Capítulo XIII

4949 Words
Caminó por todo el salón y no lo encontró. Decidió ir detrás del salón, cerca de la cocina; eran pasillos llenos por las personas que comían y bebían sin querer que los demás los vieran, así como parejas con extremo contacto físico. Ella siguió su camino, ignorando cualquier contacto físico y visual. –¡Alexandra! Se giró con emoción. No era Edmund. Era Francis caminando hacia ella con una copa de alcohol. –¿Ha visto al joven Dubois? –¿Para qué lo necesita? Yo la puedo llevar al salón para el octavo baile. “Octavo baile… oh no”, pensó Alexandra, “si él está aquí, significa que logró llevar a Esme con Oliver” –¿Sabe dónde está? –¿Gusta?– le ofreció su copa. Alexandra mostró una expresión con repulsión y decidió darse la vuelta. Eso no le agradó a Francis, por ello, se interpuso en su camino. –¿Quiere ir con su amigo Dubois? Permítame guiarla. Alexandra no confiaba en él pero, era la única manera en que lo encontraría de inmediato, al menos era una posibilidad. Sorprendentemente, Francis la guió hasta donde se encontraba Edmund; su plan no era llevarla a un lugar en base a mentiras, era que ella observara lo que Edmund y su cómplice, Lucía, hacían en un lugar retirado del salón. Edmund estaba sentado en un mueble con las manos puestas en los hombros de Lucía en un intento de alejarla sin aplicar demasiada fuerza para no lastimarla, ya que ella estaba esforzándose por incitarlo a besarla. Fue clara la imagen que Alexandra percibió, sin embargo, no era la misma realidad de Edmund. –Lamento interrumpir pero, la señorita quería saber dónde estaba, Dubois. Aquella entrada de parte de Francis fue la salvación y el horror para Edmund. Él sabía que Alexandra había malinterpretado absolutamente todo pero, no la culpaba, culpaba a los otros dos. Alexandra salió de aquella habitación de inmediato. Edmund se zafó de Lucía y siguió el camino de Alexandra, no sin antes mostrarle la mirada más fría e imponente que tenía para el único e inigualable, Francis. –¡Espere! Alexandra aceleró su paso al escuchar la exclamación del joven detrás de ella. –Alexandra– murmuró tomando el brazo de la joven. Ella se giró molesta, retirando la mano de Edmund sobre ella. –No me llame así, perdió todo el derecho a ello– musitó con el enojo subiendo en su sistema. Los dos estaban en un pasillo solitario, lejos de aquella habitación, por ende, muy lejos del salón principal. –¿Qué gana con esto? Debemos ir por mi prima. –Eric fue por su prima, cuando la responsabilidad era suya. Mientras usted estaba compartiendo espacio con aquella joven irritante. –Sé que fue mi culpa que Francis se haya llevado a Esme. Todo sucedió tan rápido que no supe lo que hacía. No podía zafarme de ella, se lo prometo. –No me prometa nada. Es un irresponsable– se giró de nuevo para seguir caminando pero, Edmund se interpuso de nuevo. –¿Por qué está tan molesta conmigo? –Estoy molesta conmigo misma– exclamó furiosa. Sentía su pecho subir y bajar rápidamente –. Estaba buscándolo por toda la casa, preocupada de que algo le hubiera pasado a usted y a Esme. ¿Qué es lo que veo? Usted con esa joven de mal gusto a punto de hacer lo que sea que estaban haciendo tan cerca uno del otro. No puedo creerlo. –¿Qué es lo que no puede creer? ¿Qué alguien estaba interesada en mí? –No sea arrogante. No estoy hablando de su vida personal. Hablo de la insensatez e irresponsabilidad de su parte. ¡Estaba tan preocupada que acepté la ayuda de ese asno! Edmund no pudo evitar reír un poco al escuchar aquel comentario en referencia a Francis. –¿De qué se ríe? –”Asno”– respondió aún riendo. Alexandra puso sus ojos en blanco. –Sabía que las mujeres maduramos antes que los hombres– murmuró rodeándolo para irse. –Gracias. Alexandra se frenó en seco al escuchar esa expresión. –¿Por qué me agradece? –Por preocuparse por mí– mencionó Edmund con una sonrisa pequeña en