–Buen día, querida, ¿cómo amaneciste?
–Buenos días, amanecí muy bien, gracias.
Alexandra tomó asiento junto a su abuelo en la mesa, y su abuela se encontraba enfrente de ella.
–¿Saben dónde está Eric? No lo he visto en el pasillo.
–Oh, lo mandé al pueblo con Edmund, fueron por frutos frescos, no tardarán– le sonrió la abuela –. ¿Nunca habías estado tanto tiempo separada de él?
–Sí, pero me resulta extraño que no esté a cinco pasos de mí, es sólo eso.
–¿Les sirvo algo más?– Esmeralda entró sirviendo té en cada taza puesta en la mesa.
–No, Esme, creo que estamos bien por el momento, sólo recuerda que el plato del joven Fitzwilliam no se debe enfriar.
–Claro, ya está siendo supervisado– sonrió y se retiró de la mesa.
–¿Ella no va a desayunar con nosotros?
–No, ella suele desayunar más temprano que nosotros y después se dedica a las labores de la casa, todo lo que ves, es obra de ella– Catherine señaló su alrededor, donde se encuentran plantas y bellas flores por el lugar, así como cada rincón limpio y cálido.
–¡Ya llegaron los frutos!– Exclamó Esmeralda corriendo de la cocina por la puerta trasera, así dejaría entrar a los chicos con su encargo frutal.
Alexandra tragó en seco al saber que vería de nuevo a aquel individuo que la dejó sola en la noche con un susto de muerte, junto con un desastre de galletas, y al final una actitud poco respetuosa; vaya combinación de situaciones en cuestión de minutos.
Eric entró saludando a todos, tomó asiento y continuó respondiendo las preguntas de los abuelos, Alexandra se dedicó a empezar su desayuno y disfrutar de aquel platillo casero y bien servido.
–Oh, ¡Esme!
–¿Sí, señora Cathy?
–Dile a Edmund que venga, no se ha presentado con Alexandra.
La cólera de Alexandra se estaba asomando, pero ella la reprendió, no podía enojarse, no tenía justificación para su enojo.
–Buenos días, señor y señora Cavendish– Edmund entró limpiando sus manos con una pequeña toalla que Esme de inmediato le arrebató mientras rodaba sus ojos.
–¡Edmund! ¡Qué bueno es verte de nuevo, muchacho!
–No te pudimos presentar ayer con nuestra hermosa nieta, Alexandra.
La mencionada volteó hacia la dirección donde Edmund está posicionado con sus manos descansando a cada lado de él.
Edmund también dirigió su mirada hacia ella, fue cuando Alexandra pudo observar su rostro en plena luz del día, y pudo ver que sus ojos no son en efecto, negros, son grises; y la miraban detenidamente.
–Buenos días, princesa, soy Edmund Dubois, es un placer conocerla– hizo una pequeña reverencia y regresó a su postura inicial.
Alexandra hizo una reverencia en respuesta y nada más, su ego estaba ligeramente lastimado, pero no lo quería aceptar.
–Estoy segura de que congeniarán perfectamente, por ello les he arreglado un tiempo en la tarde para que le puedas enseñar los caballos a Alexandra, ¿qué opinas, Edmund?
"Él no tiene nada qué opinar, es una orden", pensó Alexandra mientras miraba con detenimiento el aspecto de aquel joven.
Es un hombre alto, delgado pero a la vista se ve fuerte, eso se le debe a todos los deberes que tiene en la casa, todo requiere fuerza física, largas caminatas y viajes; por ello, sus ropas se encuentran algo deterioradas y sucias, siendo que él es un chico limpio.
Edmund notó la mirada juzgona de aquella chica, así que la miró por unos segundos, pero los suficientes para que ella retirara su mirada y quedara descubierta ante el chico.
–Sería un placer, señora.
Pasaron algunas horas mientras Alexandra caminaba por la casa y conversaba con Esmeralda de cosas vanas, también pasó algunas horas leyendo, pudo despejar su mente como no lo había hecho en días, el único momento que tenía para leer estando en el castillo, era cuando se refugiaba entre sus sábanas, ahora es en pleno día.
