Alexandra se quedó satisfecha con aquella conversación, ahora puede tomar a Eric como un amigo y se alegra de aquello, después de ratos amargos que aquel joven le hizo pasar.
Tomó un libro de aquel estante, se veía usado así que supuso que era un buen libro, lo abrió y vio iniciales, las cuales no pudo descifrar debido a la suciedad en esa página.
Edmund entró a ese salón, caminó sin preocuparse quién estaba ahí, pero claramente no fue lo mismo desde la otra perspectiva. Alexandra dirigió su mirada hacia aquellas botas sucias y llenas de lodo, entrando y dejando sus marcas por aquel refinado mármol.
–Limpie su calzado antes de entrar, ha ensuciado todo– se quejó Alexandra sin levantar su mirada.
Edmund siguió su camino hacia el estante sin voltear a verla, pero dejando salir una risa, obviamente mofándose de Alexandra porque no le importaba si ensuciaba o no.
–¿No me ha escuchado? Ha dejado todo el suelo lleno de lodo, debería limpiarlo.
–Si tan preocupada está, puede limpiarlo usted misma.
Alexandra ahogó un suspiro al escuchar semejante respuesta, pero tenía que pensar de manera inteligente para poder responder sin que él lo tome como un trato inferior.
–Usted ha ensuciado, le corresponde limpiarlo.
–Supongo que usó ese pensamiento aquella noche– se rio de nuevo y siguió con su búsqueda especial en el estante.
Alexandra no podía soportar la manera en que él se mofaba de ella, pero debía permanecer firme y responder sin ninguna molestia.
–Sí, lo hice, por ello es que ahora le recomiendo limpiar su desastre.
–Pensé que había jurado no volver a hablarme– sonrió de lado levantando su brazo para alcanzar un libro, se extendió de tal manera que su camisa se levantó dejando ver una cicatriz justo arriba del oblicuo. Alexandra se dio cuenta de aquello y retiró su mirada con algo de enrojecimiento.
–Evitaré cualquier contacto posible, pero vivimos en la misma casa y me será imposible no compartir al menos dos palabras con usted.
–Bien.
Alexandra suspiró después de aquella corta respuesta. Volvió a abrir el libro y hojeó hasta llegar al principio de aquel, Edmund escuchó aquel hojeo y por primera vez volteó a verla, le llamó la atención verla entretenida con algo que no sea molestarlo, pero su mirada llegó al libro y encontró lo que buscaba.
–Tendré que pedirle ese libro– aclaró su garganta y continuó –. Lo necesito.
–Me temo, joven Dubois, que lo estoy necesitando en este momento, podrá usarlo cuando termine.
–No sé cómo le hizo para encontrar el único libro que no es de propiedad de sus abuelos, por ello se lo pido cordialmente.
Alexandra bajó su mirada al libro y se regresó a la página inicial, pudo observar con claridad las iniciales: "E.D.".
–Es suyo.
Alexandra extendió su brazo con el libro en su mano, él lo tomó y sin hesitar salió del salón.
Ella se quedó confundida, no entendía la mayoría de sus interacciones con Edmund, sólo sabía que le irritaba cualquier palabra que proviniera de él. Pero, ella estaba con necesidad de respuestas ante ese libro, por su título supuso que era para niños o una historia muy simple, por ello no sabe si lo quiere leer o lo guardará en otro lugar donde ella no pueda encontrarlo.
Alexandra siguió con cuidado los pasos del joven, lo cual era fácil por las marcas de lodo que iba dejando a su paso. Lo vio llegar hasta el establo, esperó a que se metiera para poder avanzar y quedarse a lado de la entrada y desde ahí poder espiar.
Edmund llegó junto a los caballos y tomó asiento en unos cuadros de paja, lo suficientemente fuertes para sostenerlo, saludó a sus caballos, que ciertamente pertenecían a los Cavendish, pero él los ha criado desde que nacieron. Esos caballos han sido su única familia aparte de su prima.
–Hoy he traído su libro favorito, lo sé, lo sé, también es mi favorito– Alexandra escuchó a Edmund una vez estando a lado de la entrada –. Empecemos…
Edmund comenzó a leer aquel libro que Alexandra sólo pudo hojear, ella se quedó helada al escuchar, su lectura era exquisita, incluso para ser un libro sin complicación alguna.
Ella quiso alejarse, pero había algo relajante en aquella lectura que la detuvo por más minutos. Alexandra no podía creer que la voz intimidante y grave de Edmund pudiera cambiar tanto en una lectura; se encontraba relajada y con la atención al máximo ante aquella historia.