su rostro. Alexandra sonrió de igual manera. Ninguno mencionó algo más hasta llegar con Eric y Esmeralda. –¡Oh, Esme! –Alexandra, gracias por todo. –No me agradezca nada. ¿Está bien? –Sí, lo estoy. Gracias a Eric– ella lo miró. Él sonrió. –Deberíamos irnos. Todos estuvieron de acuerdo con Eric. Le comentaron lo suficiente a los abuelos para que estuvieran tranquilos al mismo tiempo para que entendieran la gravedad de la situación. Regresaron a casa con un sabor agridulce. Aquellos cuatro jóvenes habían pasado bellos y divertidos momentos así como, momentos desagradables. Después de haber conversado con los abuelos, decidieron marcharse a sus piezas. Alexandra le pidió a Esmeralda que le ayudara con su vestido. –Esmeralda, ¿se encuentra bien? –Sí, Alexandra– suspiró terminando la trenza de la princesa –. Todo sucedió tan rápido que no sabía cómo reaccionar. Francis me dijo que usted me llamaba, me giré con Edmund pero él estaba siendo abordado por Lucía. Cuando estaba lejos de él, recordé lo que me dijo acerca de algo importante que incluía a Oliver… me sentí tan tonta. –No se preocupe por ello, la engañaron– Alexandra la quiso reconfortar. Esmeralda bajó la mirada al recordar lo sucedido… –Francis, ¿a dónde me lleva?– cuestionó Esmeralda sintiendo que había sido engañada y preguntándose si lo importante que Edmund le quería comentar tenía algo que ver con lo que está sucediendo. –Aquí está su amiga– respondió dando dos golpes en la puerta que Oliver le indicó. Se abrió la puerta y Oliver fue quien abrió. –Esme, quiero hablar contigo. Esmeralda no pudo decir algo más cuando gracias a Francis ella estaba dentro de aquella habitación con la puerta bajo llave. –¿Qué está haciendo? –Esme, soy yo. No tienes que hablarme así. –Usted es un hombre casado, en la casa de sus suegros, no puedo hablarle como antes. Nada es como antes– comentó con un nudo en la garganta. Esmeralda no sabía cómo sentirse en ese momento. Tenía una mezcla de miedo, tristeza e ira. Volvía a sentir la humillación y la impotencia de aquel momento. La sensación de que su corazón se rompió de nuevo. –Esme, por favor. Necesito explicarme ante ti– Oliver se atrevió a acercarse esperando que ella lo aceptara pero, en cambio, ella se alejó. –¿Qué necesita explicarse? ¿No quedó todo en claro desde su llegada? Es tarde para inventar algo. –No puedo inventar mi amor. Esmeralda no esperaba que le dijera eso. –No debe hacer esto– se dio la vuelta para salir pero, no podía abrir la puerta. –Esme, lo lamento demasiado. Cada segundo recuerdo lo que hice. No hay día que no imagine lo que hubiera pasado si me hubiera casado contigo– Oliver tomó una pausa al dar un paso hacia Esmeralda, quien le da la espalda –. Sigo enamorado de ti. Esmeralda se giró, levantó su mano para darle una bofetada, lo logró. –Me decepciona recordar que alguna vez estuve enamorada de ti. Ahora lo veo bien, estaba enamorada de la fantasía que hice de usted. Agradezco a Dios que me haya salvado de casarme con usted pero, eso no le quita el mérito de todo lo que hizo. –Esme, perdóname, no puedo vivir otro día sin ti– Oliver se aferró a ella pasando sus brazos por los hombros de ella. –Suélteme. Usted no es nada para mí. –Por favor– algunos sollozos se hicieron presentes. Eso no distrajo a Esmeralda. –Le pido de favor que me deje ir. –Esme, podemos estar juntos– tomó el rostro de Esmeralda como aquellas veces, sin embargo, esta vez Esmeralda lo quería lejos de ella. Dos golpes en la puerta hicieron que los dos se sobresaltaron. –¿¡Esmeralda?! Eric. –¡No puedo abrir!