Capítulo XVI

1781 Words
Al ir caminando deprisa hacia su pieza, chocó con el príncipe. Edmund de inmediato limpió cualquier rastro de tristeza en su rostro, él era hábil para hacerlo. –Dubois, ¿de casualidad ha visto a la princesa? –No– quiere pasar por su lado, pero no se lo permitieron. –¿Usted cree que la princesa lo ve como un igual? Edmund dirigió su mirada hacia el príncipe. Noah estaba sonriendo cínicamente con veneno en su lengua. –¿Eso lo mantiene preocupado? ¿Por eso regresa su almuerzo en cada maceta del castillo?– ahora Edmund sonreía al ver al príncipe dejar caer su sonrisa. Noah lo tomó del brazo con fuerza suficiente para provocar un dolor. –Usted no es nadie aquí. Cualquiera que sea su intención la princesa, sepa que está enamorada de mí. Maldito criado francés. Edmund se rio ligeramente. Se zafó del agarre de Noah y lo miró desafiante. –Debe estar muy preocupado de que este criado francés intente algo con su princesa como para darme tal importancia, ¿no lo cree? Noah intentó tomarlo de nuevo, Edmund fue más rápido y tomó su muñeca con fuerza. –No vuelva a intentar ponerme una mano encima. Usted será príncipe, pero sepa que eso no me detiene. Lo soltó y antes de que Noah pudiera responder, una voz se hizo presente. –¿Noah? El príncipe le sonrió a Edmund como si hubiera ganado, lo cual, en ese momento ante los ojos de Edmund, lo había hecho. Noah se giró y vio a Alexandra con una mirada curiosa. –¡Princesa! Le he estado buscando por todo el castillo. ¿Se encuentra bien? Alexandra se quedó quieta en su lugar observando la mirada de enojo del joven Dubois. Sintió un ardor en su pecho. Retiró su mirada al sentir un picazón en sus párpados. –Sí, estoy bien. ¿Me acompaña a la biblioteca? –Con placer. Se retiraron dejando a Edmund con un puño formado con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. –¿Edmund? ¿Está bien?– Eric lo encontró. –¿Cómo estás?– Edmund se giró, extendió su mano y la escondió en su bolsillo. –Peor de como me veo– respondió Eric con simpleza rascando su nuca –. ¿Y tú? ¿Extrañas Griseo? –Sí, extraño mi paz. Extraño poder dormir, poder comer, y respirar con tranquilidad– se quejó pensando en sus últimas semanas. –Eso me parece que no es exactamente estos últimos días, ¿o me equivoco? Edmund soltó un suspiro de frustración. –No, no te equivocas– respondió frotando su cabello. –¿Quieres que lo hablemos? Me siento raro haciendo esto, pero, me quitaron de mis deberes reales estos días. –No sabes qué hacer– se rio Edmund. Eric sonrió asintiendo. Caminaron hasta una banca en aquel jardín tan amplio. –Dime, ¿por qué no puedes vivir en paz? –Odio a una persona. Sé que el odio es un sentimiento fuerte y que después de lo que he visto en estos días no puedo guardar este sentimiento, pero no sé qué hacer. –¿Le deseas la muerte a esa persona? –¿Qué? ¡No!– se giró hacia Eric con terror. Eric sonrió. Él sabía perfectamente de quién estaba hablando. –Puede que realmente no sientas odio hacia esa persona, al contrario, te preocupas y tienes cierto afecto; eso es lo que “odias”. Te asusta sentirte así por alguien, bueno, específicamente sentir algo especial por esa persona. Edmund sostuvo su cabeza entre sus manos con sus brazos colocados en sus piernas. ¿Era cierto aquello? ¿Edmund estaba asustado por sentir algo especial por Alexandra? No, él estaba asustado porque sabía que era más que especial. –Se va a casar. Por más asustado que yo esté, ella se casará. Eric sonrió con alivio y con felicidad. Todas sus suposiciones eran reales. Edmund está enamorado de Alexandra; y él sabe que aquel sentimiento es mutuo. –¿Anunciaron su compromiso? –No, pero… –Edmund, escúchame– habló firme Eric –, aún si estuviera anunciado su compromiso, hay maneras de deshacerlo. Tienes tiempo, tienes que hacer algo. –Ella me lo dijo– suspiró sintiendo un gran peso quitarse de él –. Está comprometida. –No te dijo que lo ama. ¿O sí? Los ojos de Edmund brillaron. Se enderezó y volteó con Eric. –No, no me lo dijo. –Porque no lo ama– inquirió Eric. Edmund se levantó de inmediato. Abrazó a Eric, le dio un beso en la frente y corrió hacia el castillo. Le pidió al abuelo Joe que mandara por Alexandra porque era algo urgente que tenía que hablar con ella. –Hijo, ¿estás seguro de lo que piensas hacer? –Señor Joe, nunca había tenido la certeza de algo en mi vida, lo siento aquí– Edmund señaló su pecho sintiendo todas sus emociones florecer. El abuelo Joe se vio reflejado en aquel joven enamorado, él desea que Edmund encuentre el amor que tanto desea y, ¿qué mejor que con su nieta? No conoce un muchacho mejor para su nieta que ese joven trabajador y con corazón noble. Pero su confesión debía esperar, pues, fueron avisados de gran manera que debían asistir al salón principal para un gran anuncio, Edmund sabía que allí estaría