Capítulo XIV

4210 Words
Edmund sonrió con diversión al ver el nerviosismo de la princesa al evitar la pregunta. Regresaron a casa juntos, caminando en un total silencio, no fue incómodo, lo cual les sorprendió. Hubo momentos en los que cada uno recordaba lo que habían vivido y presenciado, un sonrojo se mostraba en sus mejillas, pero lograron distraerse con la vista del campo. Antes de entrar a la casa, Alexandra recordó lo que quería hacer antes de que el día terminara. –Joven Dubois. –¿Sí?– Edmund se detuvo, se giró para mirarla. Notó su cabello húmedo y algunos mechones pegados a su rostro. Sus ojos lo miraban sin una pizca de molestia o vergüenza, al contrario, lo miraban como si disfrutara verlo. Sus labios se movían y tenían un color carmesí, se veían suaves e imaginó cómo se sentiría su toque. El análisis de Edmund le impidió escuchar lo que ella dijo. –¿Edmund? La voz de su prima lo arrebató de sus pensamientos, se asustó por un momento, se hizo consciente de lo que su mente estaba preparando. Esmeralda estaba detrás de él. Ella escuchó la petición de Alexandra y al no escuchar una respuesta por parte de su primo, se extrañó. –Disculpe a mi primo, yo le consigo lo que necesita. –Gracias, Esme. Alexandra miró por última vez a Edmund con el ceño fruncido, no sabía interpretar la manera en que se comportó, ¿la ignoró? ¿Por qué la miró fijamente? –Princesa– murmuró antes de que ella entrara a la casa –. Mañana no iré al lago, puede ir sin preocupación. Alexandra se sonrojó de inmediato. Edmund mostró su sonrisa ladina, esa sonrisa que expresa su diversión al verla nerviosa. Ella se giró y entró a la casa. Él la vio caminar con una flor en su mano, era extraño. “¿Una flor gris?” pensó. Alexandra se dirigió al salón principal, tomó asiento al lado de la ventana y esperó por lo que le pidió a Edmund en un principio, pero se lo llevará Esmeralda. Carboncillos azules y blancos. Ella quiere darle color a aquella flor tan extraña y delicada. De esa manera pasó su tarde, dibujando y admirando la existencia de aquella flor exquisita, de la cual no podía identificar por completo. Ella había leído acerca de flores, sobre todo las flores de su reino, ella las ama y puede pasar horas mirándolas. –Es una flor extraña– la voz de Edmund la sorprendió por completo, casi arruina su dibujo. –Buenas tardes, Edmund– le contestó dándole una mirada no tan agradable ante los ojos de ella, pero ante los de él, era justo lo que esperaba ver. –Nunca había visto una flor gris, ¿dónde la encontró? –En el campo, hay una gran variedad de flores– le respondió sin molestarse a voltear a verlo, aunque tampoco estaba completamente enfocada en su dibujo, sólo suavemente trazaba líneas sobre las que ya estaban ahí. –¿Sabe el nombre de la flor?– Edmund tomó asiento a su lado, eso le sorprendió a Alexandra. –No, no lo sé. Tampoco había visto este tipo de flor. Nunca imaginé ver una flor gris y azul al mismo tiempo. –¿Azul?– le cuestiona Edmund observando con detenimiento la flor en la mesa. –Sí… ¿lo alcanza a ver?– Alexandra tomó la flor con cuidado y la llevó hacia él. Edmund observó la mano de Alexandra acercándose a él. Los dos observaron a la flor, por un momento exacto, ambos vieron lo mismo, una flor con pétalos grisáceos y algo brillante en ellos. Después, ella logró observar desde otro ángulo, pétalos azules. –¿Ahora lo ve?– insistió Alexandra. –Sólo veo gris– él dirigió su mirada hacia ella, y viceversa. En ese momento, Alexandra veía lo mismo que él, sólo gris. –Como sus ojos– murmuró sin pensarlo. Sus ojos se conectaron. Era inexplicable lo que ese momento los llevaba a sentir, los dos estaban hipnotizados con el otro, no podían pensar en otra cosa más que la tensión entre ellos que iba incrementando. No era posible negar en ese punto. Los dos sabían. Los dos lo sentían. –Alex…– susurró Edmund. Alexandra palideció ante la mención de su apodo. Nadie aparte de sus familiares la habían llamado así, era una sensación extraña… extrañamente familiar. –¡Princesa!