– gritó Esmeralda de inmediato. Oliver la tomó de los hombros, en un acto de desesperación la besó. Esmeralda no podía soportar, lo empujó con fuerza, aquella fuerza que estuvo guardando por mucho tiempo. Eric abrió la puerta con una llave maestra, cortesía del castillo. Él vio a Esmeralda llorando con sus manos cubriendo su boca y a Oliver sobre un mueble, al que había caído. –Eric– murmuró con alivio instantáneo. Él corrió hacia ella y la atrajo a sus brazos. –¿Está bien? ¿Le hizo algo? –Estoy bien, debemos irnos. Eric no sabía si darle una última advertencia a Oliver al recordar que debía mantener un perfil bajo debido a su trabajo con la princesa, por ello, sólo le dio una última mirada, con eso fue suficiente para que el joven en el mueble se sintiera avergonzado e intimidado. Antes de bajar los escalones, Esmeralda se aferró al pecho de Eric y dejó salir un sollozo suave. Eric no sabía cómo reaccionar, era la primera vez que se le presentaba en una situación vulnerable. Él decidió abrazarla al colocar un brazo sobre sus hombros y su otra mano sobre su cabeza. También apoyó su mejilla sobre la cabeza de ella. –Va a estar bien, Esme. –No puedo creer lo que hizo– Alexandra se levantó sintiendo un ardor en su interior al terminar el relato de Esmeralda. –Ni yo. Me duele pensar que ese fue el hombre que alguna vez amé. –No se torture, Esme– la abrazó –. No merece la pena. –Gracias. Puedo decir que quitando esa parte de la noche, el baile fue extraordinario. Me agradó haber ido. –Me alegro por usted, merece eso y más– Alexandra sonrió cálidamente después del abrazo –. ¿Sabe qué debemos hacer esta noche? –No… –Hablar toda la noche acerca del baile– sonrió emocionada tomando de las manos de Esmeralda –. Puede quedarse a dormir en mi pieza. Esmeralda sonrió extrañada por aquella solicitud pero, aceptó. Por la mañana siguiente, las dos jóvenes estaban tan cansadas que no podían pronunciar ninguna palabra. Esmeralda tenía el papel más importante ya que, sus deberes no se habían esfumado por magia, por la mañana ella estaba a cargo de todo, tal y como lo estaba antes; ella se sentía cansada de esa vida cuando observó el otro lado de la moneda: Alexandra. Ella estaba tranquilamente sentada en el comedor tomando su té y disfrutando de las galletas caseras de Esmeralda. Ella podía descansar y disfrutar de su vida pacientemente, no debía preocuparse por atender a los demás y al último por ella. El único pensamiento de Alexandra, era ella misma. Esmeralda comenzó a entender los pensamientos de Edmund pero, no podía molestarse por ello, no era culpa de Alexandra haber nacido en la familia Real, ni era suya haber nacido en su familia; enojarse sólo le traería desfortuna en su vida. –Anoche no pudimos hablar, ¿estás bien?– Edmund se acercó a Esme en la cocina. –Sí, sólo estoy cansada. –Fui a tu pieza, no estabas. –Alexandra y yo conversamos toda la noche y me dejó quedarme en su pieza. –¿Quién está descansando?– Edmund bufó negando con su cabeza. –Yo decidí quedarme, yo sé cuáles son mis deberes pero, no por ello dejaré de vivir mi vida. –Sólo recuerda este momento cuando pienses que tú recibes lo mismo que das– Edmund salió de la cocina hacia el establo. Estaba furioso. Cuando decide dejar de lado sus pensamientos racionales y darle una oportunidad a la princesa, aparece esta situación que le da un golpe de realidad, sabe que la diferencia es demasiada entre ellos y la princesa, y eso nunca va a cambiar. Entrando al establo se tiró al montón de paja y cerró sus ojos, recordando cómo Lucía se acercaba a él para besarlo pero, él la detuvo en varias ocasiones. “¿Por qué?”, pensó irritado, “¿por qué la detuve?” Sobran las razones que le impedían besarla, sin embargo, no podía encontrar la respuesta ante la indignación y molestia de Alexandra. Se estaba cansando de que cada interacción entre ellos se quedara en su mente por mucho tiempo, e incluso no lo dejaba dormir por las noches. Por ende, en un sentido, Alexandra también era culpable del cansancio en Edmund en aquel día. Edmund no estaba avergonzado de no haber besado alguna chica en su vida, su corta vida de diecinueve años; aunque sabe que muchos jóvenes del pueblo que solían ser sus amigos, ya tenían experiencias con las jóvenes, excepto él. –No creo que a mis abuelos les agrade saber que su tan querido Dubois está dormido cuando tiene deberes– Alexandra expresó una vez entrando al establo. Edmund abrió sus ojos de manera inmediata, asustado, seguidamente, molesto. –Vaya y dígales– respondió molesto sin voltear a verla. –¿Usted está molesto conmigo? No puedo creer el tamaño de su egocentrismo– bufó Alexandra absolutamente molesta. –¿Sólo usted tiene derecho de estar molesta? –¿Por qué todo lo quiere convertir en derechos?