Mientras tanto, Edmund estaba feliz y relajado, leer era su pasatiempo favorito, y pasar ese tiempo con sus caballos era la mejor parte de su día.
Alexandra se estaba resbalando y casi cae, pudo sostenerse pero hizo algo de ruido, lo cual hizo que Edmund se callara y se levantara para escuchar de nuevo lo que ocasionó ese sonido extraño. Ya estaba oscureciendo por ello, se quedó alerta, había veces en las que personas querían llegar ahí a pasar la noche, pero a veces eso resultaba peor de lo que uno pensaría.
Ella se agachó y notó que su pie se había doblado y ahora su calzado y parte de su vestido estaban llenos de lodo, sólo pudo reaccionar haciendo una mueca de dolor, subió su mirada y vio que tenía que caminar más de diez pasos para llegar de nuevo a la casa, y debía de hacerlo rápido antes de que llegaran sus abuelos.
Tomó valor y dio el primer paso, desgraciadamente optó por darlo con el pie lastimado, terminó cayendo sobre el lodo, era de esperarse que esa caída tuviera como consecuencia un sonido, agregándole la queja de la princesa una vez que cayó.
Edmund salió en defensa a su establo con una pala lista para golpear a quien sea que estaba ahí, pero al ver a la princesa en el suelo, se sorprendió por completo.
–¿Qué hace aquí?– Preguntó en un estado agitado –. ¿Está bien?
–¡No, no lo estoy! No estoy en el lodo por placer– exclamó con molestia.
Edmund soltó la pala y se inclinó hacia la princesa para tomarla y ayudarle a que se levantara, pero ella se hizo hacia atrás cuando vio las manos sucias del joven.
–¿Qué?
–¿Podría limpiar sus manos? La tela es muy delicada.
–Debió pensarlo antes de estar sentada en el lodo– le sonrió cínicamente para después girarse para tomar la pala.
–¿A dónde va?
–De regreso a mis actividades donde ensucio mis manos– la miró fijamente y ella sintió escalofríos al también fijar su mirada en sus ojos grises.
Alexandra no tuvo de otra que tragarse su orgullo por unos segundos y pedirle ayuda a Edmund, quien ya estaba trabajando ensuciándose sus manos.
–Joven Dubois, ¿puede ayudarme, por favor?
Edmund sonrió y aventó su pala a propósito para que algo de lodo saltara hacia él, irónicamente era el primer día en el que no terminaba de trabajar lleno de lodo. Se giró y caminó hacia Alexandra, le ofreció su mano, ella subió su mirada y con el orgullo saliendo por su ser, tomó su mano.
Sin poder esperarlo, la mano de Edmund estaba cálida, al contrario de Alexandra, ella estaba sintiendo frío, y estando en el lodo sólo aumentaba el frío. Edmund lo sintió y se apresuró a tomarla de la cintura, pero al acercarse se detuvo unos segundos.
–¿Me permite?– Cuestionó en voz baja debido a la cercanía en ese momento.
Alexandra pudo observar con detenimiento aquellos ojos misteriosos, esos ojos grises que la miraban esperando su respuesta.
–Sí– pronunció.
Edmund tomó de su cintura, algo extremadamente nuevo, tanto para él como para ella. Se aseguró de pasar el brazo de ella por sus hombros, así la pudo levantar fácilmente, ella se quejó un poco al cambiar de posición.
Ella pasó su otro brazo para entrecruzar sus manos mientras Edmund la cargaba sin dificultad alguna, caminó hasta llegar por la entrada de la cocina, porque sabía que sería mejor que entrar por la puerta principal.
–Póngame ahí– la princesa señaló un banco a lado de la alacena.
–No, será mejor posicionarla en un lugar alto– él caminó hasta la barra de la cocina que era suficientemente fuerte para sostenerla, allí la sentó para después caminar por la cocina y conseguir un trapo.
–¿Qué hace?
–Shh.
Alexandra se sorprendió por aquella respuesta irrespetuosa, pero sabía que no podía molestarse en ese momento.
Edmund tomó el trapo y lo mojó de inmediato en agua fría, se aseguró de que no estuviera goteando para poder acercarse a la princesa, tomó su pie con cuidado y lo colocó en su muslo, sin importarle que se ensucie aún más.
–Pondré esto en su tobillo para bajar la inflamación, ¿está bien?
–Sí– respondió con algo de dolor.
Edmund no dudó más y retiró el calzado de la princesa para poder colocar el trapo frío, eso de inmediato tranquilizó el dolor de Alexandra. Él pudo notar el alivio en el rostro de ella y él también se pudo tranquilizar.
