaba a mi lado, con su cabello n***o largo cayendo como una cortina brillante sobre su espalda. Fingía reírse de uno de mis chistes malos, esa risa falsa y perfecta que solo yo sabía reconocer. Sus ojos oscuros brillaban con complicidad mientras se inclinaba un poco hacia mí.
—Dios, Isa… si sigues contando chistes tan horribles, tu padre va a mandarte a un convento solo para que te calles —murmuró entre dientes, sin dejar de sonreír para la galería.
Sonreí de lado, tomando una copa de champán que ni siquiera pensaba beber.
—Que lo intente. Abuelo me sacaría antes de que termine de firmar los papeles.
Miré alrededor. Todos nos observaban. Las hijas de las otras familias, con sus vestidos caros y sus sonrisas falsas. Los capos, calculando. Los herederos, midiendo. Porque aunque todavía tenía dieciséis.
Mientras caminábamos hacia la terraza, no pude evitar buscarlo otra vez con la mirada. Pero nada. El rincón donde creía haberlo visto estaba vacío. Solo columnas de mármol y sombras.
—Ben no ha venido… —me quejé en voz baja, casi sin darme cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Mila soltó una risa fuerte, de esas que intentaba disimular tapándose la boca con la mano. Varias cabezas se giraron hacia nosotras, pero a ella le importaba poco.
—Debe estar ocupado —dijo, encogiéndose de hombros con esa sonrisa pícara que conocía tan bien—. Ya sabés cómo es *Il Macellaio*. Probablemente esté cortando a alguien o rompiéndole las piernas a algún pobre infeliz que le debe dinero.
Me detuve junto a la barandilla de piedra, mirando las luces del jardín. El aire fresco de la noche me acarició los hombros desnudos y sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
—Él será el padre de mis hijos, te lo juro, amiga —solté de repente, con la voz baja pero firme.
Mila se echó a reír tan fuerte que casi se le escapó la copa de la mano. Se dobló un poco, secándose las lágrimas de los ojos con el dorso de la mano.
—Madonna Santa, Isa… ¿Estás loca? ¿Benjamin Simone? ¿El Carnicero? ¿El mismo que dicen que duerme con un cuchillo bajo la almohada? —Se acercó más, bajando la voz aunque seguía riendo—. Te imagino tratando de cambiar pañales mientras él tortura a alguien en el sótano. Sería el matrimonio más desquiciado de la historia de la Cosa Nostra.
Iba a responderle cuando sentí esa presencia inconfundible detrás de nosotras. Ese olor a tabaco caro, colonia antigua y poder.
—Principessa… —la voz grave y cálida de mi abuelo me envolvió como un abrazo.
Me giré y ahí estaba Don Vittorio Fontana, impecable con su traje n***o hecho a medida, el cabello plateado peinado hacia atrás y esa mirada que seguía siendo afilada a pesar de sus años. Mila hizo una pequeña reverencia respetuosa y se apartó un par de pasos, aunque no se fue del todo.
—Abuelo… —sonreí de verdad por primera vez en toda la noche.
Él me tomó de la mano con suavidad, pero con esa firmeza que siempre me recordaba quién era.
—Te vi hablando con Mila. Parecías… pensativa. ¿Qué pasa por esa cabecita tuya, mi niña?
Tomé aire. Miré a Mila de reojo, que me animó con una mirada, y luego volví a mi abuelo.
—Verdad que yo puedo tener al hombre que se me antoje… ¿no?
Don Vittorio me observó en silencio durante unos segundos. Luego una sonrisa lenta, casi orgullosa, se dibujó en sus labios.
—Por supuesto, principessa —respondió sin dudar, apretando suavemente mi mano—. Eres la última Fontana. La sangre más pura que queda. Cuando llegue el momento, serás tú quien elija. No yo. No tu padre. Ni ninguna de esas ratas que se creen con derecho solo por llevar un apellido.
Sentí que el corazón me latía más fuerte.
—Aunque elija al más sangriento de todos… —murmuré, casi para mí misma.
Mi abuelo soltó una risa baja, peligrosa.
—Sobre todo si eliges al más sangriento. Un hombre débil no podría protegerte.
Mila me miraba con los ojos muy abiertos, claramente sorprendida de que mi abuelo no solo no se escandalizara, sino que pareciera aprobar la idea.
—Cuando cumplas dieciocho, Isabela, yo mismo te daré la opción. Y tu elección será ley.
Asentí lentamente, sintiendo cómo algo caliente y peligroso se encendía en mi pecho.
Mi abuelo miró su reloj de oro y frunció el ceño.
—Ya deben ir a casa —dijo con esa voz que no admitía discusión—. No es lugar para unas señoritas esta noche. Hay tensión con los rusos y no quiero que estén cerca si se calienta el ambiente.