– le reclamó retándolo con la mirada. Edmund voltea con ella y niega con su cabeza con cansancio. –Créame, estoy muy cansado para discutir. Dígame qué exige y así puede irse. Alexandra no podía creer la imprudencia, decidió callar. ¿Está cansado de hablar con ella? Ella lo está aún más. –No exijo nada, gracias. Se giró y salió del establo. La idea que tenía acerca de visitar el lago de nuevo, se esfumó por completo. “Soy tan ingenua. Nunca fue amable, sólo fue una actuación. Recuerda todo lo que te ha dicho”, pensó. Regresó a casa y subió a su pieza para leer y despejar su mente, no lo logró. Edmund tampoco logró absolutamente nada. Estaba molesto consigo mismo por haberla tratado de esa manera, ahora tiene la curiosidad carcomiendo. Ni siquiera pudo descansar. Mientras tanto, Eric ayudaba en la cocina a Esmeralda. –Le quiero agradecer por lo de ayer. Usted me salvó– habló cabizbaja. –Esme, usted es mi amiga. Es mi deber protegerla, lo haría de nuevo si surgiera la ocasión– respondió mirándola por unos segundos. Esmeralda mostró una pequeña sonrisa. –Gracias. También quería decirle que antes de eso, yo tuve una de las mejores noches de mi vida. Esa confesión hizo que Eric sonriera ampliamente, él sentía lo mismo y le molestaba que lo que pasó con los demás haya arruinado la perfecta noche que tenía. –Yo también. Nunca pensé disfrutar tanto un baile como lo hice ayer– mencionó aún con la sonrisa amplia. Esmeralda lo miró, sonrió de igual manera. Los dos mantuvieron aquella sonrisa y aquel contacto visual. Por un momento cada uno vio un brillo distintivo en los ojos del otro. Apartaron sus miradas sintiéndose avergonzados sin tener una razón en específico. –Debe estar muy cansada. Permítame terminar con los deberes, usted debe recostarse. –Oh no, joven Eric, no le podría pedir algo así. –Llameme “Eric”– tomó la taza que estaba lavando, tocando sus manos –. Permítame. Esmeralda subió su mirada hacia los ojos café mirándola con calidez y ternura. Ella asintió soltando lentamente aquella taza sin saber qué decirle al joven frente a ella. –Descanse. ¿Quiere un té? Espero que sea tan delicioso como el que usted prepara. “¿Este hombre frente a mí, es real?”, pensó con incredulidad al ver tal atención hacia ella. Bajó la mirada al tener en consideración que él pondría su total atención en ella. –No tiene que molestarse, sólo me tomaré un par de minutos. Gracias. Esmeralda se retiró de la cocina sin mirarlo de nuevo. De nuevo sintió un nudo en la garganta. A pesar de que ella era hermosa, no lo sentía de esa manera. Ella esperaba encontrar el amor en una pareja, sin embargo, había muchos limitantes que por momentos la llevaban a pensar que nunca lo encontraría. Pasaron algunos minutos desde que ella se recostó y pudo recuperar su energía. Cuando estaba regresando del sueño, se escuchó su puerta abrirse. Esmeralda abrió sus ojos de inmediato y con miedo a que sea la señora Cavendish pero no, era Eric. –Lo siento, no quería despertarla– murmuró entrando con una taza de té y galletas. –No debió molestarse– comentó Esmeralda tomando asiento en su cama. –Puede descansar, los señores han ido al pueblo, Edmund los ha llevado. Deben regresar dentro de dos horas. –¿Le preguntaron por mí? –Les dije que estaba limpiando las flores del patio. –Gracias, Eric– sonrió con sinceridad –. Puede tomar asiento, a menos que- –¿Puedo tomar una galleta? Están deliciosas– la interrumpió tomando una galleta y tomando asiento en la silla frente a ella. Esmeralda se limitó a sonreír y tomar del té que le preparó. –Dígame, Eric. Usted sabe de las reglas en el castillo. ¿Es inapropiado que esté en mi pieza?