Alexander quería aparentar estar muy cómodo al estar sentado frente a mí mirando la carta de aquel restaurante, pero lo cierto es que lo notaba con los hombros tensos, y en el fondo, sabía que era a causa de que no tenía el control de la situación. —¿Ya están listos para pedir? —pregunta el mesero al llegar a nosotros. Observa a Alexander en busca de respuesta y yo sonrío dispuesta a no dejarle tomar el control de nada, pues ya se lo había advertido. —Queremos una tabla mixta de picadillos marinos y un vino blanco, de la reserva —pido. El chico anota en su tableta el pedido y luego sonrío cuando él se marcha. —¿Sabes que también puedo pedir algo por mi cuenta, Wang? —pregunta Alexander dejando la carta de comidas a un lado y me mira con aquella mirada que lograba volverme loca. —No