–¿Mis abuelos han llegado?
–No lo sé, no escuché nada, puedo suponer que están en el jardín o aún siguen afuera.
Alexandra quería correr en ese mismo instante para irse de aquella situación, pero desgraciadamente no podía, y la vergüenza la estaba consumiendo, así como el orgullo.
–Gracias– habló en apenas un susurro, el cual Edmund escuchó perfectamente, pero prefirió no responder y seguir con su vista en el tobillo de la señorita.
–¿Quiere que la lleve a su pieza? Tiene que elevar su tobillo para que se cure de manera rápida.
–No sé qué pensarán mis abuelos si nos ven, querrán mandarme de vuelta al Reino.
–Me temo que primero preguntarán por qué le pasó y cómo.
Alexandra enrojeció al recordar y suponer que él ya sabía la respuesta.
–Si tanto quería ese libro, pudo esperar a que se lo prestara– comentó Edmund reteniendo una risa.
–No quería el libro, es muy tonto– respondió en defensa, pero se arrepintió en segundos, lo cual no funcionó porque Edmund tomó de su pie y lo dejó en la silla más cercana a él, para después salir de la cocina.
"Tenía que abrir mi bocota", pensó irritada.
–Princesa, ¿qué pasó?– Eric entró a la cocina hablando en un tono más bajo –. Sus abuelos están en el jardín y les dije que estaba viendo a los caballos.
Edmund se quedó detrás de él con sus brazos entrecruzados viendo la escena, Alexandra estaba muda y con el dolor en pausa.
–¡Oh por Dios! ¿Qué le ha pasado?– Entró Esmeralda con nada de disimulo.
–Se resbaló y Eric pudo traerla antes de que su tobillo se pusiera peor– contestó Edmund.
–Pero Eric estaba conmigo arreglando el jardín– habló Esmeralda con confusión.
–No, Esme, él trajo a la princesa, ¿bien?– Edmund se aseguró de expresarle a Esmeralda con su mirada lo que él trataba de hacer.
Esmeralda entendió y asintió, al igual que Eric, pero él se sentía muy mal porque no estuvo ahí para proteger a la princesa, y ahora está lastimada y llena de lodo.
–Si no hubiera sido por Eric, la princesa seguiría afuera bajo el frío y sobre el lodo, ¡gracias Eric!– Exclamó, lo cual causó que los abuelos desde adentro tuvieran curiosidad sobre lo que pasaba.
–Eric, deberías llevarla a su pieza, yo ahora le prepararé té caliente y algunos remedios, ¿está bien, princesa?
–Sí, gracias Esme.
Eric se apresuró a cargar a la princesa con cuidado de no lastimarla, pasaron por un lado de Edmund, él y Alexandra conectaron su mirada por última vez aquella noche.
Edmund se quedó con Esme en la cocina para ayudarle a limpiar todo el lodo esparcido en la cocina, limpiaron en silencio mientras escuchaban las exclamaciones de los abuelos, y también los agradecimientos hacia el acompañante más servicial posible.
–¿Por qué dejaste que Eric tomara el mérito de lo que hiciste?
–No dejé que tomara nada, es mejor que sepan que él fue el que le ayudó, al final, él está aquí para ayudarle. ¿No viste su rostro de preocupación? Pobre chico, no sé cómo lo tratarán, pero de seguro se sentía terrible por no haberla ayudado o al menos estar detrás de ella como plaga.
–No hables así de él, pero te agradezco que lo hayas hecho, aunque también me gustaría que supieran que fuiste tú quien la ayudó.
–No es necesario, yo no hago cosas para que los demás lo sepan, Dios lo sabe y eso es más que suficiente para mí.
Edmund salió de la cocina una vez que terminó de hablar con su prima, ella se quedó con una sonrisa en su rostro, porque estaba feliz de que pudiera ver el corazón de su primo.
Desde que tiene memoria, él es así, podría parecer que no soporta a nadie, pero si alguien no tiene comida, él da la suya, no importa quién sea. Edmund es un ser noble, por ello, ella sabe que él tiene razón en no querer que los demás sepan que él fue quien ayudó, y Esmeralda no puede estar más orgullosa de ser su prima.
Al día siguiente todo era acerca de la salud y el bienestar de la princesa, Esmeralda se encargó personalmente de todo lo que Alexandra necesitara. Eric fue de gran ayuda, los abuelos estaban muy agradecidos con él, mientras que él trataba de recibir los agradecimientos sin sentir culpa.
–Edmund, ¿puedo hablar con usted?– Se acercó Eric a los establos durante la agitada mañana.