– se escuchó el grito alarmante de Esmeralda. Los dos jóvenes se separaron, completamente asustados y aturdidos por lo sucedido. Se levantaron al mismo tiempo, esperando no levantar alguna sospecha. –¿Qué sucede, Esme? –Una carta Real ha llegado– Esmeralda sostiene en su mano temblorosa una carta. Alexandra, aún algo aturdida por momentos antes, toma la carta en sus manos. –Le daremos privacidad, princesa– murmuró Edmund. Él sabía lo que significaba que la llamara con esa etiqueta cuando minutos antes la llamó de manera íntima. Los dos compartieron una última mirada cómplice para después ella tomara asiento de nuevo y los primos se retiraran. Una carta de sus padres, ¿qué querrán decirle a su joven hija? Ellos dejaron en claro que no habría comunicación. Es muy extraño porque ahora la carta viene con la dirección, la mandaron directamente del castillo, nadie la trajo, eso significa que hay personas que pueden saber de su ubicación. Aún desconcertada, abrió la carta. “Alexandra, hija mía Me es de profunda tristeza anunciarte que tu amiga, Amanda, no ha estado bien. Se encuentra en un estado crítico de salud, y es urgente que vengas a casa. En unos días llegarán por ti, no sé cuánto tardará esta carta en llegar. Hemos arreglado todo para que sea lo más rápido posible. Por favor, se paciente hija mía, nosotros estamos cuidando de ella. Te veremos pronto. Con amor, Tu madre.” Alexandra no pudo sostener sus lágrimas ni sus sollozos. Estaba sobre la mesa llorando. Edmund y Esmeralda de inmediato entraron al salón. Los dos se alarmaron por ver a la princesa en esa situación. Edmund se acercó de inmediato, mientras Esmeralda fue por los abuelos. –¿Qué ocurre, princesa?– se acercó a ella colocando sus manos en los brazos de ella para levantarla. Ella recobró su postura, sollozando, intentó limpiar sus lágrimas. –Por favor, llame a Eric. –Está en camino junto con sus abuelos. Dígame qué sucede– Edmund buscaba con desesperación la mirada de la princesa, estaba realmente preocupado. Lo único que quería era tomarla entre sus brazos y decirle que todo estaría bien, pero no se sentía seguro con esa decisión. –Debo ir a casa. Vendrán por mí– respondió aún sin verlo a los ojos. No sabía por qué le resultaba difícil voltear a verlo, algo le impedía hacerlo. Antes de que Edmund pudiera responder algo. Los abuelos y Eric llegaron a la escena. Alexandra no dudó dos veces en levantarse y correr hacia Eric. Él la abrazó sin saber la razón. Él era lo más cercano a casa, y al tratarse de Amanda, sabe que los dos necesitan ese abrazo, aunque él aún no lo sepa. Edmund, por otro lado, quiso dejar de lado los pensamientos acerca de ellos dos, o por qué no lo abrazó a él, simplemente la situación es complicada como para cuestionarse de tal manera. –Alex, hija. ¿Qué sucede? Alexandra se separó de Eric y lo vio por unos segundos, sintiendo su corazón romperse al dar las noticias. –Amanda– murmuró antes de que un sollozo saliera por su boca. Eric palideció de inmediato. –Se encuentra muy mal, regresaremos al castillo– resumió la carta mientras las lágrimas seguían saliendo. Eric no podía articular ninguna palabra. –Oh, querida, ven aquí. Alexandra abrazó a su abuela. Edmund sintió apropiado darle un abrazo a Eric. –Ella va a estar bien, no te preocupes– Eric regresó a la realidad con el comentario de Edmund. Él asintió aún aturdido. Esa noche fue de completo silencio, las risas y comentarios que se escuchaban con cotidianeidad, no estaban presentes. La señora Cathy se quedó unos minutos con Alexandra para tranquilizarla y que se pudiera dormir, ella fingió dormirse para que su abuela se retirara, y funcionó. Alexandra no pudo dormir aquella noche, sólo quería que el sol saliera y ella estar en el castillo de un abrir y cerrar de ojos; aquel deseo lo compartía con Eric. Los abuelos, al estar igualmente preocupados por su nieta y ahora su querido Eric, decidieron que ellos también irían al castillo, no sólo ellos, los primos también irían. El abuelo se encargó de comentarles a los primos para que tuvieran listo su equipaje para primera hora en la