Capítulo XI

3171 Words
De regreso a la pieza de la princesa… Ella no podía conciliar el sueño. Miles de preguntas abarcaban sus pensamientos, tenía incertidumbre acerca de su dama y buena amiga, Amanda. Al mismo tiempo se imaginaba los escenarios más románticos con Noah Chadburn. Alexandra se acercó a su ventana y observó al joven Edmund sentado en el pasto en medio de la noche, ya era de madrugada. “Sólo a él se le ocurriría sentarse en el césped”, pensó rodando los ojos. Fue lo último que pensó y cuando regresó a la realidad después de un pequeño viaje en sus pensamientos, se dio cuenta de que estaba en la cocina preparando té. Edmund escuchó los sonidos provenientes de la casa, se levantó y caminó con cuidado hasta ver el cabello castaño de la princesa, era extraño verla con el cabello suelto, aún tiene una trenza en la mitad decorando su cabello. Él sabía que era su oportunidad para agradecerle y pedirle perdón. –Mhm. Alexandra se giró al escuchar el sonido proveniente del joven que estaba sentado en el césped minutos antes. –Buenas noches, ¿quiere té? Preparé un poco. –Umm, no gracias– Edmund estaba confundido por la repentina amabilidad –. ¿No puede dormir? –No– soltó una pequeña risa. Edmund se sorprendió por ello, también ella. De alguna manera se sentía diferente, no sabía por qué, pero lo estaba disfrutando. –¿Quiere que le ayude en algo? –Está todo bien, gracias– sonrió genuinamente al verlo a los ojos, él también sonrió –. Usted, ¿tampoco puede dormir? –No, uh– se rascó la nuca en un acto de nerviosismo. Alexandra se enfocó en servir y tomar su té. –Quiero pedirle perdón por lo sucedido, no debí hacerlo. –Oh, no se preocupe, está perdonado. –¿Puedo preguntarle por qué le mintió a sus abuelos?– se acercó lo suficiente para escucharla, se quedó recargado sobre la ventana cerrada al lado de la puerta. –Porque… fue divertido– respondió con sinceridad y una sonrisa juguetona. Edmund soltó una pequeña risa seguido de lamer su labio inferior. –¿Eso cree? –Sí– trató de esconder su sonrisa detrás de la taza de té –. Aparte, pude vengarme de usted. También vi lo preocupado que estaba. Aw, usted se preocupó por mí. Edmund negó con la cabeza entre risas al acercarse más a ella. –No me preocupé por usted, no se equivoque. –Oh, Edmund, debe saber que yo nunca me equivoco, no es algo digno de una princesa. Alexandra comenzó a bromear con Edmund, él no lo esperaba, así como escuchar su nombre sin alguna etiqueta antes, simplemente su nombre. –Oh, ¿ya no me llamará “joven Edmund”? Alexandra reaccionó. –¿Prefiere que lo llamen “joven irritable”? O lo puedo llamar– –No es necesario, me gusta mi nombre– sonrió disfrutando de la conversación. –¿Se da cuenta de lo fácil que puede ser no decir barbaridades? Edmund rio. –¿Y usted se da cuenta de lo fácil que puede ser no ser arrogante? Alexandra abrió su boca con sorpresa. No pudo evitar reír. Era la primera vez que los dos estaban riendo cómodamente. La risa terminó y los dos suspiraron; fue en ese momento en que los dos sintieron la necesidad de ir a dormir. –Debo retirarme a mi pieza, se está haciendo tarde. –De acuerdo– respondió aún extrañado por la manera en que se presentó esa interacción. Alexandra dio un pequeño asentimiento. Dejó la pequeña taza e impartió camino hacia su pieza. –Buenas noches, Alexandra. El corazón de la princesa se detuvo aunque sus pies siguieron su camino. A la mañana siguiente el ambiente fue completamente diferente, y no fue gracias al diferente clima o por la canción que Esmeralda presentó antes del desayuno; fue por las miradas de aquellos jóvenes que ya no se odiaban. –No puedo retener mi alegría. Mañana es el baile y todos iremos– sonrió la abuela Cathy. –Estoy emocionada, abuela. –¿Qué hay de usted, Eric? Eric estaba tan atento observando a Esmeralda en la cocina, que se perdió por completo en la conversación. –¿Disculpe? –Eric, cariño. ¿Estás nervioso? –N-no, ¿por qué lo menciona?