–Alexandra, ¿te apetece salir a conocer los caballos al lado de Edmund?
Ella cerró su libro y asintió moviendo su cabeza.
–Claro abuela, ¿ustedes me acompañarán?
–Oh no, cariño, sé que nos vemos jóvenes pero ya no somos tan ágiles al montar, será mejor que no estorbemos y ustedes disfruten esa caminata.
–¿Le dijo a Eric?
–¡Por supuesto! Ya lo mandé a que arreglara lo que necesitan para montar, de seguro ya están listos, puedes ir ahora.
Alexandra se levantó de inmediato y vio el vestido que usa, es de color lila, le gusta mucho ese vestido.
–¿Será mejor que me cambie?
–Para nada, Alex, ¡ve ahora!
Catherine la acompañó hasta la salida hacia el establo, Alexandra salió de la casa algo atareada y caminó sin tanta seguridad de estar haciendo lo correcto, por alguna razón le incomodaba tener alguna interacción con Edmund.
Edmund estaba tan incómodo como ella, la interacción que tuvieron ayer fue suficiente para saber que debía permanecer lejos de aquella muchacha, a él no le importaba si era princesa o no, si era bella o no, sólo sabía observar el corazón.
Edmund sabía perfectamente que tal vez su comportamiento hacia ella no fue el más adecuado según las etiquetas, pero no estaban en el reino de ella, y no por trabajar con sus abuelos, él tendría que comportarse diferente de lo que se había acostumbrado.
La pareja Cavendish sabía cómo se comportaba Edmund, ellos están muy agradecidos con él por todo su esfuerzo y atención hacia ellos y las necesidades de la casa, también reconocen que es un muchacho reservado pero, es el chico más noble que han conocido.
–¿Qué tal pasó su noche, Eric?
–Muy bien, princesa– respondió aquel ayudando a abrir las puertas del establo –. He descansado perfectamente.
–Me alegra oír eso, sé que usted tiene muchas responsabilidades y necesita de un buen descanso.
Eric asintió sin saber qué más decir, Alexandra nunca había querido compartir más de dos palabras con él, Edmund supo de inmediato que hablaba con su acompañante para no tener que hablar con él.
–Aquí están los caballos– habló Edmund por primera vez –. Luna, sol y estrella.
–Oh wow, son bellísimos– exclamó la princesa acercandose hacia el caballo de color n***o.
–Ese es Luna– Edmund se acercó a acariciarlo –. Y ya pueden suponer cuál es cuál.
Alexandra miró a los otros dos caballos y vio la obviedad de la que Edmund hablaba, los otros dos caballos eran, uno blanco con tintes en amarillo, lo que parecía ser dorado, y el otro era gris con manchas negras.
–Escojan el que quieran, para llevarlos a dar un paseo.
Alexandra caminó hacia "Sol", Edmund soltó una risita que sólo él pudo escuchar, sabía perfectamente que ese caballo escogería, era muy predecible.
–Eric, ¿puede ayudarla a subir? Yo acomodaré el asiento.
Eric hizo lo que se le encomendó, tomando la mano de Alexandra, le ayudó a subir.
Ella se sentó de lado, como se debe montar a caballo siendo una mujer, Edmund estaba detrás de ella acomodando el asiento, cuando ella se recorrió hacia atrás sin haberlo terminado de ajustar. Alexandra perdió el equilibrio porque ya había soltado la mano de Eric, pero los rápidos reflejos y buena fuerza física en los brazos de Edmund, la salvaron.
Él la sujetó de la cintura soportando todo su peso, Alexandra no pudo reaccionar ante aquello. Pero, Edmund sí que reaccionó, porque una vez soltándose, extendió de manera rápida sus manos, sintió un cosquilleo incómodo, "tal vez haya sido esa delicada tela" pensó.
Se cercioraron que estuviera bien y después siguió todo como planeado, pasearon algunas horas en los caballos, no hablaron más que lo suficiente, pero eso se acabó por la necesidad de descanso de los caballos, los tres bajaron y tomaron asiento bajo un árbol con buena sombra y con un buen paisaje.
–Gracias por guiarnos hasta aquí– habló Eric viendo hacia la distancia.