– le cuestionó reprimiendo una risa. Eric tosió de inmediato y se levantó. –L-lo siento. Esmeralda rio. Fue ahí cuando Eric entendió que había sido una broma. Él tomó asiento de nuevo. –¿Ya se siente mejor? –Sí, en serio le agradezco. –Esmeralda, usted me recuerda a alguien– comentó Eric recordando a Amanda. –¿Se puede saber a quién?– preguntó con emoción. –A la dama de la princesa. Su nombre es Amanda– respondió con una sonrisa. La emoción de Esmeralda se desvaneció. –¿Es su amiga? –Se podría decir– se encogió de hombros –. Hay muchas reglas, como usted mencionó, no se nos permite socializar, sólo debemos trabajar. –¿Ella le agrada? –Sí, es de las pocas personas que observo a diario debido a nuestro trabajo con Alexandra. –Oh, entiendo– suspiró –. De seguro a ella le agrada usted. Eric no pudo evitar un ligero sonrojo en sus mejillas mostrarse. –No podría decirle– se limitó a contestar. Las esperanzas de Esmeralda se destrozaron al verlo sonrojarse al pensar en aquella dama. –Lamento interrumpir nuestra conversación pero, temo que me siento débil. Esmeralda dejó la taza y se recostó de nuevo. Quería que Eric se fuera de inmediato. –¿Quiere que le traiga algo? ¿Algún remedio? –Creo que me serviría el estar sola, si no es molestia. –No, ninguna. Regresaré en un par de minutos. –Gracias, Eric. Eric salió de la pieza de Esmeralda con pensamientos confusos, mientras que Esmeralda no pudo evitar que una lágrima saliera de su ojo. “De nuevo me he equivocado. Él ama a otra mujer. ¿Cuándo encontraré el amor?”, ese fue su último pensamiento antes de caer dormida de nuevo. Mientras tanto, Alexandra salió. La casa estaba sola, Eric estaba con Esmeralda cuando Alexandra decidió salir por su cuenta hacia el lago. Era asombroso cómo el tiempo pasaba cuando eran sólo ella y la naturaleza en ese momento. Pudo recordar el camino hacia el lago y lo encontró. Sonrió con emoción todo el camino, tocando las flores, viendo el cielo cambiar sus colores. Llevaba con ella un pequeño bolso con su libro y un par de hojas para dibujar con su carboncillo. Al ir caminando encontró una flor, aquella flor era diferente que las demás, era azul, sin embargo, debajo de la sombra se veía gris. Le pareció fascinante y decidió guardarla para dibujarla y atesorar, nunca antes había visto una flor parecida. Siguió caminando hasta encontrar el lago escondido. Tomó asiento para empezar a dibujar aquella flor extraña y divina. Terminó su dibujo por el momento, ya que, le faltaba la tonalidad en azul y sólo lo podría terminar en el castillo, allí dejó sus herramientas de dibujo. Miró el lago y sonrió de manera inconsciente al recordar lo que pasó la última vez que estuvo dentro. Se gritó a sí misma por haber pensado en aquel momento. Se levantó y retiró su vestido amarillo, quedando en su ropa interior que era como un vestido sólo que más pequeño. Alguna vez pensó si en el futuro se llegaría a usar vestidos más cortos, no pensaba en alguno que quedara arriba de la rodilla, pero al menos arriba de los talones; le parecía divertido imaginar. Dejando aquellos pensamientos a un lado, entró al lago. El agua impactando su piel era majestuoso, aquella brisa de verano estaba presente. Estaba flotando boca arriba con sus ojos cerrados y una sonrisa dibujada en su rostro. Se sentía viva. Alexandra nunca pensó en sentirse tan bien en esos momentos. Su mente se aclaró por primera vez desde su llegada y lo único que ocupaba su mente era aquella flor misteriosa. “¿Azul o gris?” En esos momentos, Edmund decidió despejar su mente y