– era claro que estaba nervioso. Pensó que lo habían descubierto en sus miradas nada sutiles, pero no fue así. –Él nunca ha asistido a un baile como invitado, siempre estuvo en guardia– respondió Alexandra salvándolo de aquel interrogatorio. –Oh, no se preocupe joven Eric, usted se divertirá tanto que no querrá trabajar con la princesa. Los abuelos se rieron y siguieron con su desayuno. Alexandra miró por la ventana y observó al joven imprudente cepillar al caballo fuera del establo. Edmund sintió que cuchillos penetraban en su cuello y decidió girarse. Se encontró con la mirada de la princesa, en vez de sonreír o hacer una reverencia, decidió blanquear los ojos para después mostrarle una sonrisa ladina. Esta expresión le fue de agrado a la princesa aunque no supo por qué. –¿Qué pasa, Alexandra? Ella regresó al desayuno para ver que sus abuelos y Eric estaban viendo a la dirección en que ella estaba concentrada. –Oh, el caballo es tan hermoso– respondió salvándose de cualquier mirada sospechosa. Los abuelos asintieron, dándole la razón. Eric fue el único que supuso que Alexandra no estaba sonriendo porque había visto al caballo, y él, sin saberlo, tenía razón. Después del desayuno, siguieron los preparativos del baile. –Esme, mañana es el baile, ¿está segura de que se siente bien? –Estoy segura– sonrió dejando su vestido en la cama de la princesa –. Puedo sentir dentro de mí que va a ser una gran noche. –Oh, ¡que así sea!– exclamó Alexandra con emoción. Estuvieron riendo hasta que decidieron dar lugar a una última práctica del baile. –¡Es perfecto! Eric, lo está haciendo muy bien– le felicitó Alexandra con una sonrisa de oreja a oreja. Eric y Esmeralda están bailando. Ella se siente aún más intimidada debido a la mirada fija del joven, era la primera vez que él mantenía su mirada fija por un tiempo prolongado. –¡Oh, Eric! Lo que daría porque Amanda estuviera aquí. Yo sé que hubiera amado bailar con usted. Eric tragó en seco y en una respuesta inmediata, soltó a Esmeralda. El rostro de Amanda no había ocupado su mente por días, y no supo cómo sentirse al respecto. Esmeralda no entendía absolutamente nada. –Disculpe, Alexandra– hizo una pausa para mirar a Eric, él la miró con una expresión de vergüenza –, ¿quién es, Amanda? –Ella es mi dama de compañía a los ojos del castillo, pero es mi amiga. También es amiga de Eric. –Oh, entiendo. Deben disculparme, recordé un pendiente. No tardaré. Esmeralda salió del salón. –¿Qué ha sucedido? –No se preocupe, princesa. Iré con ella. –Espere, ¿con quién practicaré? En ese preciso momento, Edmund estaba cruzando el pasillo. Eric lo tomó del brazo. –Con él. Edmund y Alexandra se vieron frente a frente. Cuando ella quiso decir algo al respecto, Eric ya no estaba. –¿Esmeralda? ¿Se encuentra aquí? Eric fue en busca de ella por detrás de la casa, detrás del establo. Allí estaba ella con una que otra lágrima resbalando por su mejilla, Eric se sorprendió por ello. –No me mire– ella se cubrió con sus manos al levantarse y darse la vuelta. –¿Qué le ha sucedido? –No se preocupe por ello, en un momento regreso. –No me iré, Esme– esa oración cambió absolutamente todo. Esmeralda bajó lentamente sus manos al mismo tiempo en que Eric se posiciona enfrente de ella. Se miraron a los ojos. –Estoy avergonzada, no me gusta llorar enfrente de las personas. –No es algo por lo cual avergonzarse. Yo tengo historias con las cuales me averguenzo de sólo recordarlas. –No le creo. –¿Quiere que le relate una historia? Esmeralda asintió al tomar asiento. Eric tomó asiento al lado de ella. –Cuando estaba aprendiendo para ser el cuidador de la princesa, no paraba de practicar los movimientos de combate– comenzó a relatar –, fue hasta una noche, en un baile. Cuando estaba revisando los pasillos más solitarios del castillo pensé que era una excelente idea el practicar un poco e imaginar algún combate sorpresa. Esmeralda no pudo evitar una risa al imaginar tal escena. –Fue ahí cuando resbalé y me quise sostener de una cortina, pero mi peso fue mayor, por ende, aquella cortina cayó dejando al descubierto al conde y la dama de compañía de su esposa. Esmeralda cubrió su boca con sorpresa. –Lo peor estaba por venir, porque en ese preciso momento, Stuart, el más cercano al Rey, le estaba dando una bienvenida a la condesa y sus tres hijas. Allí me encontraba yo, en el suelo con la cortina en mi mano, y el conde con terror en sus ojos. Esmeralda comenzó a reír sin poder creer lo que había escuchado. Eric sonrió al verla reír, ella tiene una risa agradable, ese hecho le incitaba a contarle más historias para que ella riera. –Es increíble. Aunque pudo haber sido vergonzoso, usted terminó siendo el héroe. –¿Así lo cree?