–Sí, es bello en primavera, todo tipo de flores llegan a cubrir el suelo, un día sales y cualquier color que te imagines ya está presente en la variedad del valle.
–Sin duda tendremos oportunidad de verlo, ¿cierto, princesa?
–Sí, Eric– respondió con su mirada en los árboles, grandes y brillosos, llenos de vitalidad, algo que ella en ese momento no sentía, la incomodidad seguía y no podía evitarla.
–¿Siempre le tienes que llamar "princesa"?– Cuestionó Edmund con sincera curiosidad.
–No, no siempre, él me puede llamar por mi nombre si así lo desea– contestó Alexandra en respuesta.
–¿Es cierto, Eric?
–Sí, pero prefiero mantener el nombre apropiado para Su Alteza– contestó con confusión.
–¿Pero no es cansado? Ella te puede llamar por tu nombre y tú tienes que decir múltiples etiquetas.
–Así es lo más apropiado, joven Dubois– Alexandra saboreó el apellido y continuó –. "Dubois", ¿usted es francés?
–Mi padre– contestó secamente.
–Mis abuelos eran franceses, por ello mi apellido, pero supongo que la posición de su padre y mis abuelos son ciertamente diferentes.
Edmund subió su mirada con incredulidad, no podía creer lo que había escuchado, Eric también se quedó sorprendido por la imprudencia de la señorita. Todos sabían que los franceses que no estaban en el trono eran insignificantes, eran algunos conocidos por ser maleantes.
–Eso creo, porque de otra manera, yo sería el que estuviera en su lugar creyéndome superior– respondió en defensa a su honor y su linaje –. No obstante, prefiero seguir en mi vida como está, con bellos paisajes, y mi corazón libre de arrogancia.
Edmund se levantó seguido de haber dicho esto, pero Alexandra no podía soportarlo más, "¿cómo se atrevía?" pensó con el cólera subiendo.
–¿Está insinuando que soy arrogante?
Alexandra se levantó de inmediato rechazando la ayuda de Eric, quien estaba consternado por lo que estaba pasando. Edmund se volvió hacia ella con ese semblante de seriedad, pero ahora con algo que intimidaba a la princesa, pero ella estaba muy molesta como para dar un paso hacia atrás.
–No estoy insinuando nada, lo estoy confirmando.
–¡No soy arrogante! ¡Usted lo es! Mire cómo viene a decirme que soy arrogante sólo por ser princesa, usted es el que me está juzgando sin saber nada de mí. Piensa que por no ser parte de la realeza es un ser superior, pues se equivoca, porque puede que sea más arrogante que el mismo Rey.
–¿Le acaba de decir arrogante a su padre?– Se mofó de ella.
–¡No! Usted sabe a lo que me refiero, así que, no piense que me creo ese cuento de que usted es un ser más puro por no estar relacionado por la realeza y su sistema.
–¿Cree que lo que digo es sin argumento alguno?
–Absolutamente.
–Entonces conteste lo siguiente: ¿usted no se enojó anoche al saber que tenía que recoger su propio desastre?
Alexandra ahogó un suspiro y abrió ligeramente su boca, sorprendida por aquella pregunta y aún más molesta por saber la respuesta.
–Por su reacción puedo suponer que la respuesta es afirmativa– mostró una pequeña sonrisa y se giró para seguir subiendo todo a los caballos para regresar a casa.
–Pues supone mal, pero me temo que no podré contradecirlo más, pues usted tomará todas mis palabras como el resultado de una arrogancia insoportable.
–¿Lo puedes ver, Eric? De nuevo está tratándome como un ser inferior– dejó al caballo y se giró completamente hacia Alexandra –. Me está tomando como un asno, donde no puedo diferenciar las cosas y me quedaré con un mismo pensamiento, y de nuevo usted gana, siendo la que se mantiene al margen y me trata como un ignorante. Pero eso le molesta, que mi pensamiento no sea igual al de los demás que la alaban, le molesta que piense y que mi pensamiento hacia usted sea correcto, ¿o me equivoco, "princesa"?
Alexandra enrojeció por completo, nunca había sido tratada de esa forma, y eso caía en el pensamiento que el joven Edmund había hecho, entonces su cólera ya era inmensa.