Asentí sin protestar. Sabía que cuando mi nono hablaba así, era serio. Me acerqué, me puse en puntillas y le di un beso en la mejilla, respirando su olor familiar a tabaco y colonia de siempre.
—Te quiero, nono.
—Y yo a ti, principessa. Ve con Mila. Los muchachos las acompañan.
Mila y yo nos subimos al Mercedes blindado n***o. Cuatro escoltas se repartieron: dos adelante y dos en el coche que nos seguía. Apenas arrancamos, el silencio del habitáculo se sintió pesado. Mila jugueteaba con el anillo que llevaba en el dedo, todavía con una sonrisa tonta por la conversación de antes.
Estábamos a unos minutos de la mansión cuando todo se fue al carajo.
El auto frenó bruscamente. Escuché gritos afuera, disparos lejanos y el sonido de cristales rompiéndose. Nuestros escoltas apenas alcanzaron a sacar las armas cuando las puertas se abrieron de golpe y nos sacaron a la fuerza.
Eran rusos. Se notaba en el acento, en las caras duras y en la forma brutal de manejarnos. Me empujaron contra el capó del auto, el frío metal contra mi vestido. Mila cayó al lado mío, pero se levantó rápido, con la cara llena de furia.
—¿Quién es Isabela? —gruñó uno de ellos, apuntándonos con una pistola.
El corazón me latió tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho. Muy poca gente fuera de la familia conocía mi cara o mi nombre completo. Yo era el secreto mejor guardado de los Fontana.
Mila no dudó ni un segundo.
—¡Soy yo! —gritó fuerte, dando un paso adelante—. ¡Yo soy Isabela Fontana!
—¡Cállate, Mila! —le espeté, intentando agarrarla del brazo.
Pero ella se soltó y me miró con esos ojos oscuros llenos de determinación.
—¡Soy ella! —insistió—. ¿O quién carajo tendría una joya como esta?
Con un movimiento rápido se bajó el escote del vestido y mostró el collar que le había regalado hace meses. El collar de los Fontana. Una pieza antigua, pesada, con un rubí enorme rodeado de diamantes en forma de corona. Mi padre me lo había dado en uno de sus raros momentos de “generosidad”, pero yo lo odiaba. Me recordaba demasiado a él. Así que se lo regalé a Mila una noche, mientras nos reíamos en mi habitación.
Los rusos miraron el collar. Uno de ellos lo agarró con fuerza, tirando de la cadena y haciendo que Mila soltara un quejido de dolor.
—Esto es de los Fontana —murmuró otro, con una sonrisa torcida.
Sentí que el mundo se me venía encima. Mila estaba intentando protegerme, sacrificándose como siempre. Pero yo no iba a dejar que se llevaran a mi mejor amiga, a mi hermana del alma.
—No la toquen —dije con la voz más firme que pude, aunque me temblaban las manos—. Soy yo. Yo soy Isabela Fontana.
Los rusos dudaron solo un segundo. Miraron el collar, me miraron a mí y luego a Mila. Uno de ellos soltó una risa cruel y asintió.
—Nos llevamos a la princesita entonces.
Antes de que pudiera reaccionar, agarraron a Mila con fuerza. Ella forcejeó, pataleó y me miró con desesperación.
— ¡Te quiero!
Pero no terminó la frase. Le taparon la boca y la metieron a empujones en una de sus camionetas negras. Grité, intenté correr hacia ella, pero uno de los rusos me empujó con tanta fuerza que caí al suelo. El asfalto frío y húmedo del puente raspó mis rodillas.
—¡Mila! ¡MILA! —grité hasta que me ardieron los pulmones.
Las luces traseras de la camioneta desaparecieron en la oscuridad. Los otros rusos subieron a sus vehículos y se fueron tan rápido como habían llegado. Solo quedaron los cuerpos de dos de nuestros escoltas tirados en el suelo y el Mercedes blindado con las puertas abiertas y los vidrios rotos.
Y yo.
Sola.
En medio del puente desierto, con el viento frío de la noche pegándome el vestido al cuerpo y el eco de mi propio grito todavía flotando en el aire.
Me quedé de rodillas un rato largo, temblando. Las lágrimas que había estado conteniendo toda la noche finalmente salieron sin permiso. Primero silenciosas, después en sollozos que me rompían el pecho.
Solo quería llorar.
Llorar por Mila, que se había sacrificado por mí sin pensarlo dos veces. Llorar porque era mi culpa. Porque yo era la maldita heredera Fontana y ella solo era Mila, la hija de mi nana, mi mejor amiga… y ahora se la habían llevado por mi culpa. Por ese collar estúpido que yo misma le regalé.
Me abracé las rodillas contra el pecho, sintiendo el frío del puente filtrarse a través de la tela fina de mi vestido. El río abajo corría n***o y silencioso. Por un segundo loco pensé en tirarme. En terminar con todo esto.