– la miró con curiosidad. –Sí– lo miró y se dio cuenta de la poca distancia entre ellos. Fue la primera vez en que su cercanía era diferente –. Deberíamos regresar. El baile es en pocas horas. –Sí, sin duda– Eric asintió parpadeando seguidamente debido a la situación en la que estaba. Se levantó y le ofreció su mano a Esmeralda para que se levantara. Entraron juntos de nuevo a la casa, y al entrar al salón se encontraron con la escena de Edmund en el piano. –No, es la tecla de al lado– habló Alexandra riendo un poco al ver a Edmund presionar la tecla que no era. Edmund está sonriendo al saber que Alexandra está riendo porque él toca las teclas equivocadas, lo cual lo hace a propósito. –Ya regresamos– comentó Eric, llamando la atención de los dos jóvenes enfocados en el piano. –Oh, es perfecto. Pueden seguir con la práctica, pero, yo tocaré el piano– Alexandra se burló de Edmund. Esmeralda fue la única que rio. Los dos chicos sólo sonrieron. La práctica siguió hasta llegar al atardecer. Edmund también practicó con su prima. Los dedos de Alexandra dolían por tocar el piano toda la tarde. Llegada la noche, ninguno de los jóvenes en la casa podía dormir. Alexandra giraba y giraba en su cama sin poder cerrar sus ojos por más de tres segundos. Después de algunas horas fue cuando tanto ella, como los primos y Eric pudieron conciliar el sueño. Hasta la mañana siguiente, todos estaban emocionados. Desde el amanecer se prepararon para el tan esperado baile. Los caballos estaban preparados para el carruaje. Llegó el momento de cambiar sus ropas de cada día por el vestuario correcto, tanto lo es un traje como lo es un vestido hermoso. Esmeralda veía con asombro el vestido que la princesa le regaló, el vestido más hermoso, hecho con la tela más delicada de todo el Reino… y ahora es de su posesión. Alexandra observaba el vestido gris con detalles en dorado, nunca imaginó poseer un vestido con esos colores. Al colocarlo supo de inmediato que era el mejor vestido que había encontrado. Un hecho a resaltar era lo ceñido que estaba de la parte superior, se sentía diferente, le agradaba ese sentir. Al mirarse en el espejo pudo observar que sus facciones habían cambiado, se veía diferente pero, no encontraba la diferencia en específico, lo era el haber cambiado su peinado y la gama de colores. En cuanto a Eric no había una gran diferencia en cuanto a su vestimenta, él sabe lo adecuado para un baile y ha asistido a un sinfín de éstos, sin embargo, lo que hace que su estómago se revuelva es el recordatorio de que será su primer baile como asistente formal. Por último, se encuentra Edmund, él, de manera sincera no tiene idea de todo lo que pueda suceder en aquel baile, en aquella noche. Sin duda, el que se vistiera totalmente diferente a lo que suele usar, le hace sentir extraño, pero, le agrada. –¡Jóvenes! ¡Hay un baile al que asistir!– exclamó Cathy al bajar las escaleras. –¿Guste que prepare el carruaje?– Edmund se acercó a los abuelos. –¡Edmund!– La abuela Cathy se asombró por lo atractivo que el joven se veía –. Muchacho, tú asombrarás a todas las jóvenes esta noche, no pienso verte sin bailar. ¿Me escuchó? –Sí, señora– mostró una pequeña y limitada sonrisa. Era vergonzoso que lo adularan de esa manera. Eric salió de su pieza al mismo tiempo en que Esmeralda salió de la suya. Se quedaron perplejos al ver al otro. Esmeralda no pudo evitar sonrojarse. –¿Me permite?– Eric se acercó a ella, ofreciendo su brazo. –Claro– lo tomó con una sonrisa. Caminaron juntos hasta llegar a la entrada, donde pudieron conversar con los abuelos de camino al carruaje. –Edmund, ¿podría ir por mi nieta? No quiero que resbale y se lastime el tobillo. –Por supuesto. Alexandra bajaba las escaleras con cuidado, imaginándose que eran las escaleras de su hogar. Edmund se detuvo en pleno pasillo al percatarse de la joven bajando los escalones con tal delicadeza que resulta inevitable observar. Él llevó su mano izquierda al pecho de manera inconsciente. Alexandra a punto de llegar al penúltimo escalón, dirigió su mirada hacia el pasillo. Ahogó un respiro al percatarse de aquellos ojos grises mirándola desde la punta de su cabeza hasta donde el vestido finaliza. Edmund se acercó a ella, extendiendo su brazo para que ella lo tome, y así lo hizo. –Por fin se dignó a bajar, ya estábamos a unos segundos de marcharnos– Edmund habló con un tono