Alexandra. Todos llegaron al salón principal con confusión, muchas dudas abarcaban aquellas cabezas. –Le agradezco a Su Majestad por permitirme convocar esta reunión– Noah aclaró su garganta, observando de reojo a sus padres, siente la presión sobre sus hombros –. Quiero que sean testigos de mi profundo amor. Se arrodilla y toma la mano de Alexandra, ella no sabía por qué Noah estaba haciendo eso en frente todos, a días de la muerte de su amada amiga, pero, lo que no pasaba por su mente era el deseo de estar con él. –Mi querida princesa Alexandra, frente a todos aquí, frente a todas las personas que tu corazón ama, me hinco– las palabras de Noah eran igual de resbaladizas que sus manos –, y le pido que me haga el caballero más feliz de todo Aureum y me permita llamarla mi esposa. Edmund la miró sintiendo la calidez en sus brazos cuando la sostuvo en éstos y ahora está con su mano entre las manos de aquel príncipe, algo que él nunca será. Alexandra levantó su mirada y antes de visualizar a sus padres, miró a Edmund, entre todo el caos que sucedía dentro de su cabeza, al mirarlo, todo calló. –¿Princesa? Alexandra bajó su mirada, Noah la mira con desesperación y confusión, él sabe que ella lo ama pero, no entiende por qué no dice nada. –Discúlpeme. Retiró su mano y salió del salón principal corriendo. Las lágrimas se acumularon en sus ojos, siente su cuerpo encenderse, no sabe a dónde irá, sólo quiere alejarse del castillo. Mientras tanto, Noah se levantó con una amarga sensación de humillación. –Noah, es posible que se sienta con mucho peso sobre ella, démosle un tiempo. –Claro, Su Majestad. Entre incómodas miradas, los Chadburn regresaron a su hogar, antes de regresar, Noah pudo ver a Edmund corriendo, quiso seguirlo, pero su padre lo miró de una manera tan degradante que volvió a sentirse humillado. Alexandra corrió y encontró un lugar detrás de un árbol, nunca había estado allí, se sentó en el césped y miró al cielo, la luna apareció para hacerle compañía en esa noche. Sus lágrimas seguían corriendo, ella sabía que los sirvientes del rey no tardarán en encontrarla y hacerla regresar al castillo, no tenía más momentos de paz. En ese momento, mirando a la luna, deseó irse con su amada amiga, deseó ya no estar allí, simplemente irse y tener paz. Había muchas dudas en su cabeza, pero deseó no tomarlas en cuenta, no quería escucharlas, sólo quería que se callaran. –¿Princesa?– Edmund susurró entre el campo rodeado de árboles y estrellas por encima de él. Alexandra se alarmó, retiró las lágrimas de rostro, no quería verlo, no quería que él la viera en ese estado, menos aún cuando horas antes, ella lo rechazó. –Alexandra… Levantó su mirada para verlo frente a ella, la luz de la luna lo iluminaba, pero nada a comparación de cómo Edmund veía el reflejo de la luna en ella, era como ver una pintura frente a él. Era toda una obra de arte, olvidó por un momento qué hacía allí. –¿Lo mandó mi padre?– bajó su mirada, evitándolo. –Alexandra, su padre no me mandó, lo hizo mi corazón– Edmund no podía mantenerse callado por un segundo más. Subió su mirada al mismo tiempo en que él se arrodilló frente a ella. –Quiero que se mantenga tranquila, lo que le sucedió a Amanda lo averiguaremos, usted debe estar en paz. –Es lo único que quiero– Alexandra hizo una mueca, intentando reprimir sus lágrimas –. Quiero… –¿Qué quiere? Dígame y lo traeré hasta usted– Edmund se concentró en la mirada cristalina de ella, sus ojos se veían más dorados que nunca, él se perdía en ellos cuando lo miraban. –Edmund, quiero quedarme aquí. Lo primero que llegó por la mente era un abrazo del joven frente a ella, pero no puede confiar en lo que siente, debía mantenerse con lógica, debía colocar su mente antes que su corazón porque no quiere sentir más de lo que ahora siente. –Puede hacerlo, puedo hacer guardia para que nadie la encuentre si así lo desea. –Quiero que se quede aquí, conmigo. Edmund se sorprendió por la petición, pero accedió. Tomó asiento a su lado, se recargó en el árbol, miró hacia el cielo, la luna brillaba más que otras noches, o era él quien disfrutaba de esta noche de una manera exquisita. Alexandra sintió el impulso de acercarse a él, lo hizo, el momento en que su cabeza tocó el hombro del joven, todo a su alrededor calló por completo, eran sólo ella, él y la luna. Edmund sintió lo contrario a Alexandra, él sentía que su corazón iba a salir de su pecho, no podía controlar lo que todo su cuerpo quería expresar, pero con el simple hecho de mirarla sobre su hombro descansando, sus ojos cerrados y su respiración tranquila, él pudo relajarse. Si bien, el príncipe declaró su amor frente a todos los presentes en el castillo, era con él con quien la princesa estaba en esa noche de verano.
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