El mencionado bajó el cepillo del caballo y se volteó hacia Eric.
–Claro, ¿hay algún problema?
–Ninguno, al menos no en la casa– respondió –. Es sólo la culpa que me agita, no puedo soportar llevarme los agradecimientos y atenciones que usted merece, yo no encuentro la manera de agradecerle por haber hecho lo que hizo, yo debía estar ahí con la princesa, y usted no tiene ninguna obligación.
–Entiendo que se siente culpable, lo cual debe de desaparecer por su bien, porque la única culpable ha sido ella– confesó sin titubear –. Yo tuve la obligación como cualquier ser humano de ayudar a otro, no me iba a detener a pensar que no era mi llamado, y no se preocupe por absolutamente nada, de hecho estoy aliviado de que usted sea quien se lleva toda la atención.
Edmund rio un poco al saber a qué se estaba ateniendo Eric, él también empezó a reír sabiendo perfectamente a qué se refería. Debido a que la atención que los señores Cavendish daban llegaba a ser exhaustiva para los que la recibían.
–También usted sabe que prefiero mantenerme lejos de la señorita, así que soy yo el que debe estar agradeciendo.
Eric dejó de reír y se detuvo a pensar acerca de eso.
–¿Le puedo preguntar por qué no congenian?
–Usted mismo ha visto el trato, yo nunca le falté al respeto, sin embargo, ella lo ha tomado de esa manera, y yo lo respeto, si no quiere verme, también lo respeto, yo ahorro energía y tiempo.
–No creo que ella lo desprecie o algún sinónimo de aquello– quiso reponer Eric.
Edmund soltó una pequeña risa.
–¿Por qué la defiende? Si así se comportó conmigo, no quiero imaginar lo que usted ha vivido.
–Es que ella nunca se había comportado de esa manera– sonrió Eric –. Nunca la había visto así, supongo que muchas situaciones se juntaron y su paciencia no aguantó.
–¿Me está bromeando?
–No, estoy siendo completamente honesto, la conozco desde que ella tiene ocho años de edad, y hasta hace unos días vi un comportamiento distinto en ella, porque desde que la conozco ella ha sido una señorita muy alegre y parlanchina. Pasaba sus días conversando con su dama de compañía, cantaba y bailaba por todo el castillo, siempre con una sonrisa en su rostro, por ello pienso que congeniaba muy bien con su prima, son muy similares.
–No, no creo que sean similares, sin duda me sorprende la descripción inesperada de su princesa, pero aún así no puedo verlo, me resulta difícil que durante este verano pueda observar lo que usted acaba de describir.
La boca de Edmund habló, pero su mente pensaba algo diferente, porque ciertamente había visto en Alexandra una pizca de alegría y brillantez en cuanto a su personalidad, pero eso terminó en aquella discusión bajo los árboles, o eso pensó él.
–Aunque no lo crea, al salir de su habitación por la mañana, supe que ella había regresado, y crea Edmund que usted querrá pasar tiempo con ella más de lo que debería, y se dará cuenta cuando ya no haya vuelta atrás.
Eric se giró para salir del establo, pero Edmund se adelantó a él y lo detuvo.
–Cualquiera que fuere su intención con aquel comentario, crea que lo he tomado como una amenaza, la cual no la podrá completar.
Eric sonrió con diversión y asintió, Edmund rio un poco y lo soltó para que se pudiera ir.
Edmund se quedó pensando en la amenaza y rio de nuevo al pensar en lo irritante que sería pasar tiempo con la princesa, y eso mismo pensaba ella en el mismo instante, que al recordar lo desafortunada que fue la noche anterior, tuvo que traer a su mente al joven que la ayudó cuando nadie más estuvo ahí, pero ni así pudo desear estar en la misma habitación que él.
–Princesa, ¿cómo se siente?
–Mejor que anoche, gracias Esme. Y recuerda que puedes llamarme Alexandra, ahora somos amigas.
Esmeralda sonrió ante aquel comentario inesperado, sin duda pensaba en lo bien que congeniaba con la princesa, pero no esperó pensar que ella se consideraría como su amiga.
–Me alegra saber eso– sonrió tímidamente –. Sus abuelos la están esperando para el desayuno, y si usted quiere, podemos mandar a llamar al médico local.
–No, no es necesario, siento que mi tobillo ha mejorado de gran manera, ¿cómo lo ve usted, Esme?
–En efecto, ha mejorado, gracias a Dios, Edmund se apresuró a ponerle frío a su tobillo.
Esmeralda habló esperando causar cierta reacción en la princesa, lo cual funcionó de gran manera, pues ella aclaró su garganta y asintió moviendo su cabeza de manera incómoda.