descansar en un lugar lejos de la casa, o mejor dicho, un lugar lejos de Alexandra. Por ende, escogió el camino hacia el lago. Edmund comenzó a cantar una melodía que estuvo presente en el baile y no pudo olvidar. Alexandra lo escuchó, se alarmó. No sabía qué iba a hacer. ¿Iba a recoger sus pertenencias e irse corriendo? ¿Qué iba a suceder? Se acercó a sus pertenencias y las llevó detrás de un arbusto para poder levantarse y cambiarse detrás, no pudo hacerlo. Edmund se escuchaba cada vez más cerca. El miedo la llevó a esconderse detrás de algunas plantas dentro del lago. De lejos no la podía ver, pero ella sí podía observar a lo lejos cuando Edmund se hizo presente. Alexandra tragó en seco sintiendo el terror de saber que estaba en ropa interior. “Es sólo un vestido muy corto”, pensó esperando que se pudiera tranquilizar, no lo logró. Edmund, concentrado en la melodía, sólo le importaba entrar al lago. Se quitó sus tirantes y su camisa blanca. La princesa lo estaba observando y quedó perpleja al observar el torso desnudo del joven. Ella estaba familiarizada con las obras de arte y esculturas del cuerpo humano pero, fue algo completamente diferente el observar de cerca, sobre todo, saber que estaba observando al joven más irritable que conoce. Alexandra tenía dos opciones. La primera sería esconderse y esperar a que Edmund se fuera, sin embargo, esta opción tiene la posibilidad de que la busquen tal y como la vez anterior. La segunda opción es salir, atreverse a que Edmund se asuste y que la mire en ropa interior, por ende, no le era de agrado esa opción. Edmund siguió cantando al posicionarse boca arriba con sus ojos cerrados, sólo disfrutaba de su tiempo a solas. Alexandra reconoció que la voz de Edmund no era desagradable, claramente ese pensamiento nunca iba a salir por su boca. Ella optó por disfrutar también de aquella melodía ya que al final, ella se esperaría. Edmund se sumergió. Alexandra no supo qué esperar hasta que lo vio nadar hacia la dirección en que ella estaba escondida. Las plantas llegaban hasta el fondo del lago, por ello, Edmund no pudo observar a Alexandra cuando estaba sumergido. Él decidió rodear las plantas para seguir su recorrido. Alexandra vio el cuerpo de Edmund acercarse, su corazón se aceleró de inmediato. Edmund al quitar las plantas de su vista observó un par de piernas. Salió a la superficie de inmediato, asustado. Retiró el cabello de su frente y el exceso de agua para ver frente a él a la princesa sonrojada. –¿Qué hace aquí? ¿Me estaba vigilando? –¡No!– exclamó con nerviosismo –. Yo he llegado antes que usted. –¿Me vio llegar y no me dijo nada? ¿Por qué se escondió?– le interrogó con miles de preguntas más circulando en su mente. No lograba entender qué estaba ocurriendo. Observaba con detenimiento el rostro de ella, sus mejillas rojas, su cabello mojado; ella decidía no mostrar más allá de su cuello, él no entendía por qué. –Pensé que se iría de inmediato. Quería estar sola. –Pff– respondió –. Yo quería exactamente lo mismo. Al parecer no puedo escapar de usted. Edmund pasó sus manos por su cabello con algo de molestia. Alexandra se molestó pero, se distrajo cuando posó su atención en el torso del joven, notó una cicatriz cerca del oblicuo del joven; el sonrojo aumentó en gran manera, se sentía tan avergonzada. –Yo sé que soy de gran molestia para usted. Puede irse. –¿Yo? –Sí, usted. No abre la boca si no es para criticar a mi persona. Es libre de irse– respondió con un tono firme mientras se concentraba en no resbalar de la roca que estaba pisando para no perder el balance y mostrar lo poco que la cubría. Edmund abrió su boca con sorpresa. –No pienso irme. Si usted decide irse, con gusto le ayudo– sonrió cínicamente para después atrapar a la princesa cuando sus ojos cayeron de sus ojos a su torso. Su sonrisa se amplió. –¿Qué le resulta entretenido? –Usted– respondió con una sonrisa ladina –. Usted vio cuando llegué y retiré mi camisa. Usted me observó todo este tiempo y decidió permanecer escondida como una espía sin moral. Alexandra no podía creer lo que estaba escuchando. Sabe que él malinterpretó todo y le está haciendo quedar absolutamente mal. –¡No soy una espía sin moral! ¡Soy la princesa de Aureum, y debe mostrar respeto!