de molestia falso, Alexandra lo pudo identificar. –Sé que usted es el primero en querer dejarme aquí pero, para su desgracia, no lo logró. Alexandra sonrió una vez que se colocó al lado de él. Edmund, antes de dar un paso, se detuvo a observar por un momento. Ella estaba de perfil, sintió la mirada, giró su cabeza hacia la derecha y cruzaron sus miradas. Los dos sonrieron al mismo tiempo. Caminaron hacia el carruaje sin pronunciar algo más. La casa de los Bristol era la más distinguida de todo el pueblo, es la familia con más prestigio, del cual la princesa no podía entender, eran notorios los recursos que se tenían, pero, la popularidad no tenía sentido ante sus ojos. –Usted, Esme, entrará con Eric– mencionó la abuela Cathy previamente a bajar. –Espere, abuela… La abuela bajó del carruaje con ayuda de Eric. Esmeralda fue la siguiente en bajar sosteniéndose del brazo de Eric, de esa manera se quedaron. Alexandra se acercó a la puerta del carruaje y observó a Edmund esperándola. De esa manera, al entrar Esmeralda junto a Eric, las miradas fueron de manera inmediata hacia ellos. Todos los presentes se enfocaron en la joven que había sufrido tragedia tras tragedia, la cual ahora se presenta con un misterioso y atractivo joven. Sin embargo, la sorpresa no termina allí porque al entrar Alexandra y Edmund, fueron muchos invitados los que llevaban sus miradas de la primera pareja a la segunda. –¿Quién es él? –¿Son nietos de los Cavendish? –¿Ella es la joven que fue traicionada por el nuevo Bristol? Cada vez más preguntas discretas fueron escuchadas por todo el salón. Los Bristol se acercaron a los abuelos Cavendish, entre ellos, su hija, Sofía, y su esposo, Oliver. –¡Bienvenidos! Hace mucho que no los veía. ¿Ellos…? –Son nuestros sobrinos, Alexandra y Eric Fitzwilliam– los presentó el abuelo Joseph. –Un placer conocerlos– respondió Alexandra. –No conocía a su familia, Joseph– comentó el señor Bristol. –Vienen de visita de vez en cuando, nada permanente. –Soy Sofía Bristol, un gusto– se presentó sola, eso hizo sonreír con humor a la princesa –. Él es mi esposo, Oliver Bristol. El joven Oliver veía con nostalgia a Esmeralda, buscaba su mirada pero ella lo evitaba, eso lo notaron todos los jóvenes. –Oh, tú eres Esmeralda, solías ser cercana a mi hija– comentó la señora Bristol. Alexandra no podía evitar observar con sorpresa el vestido de la señora y de su hija. De inmediato se dio cuenta de que llevaban pocos años de tener más recursos económicos dada la presentación. Sus vestidos no combinaban en absoluto y tenían demasiados adornos y joyería nada apropiada. Alexandra supo que ellos querían mostrar que eran adinerados, pero, lo que realmente mostraban era su falta de gusto y elegancia. Después de aquella incómoda intervención, se separaron. Los cuatro caminaron juntos hacia el salón más grande donde había bocadillos y los invitados ya estaban bailando. –¿Estás bien?– Edmund se acercó a su prima. –Sí, estoy muy bien– respondió con seguridad. Todos sonrieron. –Eric, nunca imaginé que usted sería mi hermano– comentó Alexandra con diversión –. Dígame, ¿nos parecemos? Eric sonrió negando con su cabeza. –Eric es un ser humano agradable, nada parecido a usted– comentó Edmund con el fin de molestar a la princesa. –Edmund– le reprendió Esmeralda con un semblante de preocupación. –Puedo hacer la misma comparación con usted y su prima– respondió en el mismo tono que el joven. Sin duda el problema no era real, la discusión no era real. Eric y Esmeralda no entendían qué había sucedido entre ellos para que la molestia fuera con un tono de juego y diversión más que en la molestia real. –Esmeralda, ¿usted va a compartir algún baile con su primo?– un par de jóvenes con mal gusto, según la princesa, se acercaron a ellos con el fin de molestarlos. –¿Me podría sostener esto? Gracias– Eric le dejó su copa a una de esas jóvenes. Alexandra reprimió una sonrisa, sabía cómo hacerlo; todo lo contrario a su acompañante. –Señorita Dubois, ¿me permite este baile? –Con gusto. Eric lleva a Esmeralda al centro del salón para empezar el segundo baile de la noche. Todos se quedaron expectantes de aquella interacción. Alexandra y Edmund sabían lo que estaba causando en la mayoría de los jóvenes presentes, pues, todos ellos hablaban de ella.
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