–¿Le puede agradecer de mi parte? Anoche le agradecí pero no creo que haya alcanzado a escuchar mi susurro, estaba algo distraída por el dolor, y él se encargó de todo lo que necesitaba, por favor dele las gracias de mi parte.
–Con gusto, Alexandra– sonrió y se levantó para ayudarle.
–¿Sabe por qué no quiso que mis abuelos supieran que él fue quién me ayudó?– Le cuestionó tomando de su mano para recargarse y poder caminar.
–No, no he tenido oportunidad de hablar con él, pero usted puede preguntar sin problema alguno, después del almuerzo puedo pedirle que la vea, así también puede agradecerle personalmente.
–No es necesario, es mera curiosidad, no hay necesidad de hablar con él– Alexandra quiso hablar con mayor naturalidad, pero Esmeralda no lo tomó de esa manera.
–Permítame ayudarla a bajar, princesa– llegó Eric y se acercó para tomar a la princesa para ayudarla a bajar las escaleras.
Alexandra seguía pensando en la pregunta que le hizo a Esmeralda, y ella cree sin duda de que los primos han hablado pero no se le quiso informar de aquello, supone que no tiene relevancia alguna, o puede que haya sido por la misma razón: No quiere tener relación alguna con ella.
Pasaron el desayuno tranquilamente, y debido a la situación de Alexandra, los planes de los abuelos cambiaron totalmente, en vez de pasear y dejar que Esmeralda pasee con ella por todo el valle, se decidió que Alexandra leyera algo para sus abuelos.
Esmeralda se detuvo algunos minutos en escuchar la delicada voz de Alexandra, pues ella ha leído desde pequeña y su lectura es exquisita, por ello, Edmund al entrar en casa, se quedó pasmado dentro de la cocina donde nadie puede verlo, escuchó algunos versos de la lectura de la princesa con detenimiento.
–Sabía que estarías aquí– su prima lo sorprendió.
–Sí, entré para beber algo de agua– pasó su brazo por su frente para limpiar su sudor de aquel día caluroso.
–Podrías ir al salón para escuchar a la princesa, está leyendo de los poemas que te gustan.
–Estoy bien, sólo beberé y regresaré al trabajo– Esmeralda le da un vaso con agua y él lo toma –. Gracias, Esme.
Edmund bebe del agua fresca que Esmeralda le dio, mientras ella sigue limpiando algunas áreas de la cocina, en el mismo instante, Eric entra con el mismo objetivo que Edmund.
–Uhm, lamento interrumpir, sólo vengo por algunas galletas para Catherine y vasos de agua.
–Oh claro, enseguida.
–Yo puedo tomarlas, no se preocupe– Eric se adelantó ante el movimiento de Esmeralda para tomar las galletas.
–Oh joven Fitzwilliam, puede llamarme Esme, o Esmeralda, como guste.
–En ese caso, usted también puede llamarme Eric– sonrió con gentileza lo cual alegró a Esmeralda; Edmund lo notó y sonrió burlonamente.
–¿Yo también puedo llamarlo "Eric"?– Preguntó Edmund mofándose de la escena frente a él.
Esmeralda rodó sus ojos dándole la espalda a Eric, mientras él asintió sin saber qué más hacer.
–Será mejor que regrese, permiso.
Eric se retiró con el plato lleno de galletas, se le olvidó por completo beber algo de agua.
–Esme, fue gracioso.
–No, no lo fue, Edmund– respondió reteniendo una sonrisa.
–Te quiero, prima, pero no creo que enamorarte del protector de la princesa sea buena idea.
Esmeralda se volvió hacia él con una mirada confundida.
–No me mires de esa forma, que yo he visto cómo miras al joven Fitzwilliam.
Su prima enrojeció ligeramente, pero lo suficiente para que Edmund confirmara su pensamiento.
–No me enamoraré de Eric– habló en voz baja para que sólo su primo la escuchara.
La seriedad de Esmeralda lo sorprendió, así que decidió asentir con su cabeza y retirarse sin nada más que decir, él sabe de la naturaleza de su prima, siempre ha sido una romántica llena de esperanzas y siendo ella una mujer bella, sólo tuvo algunos pretendientes en su adolescencia, lo cual es demasiado comparado con la actualidad.
Esmeralda se ha dedicado a trabajar la mayor parte de su vida, en consecuencia, su vida social no es lo adecuado para una mujer de su edad, ella es joven y bella, su personalidad grita lo alegre y gentil que es, desgraciadamente, pasa demasiado tiempo dentro de la casa de los Cavendish.