–Piense lo que quiera, no me importa que sea príncipe, plebeyo, criado, asno o caballo; su petulancia ha hablado suficiente por usted, así que no pienso compartir de nuevo la palabra con usted.
–No pudo haberme dado mejor noticia– respondió aquel muchacho con las orejas ardiendo de excitación.
Alexandra bufó y caminó hasta llegar a su caballo, rechazando cualquier ayuda proporcionada por su asustado acompañante.
Regresaron a casa en cuestión de minutos debido a la rapidez con la que la princesa iba galopando, Eric sólo tuvo que seguirla y mantenerse cerca, mientras que Edmund se entretenía en ver el bello cielo y sus alrededores, de vez en cuando miraba en la dirección de la princesa, él sólo reía mentalmente.
La cólera de Edmund había desaparecido en el camino, mientras que Alexandra conforme más se acercaba a la casa, más pensaba en los comentarios de Edmund y su excitación crecía, de igual manera, su enrojecimiento.
Llegaron al establo, Eric bajó enseguida y ayudó a que la princesa bajara, ni siquiera su vestido había tocado la tierra, cuando Alexandra salió rápidamente en dirección a la casa, ella sólo quería subir a su pieza y distraerse sin tener que escuchar al joven petulante cerca de ella.
–Oh Alex, querida, Esme ha preparado el té, pero no quedaron algunas galletas, por alguna razón se acabaron, cuando yo perfectamente sabía que nos alcanzarían para esta tarde.
–Lo siento abuela, he llegado algo cansada, preferiría ir a recostarme un poco en mi pieza, si eso no le molesta.
–Deja que la niña descanse un poco, Cathy, de seguro ese paseo fue agotador.
–No se lo imagina– comentó Edmund entrando a la sala.
Alexandra se giró hacia él con una mirada intensa, deseando que simplemente desapareciera de su vista, mientras que él se mantuvo tranquilo, no le molestaba en absoluto la presencia de aquella muchacha, le hacía gracia el comportamiento de ésta porque sólo confirmaba lo que piensa de ella.
–Gracias, por su confirmación– habló Alexandra con tono de molestia, al cual se arrepintió de inmediato porque sus abuelos y todos ahí ya descubrirán que estaba ciertamente irritada y la probable causa era el joven con ropas cafés y ojos misteriosos.
–Puedes subir a tu pieza, Esmeralda te llevará algo de té.
Edmund caminó hasta la cocina para asearse y poder comer algo antes de seguir con sus deberes, ahí se encontraba Esmeralda preparando el té para la princesa, ella vio el entrar de su primo y dejó de hacer lo que tenía en sus manos para voltearse hacia él.
–¿Qué le dijiste a la princesa?– Murmuró.
–Nada– se encogió de hombros tomando un trapo para secar sus manos.
–A mí no me engañas, y ciertamente tampoco a los señores.
–No me preocupa, no la molestaré más.
–Entonces sí la hiciste enfadar.
–Yo no la hice enfadar, ella lo hizo sola, no es mi culpa que en su cabecita haya pensado que todos la adoramos.
–Edmund, debes decirme de inmediato qué ha pasado, no quiero tener problemas.
–Ella no se quejará– Edmund trató de tranquilizar a su preocupada prima –. Lo único que quiere es tenerme lejos, el deseo es mutuo, por ello no tendremos problemas, yo me dedicaré a lo mío, estoy demasiado entretenido como para pensar en los caprichos de esa niña.
–Nunca he entendido cómo la mayoría de las personas te resultan despreciables.
–Así como yo nunca entenderé cómo tú encuentras a todos agradables– Edmund se mofó de su prima y continuó su camino como lo tenía planeado.
Esmeralda sólo suspiró y siguió con la preparación del té, subió hacia la pieza de la princesa con cierto temor de que Edmund haya afectado de gran manera al estado de ánimo de aquella señorita.
–Princesa, tengo su té.
–Puedes pasar, Esme.
La criada suspiró de alivio al escuchar que la llamó con su apodo.
–Le he puesto una pizca de leche, como me lo ha comentado anteriormente.