– exclamó con un volumen alto. Ella estaba alterada ante tal falta de respeto. No entendió cuando los ojos de Edmund bajaron por un momento para después darse la vuelta y darle la espalda. –Ahora decide darme la espalda. Usted es el que no tiene moral– replicó con molestia notoria. –Me he dado la vuelta porque no creo que sea decente de mi parte estar frente a usted en sus condiciones. –¿De qué condiciones habla usted? Yo… oh no. Bajó su mirada y se dio cuenta que su torso estaba al descubierto. Alexandra al haber exclamado con molestia hacia Edmund, su primer instinto fue levantarse para mostrar poder. Se le olvidó por completo su estado. Ahora, él estaba de espaldas, mostrando respeto. Edmund estaba sonriendo sin poder retirar la imagen que tuvo frente a él hace unos segundos. –Me iré. Alexandra no pudo pronunciar alguna palabra, estaba avergonzada. Vio salir a Edmund del lago, ponerse su camisa y tirantes, caminar hacia el pequeño pasillo entre la naturaleza y desaparecer. Ella no podía creer lo que estaba viviendo, en ese momento deseó tener magia y desaparecer. No tuvo otra opción que salir del lago de inmediato. Colocó su vestido sintiendo el frío del aire impactar en su cuerpo, el cual contrarresta el calor que sentía gracias a la vergüenza y la aceleración de su corazón. Terminó de organizar sus pertenencias. Cerró sus ojos por un momento y respiró profundamente. Debía relajarse porque sentía que su corazón se salía de su pecho en cualquier momento. Caminó por el mismo camino en el que llegó, al momento de salir al campo lleno de flores se encontró con Edmund con sus brazos abiertos y ojos cerrados, el sol impacta en su cuerpo. Él sintió la mirada y se giró hacia ella. –Venga, se secará más rápido. Alexandra pasó saliva, aún sin pronunciar nada, caminó hacia él. –Haga lo que yo. Prosiguió a extender sus brazos y cerrar sus ojos. Alexandra lo observó por unos segundos. El cabello mojado cayendo en su frente, la expresión relajada. Era como si lo que acaban de vivir, nunca hubiera pasado, eso la relajó. Alexandra lo imitó. Extendió sus brazos y cerró sus ojos. De inmediato pudo sentir esa tranquilidad invadir su cuerpo al igual que lo incómodo de su ropa mojada, irse. Edmund, por su lado, abrió sus ojos y la miró, su semblante relajado, algunos mechones en su rostro pegados, el sol impactar en su rostro dejando a la vista la piel luminosa de la princesa; no sabía por qué disfrutaba verla, era como si la estuviera admirando. Así era, pero él no lo sabía. –Lamento lo que le dije. Estaba confundido y alterado. No creo que sea una persona sin moral. Alexandra abrió sus ojos y se giró para verlo. Él le mostraba una pequeña sonrisa. –No lo estaba espiando. Se salió de control y no supe qué hacer. –Lo entiendo. Lo lamento– bajó la mirada hacia sus manos. –Lo perdono… espero que usted pueda perdonarme. Edmund subió su mirada con incredulidad. Alexandra sonrió en un reflejo de nerviosismo. –¿Estoy escuchando bien? ¿Me ha pedido perdonarla? –Sabe que escuchó bien– Alexandra rodó sus ojos sintiéndose más relajada. Edmund empezó a reír, mostrando sus pequeños hoyuelos. –¿Podrá repetirlo? No escuché bien. –Wow, usted tiene esos pequeños hoyuelos en sus mejillas– puntualizó Alexandra para quitar la atención de ella. –Oh, los “huecos”, sí, yo los tengo– respondió tratando de no sonreír –. ¿Ya podrá repetirme lo que mencionó anteriormente? –Oh, está oscureciendo, será mejor que vuelva a casa.
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