–Muchas gracias, Esme. ¿Podrías disculparme con mis abuelos por no estar con ellos?
–Por supuesto, permiso.
–Esme...– la princesa la llamó antes de que desapareciera detrás de la puerta.
–¿Sí, princesa?
–Puedes llamarme Alexandra– le sonrió –. ¿Puedo hacerte una pregunta?
–Lo que guste.
–¿Hace cuánto tiempo su primo vive aquí?
–Desde hace tres años, me parece– se quedó meditando unos segundos el resto de su respuesta –. Sí, fue justo después de…
Calló abruptamente al darse cuenta de lo estaba a punto de revelar.
–¿Después de qué?– preguntó Alexandra con curiosidad.
–Lo siento, no debo revelar, no es de mi incumbencia; permiso.
Se retiró con rapidez y eso dejó intranquila a Alexandra. Su estado de ánimo cambió después de haber tomado algo de té y haber escrito cartas a su madre, también quiso escribir una a su dama de compañía, pero no tuvo el valor para hacerlo, seguía herida, entonces prefirió dejarlo así por ahora.
Un pensamiento inusual llegó a su mente, y era el hablar con Eric, pasar tiempo con él, al final, él era lo más cercano a Amanda que tenía en ese momento, y también lo más cercano al castillo.
–Eric, ¿dónde están mis abuelos?
–Han salido a pasear, querían ver el atardecer– respondió mientras acomodaba algunos libros de aquel estante viejo pero recién pulido.
–¿Extrañas el castillo?
Eric se sintió sorprendido ante la pregunta de la princesa.
–No me quejaría de la atención y todo lo bello de este lugar, pero ciertamente llego a extrañar el lugar donde he vivido tantos años.
–¿Desde qué edad trabajas para mi papá?
Alexandra tomó asiento y lo miró fijamente, él se aclaró la garganta y continuó con su trabajo en los libros.
–Desde los quince años, princesa.
–Oh, eso es mucho tiempo, ¿diez años?
–Nueve– le corrigió.
"Es dos años mayor que Amanda", pensó.
–Tú me conociste cuando era pequeña, ¿no es así?
–Así es, princesa.
–Llámame Alexandra, no hay etiquetas en este momento.
Eric asintió y de inmediato pensó que estaba actuando de esa manera por todo lo que el joven que trabaja ahí le dijo.
–¿Por qué nunca te acercaste a mí para ser amigos?
–Prin...– aclaró su garganta –. Alexandra, yo no podía acercarme a usted, debía mantenerme cerca de su padre y trabajar, es lo que he hecho todos estos años.
–Lo sé, pero tú y Amanda son las únicas personas que he tenido cerca y que son jóvenes. Yo tengo una buena amistad con Amanda...– suspiró recordando los términos en los que están –. O eso es lo que teníamos días antes. Por ello, ahora veo una oportunidad de entablar una amistad, ¿no lo cree?
–Princesa, creo que no soy el más indicado para la posición de un amigo, lo más conveniente sería conversar con Esmeralda, ella es una chica cercana a su edad y con más entusiasmo y empatía de la que yo pueda ofrecerle. Si pudiera, le traería a su amada dama, pero me temo que sólo tengo una opción para ofrecerle.
–¿Quién dice que no puedo ser tu amiga y la de Esmeralda? Aunque no sé si pueda reemplazar mi amistad con Amanda– suspiró con tristeza.
Eric tomó asiento enfrente de ella y suspiró llenándose de valor para seguir esa conversación.
–Señorita Alexandra, ¿hay algo de lo que quiera informarme? Si se siente mal podemos traer al médico local.
–Presiento que no es nada físico. He tenido un conflicto con Amanda días antes de salir, y ahora la extraño demasiado, pero no puedo comunicarme con ella y aunque pudiera, sé que ella está molesta conmigo, y yo también lo estoy con ella. Ayúdeme Eric.
El primer pensamiento de Eric fue el de su preciosa Amanda, pensando que ella estaría sola y devastada en aquel gran castillo.
–No puedo asegurarle nada, pero puede confiar en que una vez regresando, podrá conversar con ella y con sólo verse sabrán que cualquier pequeña disputa quedará en el olvido, su amistad puede ser más fuerte de lo que usted cree.
–Eric, gracias por tus reconfortantes palabras, ahora me has dado esperanza de que no todo está perdido– le sonrió y Eric sólo se limitó a contestar con un asentimiento para después levantarse y seguir con su distracción –. Siempre he creído que Amanda es bella, ¿no lo cree?
Eric tragó en seco y disimuló su reacción.
–No sé si pueda comentar acerca de la belleza de una dama, tal y como lo es Amanda.
Alexandra sonrió con emoción al escuchar la respuesta de su nuevo amigo, ahora no tiene duda de la admiración que siente por su dama.
–Pero usted es un caballero, su percepción de belleza es diferente, sin embargo, sé que en este caso puede tener el mismo resultado.
Eric se giró tímidamente hacia ella y asintió sin tener otra opción más que contestar honestamente hacia esa pregunta.
–Yo puedo percibir la belleza de Amanda como única y delicada, si bien, tal vez mi percepción no es la misma, puedo coincidir con usted en que Amanda es una dama hermosa.
Alexandra gritó internamente de felicidad, puede que Eric lo notara, pero no por ello se limitó en expresar su felicidad.
–¡Oh Eric!– Se levantó y dio un pequeño brinco –. ¡Usted es el mejor caballero que haya conocido! ¡Cuánta dulzura y romanticismo en esas palabras!
Quiso resaltar el hecho de que usó la palabra "hermosa" en vez de "bella" como ella lo hizo; pero prefirió que con su expresión bastaría, porque al ver el rostro enrojecido de Eric pudo darse cuenta de que era suficiente.
–Señorita, por favor, sólo respondí ante su pregunta sin razón aparente.
–Eric, no me creas ingenua, yo sé perfectamente cómo miras a mi dama.
–Me temo que no sé a qué se refiere.
–Eric– le llamó con un tono de seriedad, él volteó –. No hay necesidad de que calles, no podré hablar con Amanda aunque quisiera, puedes confesar y yo guardaré tus palabras.
Eric entendió que por más que quisiera cambiar el tema de conversación no iba a lograrlo, porque Alexandra sabía más de lo que él creía y no se iba a detener hasta obtener la información que esperaba.
–Supongo que ya sabe de mi admiración por su dama– suspiró –. No sé qué palabras espera de mí.
–¡Esto es más que suficiente! Eric, por fin mis sospechas han terminado, y puedo confirmar tu amor por Amanda, mi amada amiga.
Alexandra suspiró de amor al pensar en lo feliz que su amiga sería si hubiera escuchado a su amado, pero su felicidad se volvió en tristeza al recordar el amargo momento que pasaron días antes de viajar.
–Alexandra, ahora usted sabe de mis sentimientos por Amanda, y eso es lo único que tengo qué decir; ahora le pido que me hable acerca de ella, yo la observé por los últimos días y su resplandeciente alegría se había esfumado, supongo que usted tiene la respuesta a ello.
–En efecto– suspiró –. Tuvimos una discusión la mañana siguiente al baile, y terminé yéndome sin razón alguna, después de eso ya no hablé con ella. Cuando yo desperté ya estaba todo preparado pero ella no estuvo presente, supongo que estuve muy ocupada pensando en mis razones para estar enojada que no me dejé extrañarla.
–Estoy preocupado por ella, si está tan triste como lo está usted, me encantaría escribirle una carta.
–Eric, Amanda es una muchacha inteligente y fuerte, supongo que estará algo decaída, pero tiene más deberes de lo que yo tengo ahora, así que no se preocupe, su mente debe estar trabajando todas las horas del día.
–Eso espero.
Eric se quedó más tranquilo pero en cuanto vio cuán vulnerable se veía, recobró su compostura y se giró de inmediato para ocupar su mente con títulos de libros en diferentes idiomas.
–No se preocupe, confío en que cada palabra dicha está guardada, así como usted debe confiar en que sus palabras han sido selladas en mi mente y corazón.
–Gracias princesa, y puede confiar en que así será– mostró una ligera sonrisa lo cual agradó a la princesa –. Debo retirarme, permiso.