mañana. El sonido de los caballos a toda velocidad se hizo notar al amanecer. Alexandra abrió sus ojos de inmediato, no obtuvo el sueño deseado, al igual que Eric. Él ya estaba preparado para realizar sus deberes lo más rápido posible, como lo era llevar el equipaje al carruaje. Alexandra se encontraba destrozada emocionalmente, su mente no podía pensar otra cosa que no fuera su querida Amanda. Iba bajando las escaleras sintiendo las lágrimas asomarse cuando vio a Edmund esperándola en el pie de las escaleras para ayudarla a bajar, le ofrecía su mano, ella la tomó levantando su cabeza, no pensaba llorar enfrente de él. –Princesa… Ella al bajar el último escalón dirigió su mirada al joven sosteniendo su mano. Edmund la miraba con preocupación, él no sabía qué debía decirle, ni siquiera entendía qué iba a pasar después de ese día, pero sólo quería que la princesa volviera a sonreír. Un ruido fuera de la casa hizo que ella se girara y viera al joven que bajó del caballo blanco. Alexandra no sabía si era una ilusión, un juego cruel que su mente estaba creando, hasta que lo escuchó… –Alexandra. –¡Noah! Edmund sintió el momento exacto en que la princesa dejó su mano para ir hacia el extraño en la puerta. Alexandra corrió hacia Noah, al igual que él hacia ella. Noah la sostuvo en sus brazos, era la primera vez que demostraban afecto frente a otras personas. Alexandra no pudo evitar que las lágrimas salieran con fuerza, cada vez estaba más cerca de casa. –Princesa mía, ya estoy aquí. –Noah… Amanda– murmuró entre sollozos. Edmund se quedó quieto viendo aquella escena. Observando con detenimiento a Noah, el cual ahora recuerda en alguna mención de la princesa, pero ese recuerdo no le generó ninguna satisfacción. Los ojos azules del príncipe se clavaron en el joven Dubois, los ojos grises no se retiraron por ningún momento hasta que el príncipe lo hizo primero. Edmund sintió una oleada de molestia. No le agradó en absoluto aquel caballero, si es que le queda la etiqueta, pensó él. No pasaron muchos minutos para que los carruajes estuvieran de camino al castillo. Por desobediencia por parte de Noah, él se escabulló con su caballo, por ende, Alexandra y Eric estaban solos en un carruaje. Ninguno habló durante el camino. Al llegar al castillo, Alexandra corrió hasta encontrar a sus padres. –¡Papá! El padre de Alexandra la abraza de inmediato, pero su abrazo era distinto, los dos lo sabían. El Rey Dominic tenía noticias terribles, él derramó un par de lágrimas, lo que sorprendió a todos los que estaban a su alrededor. Alexandra se separó de su padre, se quedó perpleja al verlo llorar y notar su dificultad para pronunciar alguna palabra. Ella no podía mover un músculo. Eric palideció. Él vio a la Reina Susan acercarse también con lágrimas en sus ojos. El mejor doctor del Reino caminó despacio detrás de ella. Eric cayó en sus rodillas. –Papá, quiero ver a Amanda– murmuró con la voz débil. Por primera vez, su padre no pudo mirarla a los ojos, él sentía que le había fallado a su hija. Alexandra comenzó a intuir lo que pasaba, pero no quería creerlo, no iba a creerlo. –Hija…– se acercó su madre a ella con lágrimas resbalando por sus mejillas. –No, no– balbuceaba negando con su cabeza. Sintiendo cada vez su cuerpo más pesado, su cabeza iba a explotar en cualquier momento –¡No! Pegó un grito devastador cayendo sobre los brazos de sus padres. Eric hincado sobre el suelo estaba sollozando. Los abuelos se acercaron a él, al igual que los primos, los cuales estaban tan aturdidos y llorando al igual que el resto. El príncipe estaba de pie, sin saber qué hacer. Él no podía consolar en ese momento a la princesa. Una lágrima se derramó por su mejilla izquierda. La muerte de Amanda era un acontecimiento que él no planeaba, se siente muy mal. Se retira de inmediato hacia el patio y sin poder evitarlo regresa su almuerzo sobre una maceta. Edmund lo observó todo. –Ven hija, debes sentarte. –Quiero verla– respondió sintiendo su cuerpo arder. Ni siquiera podía ver con claridad debido a las lágrimas en sus ojos. –Alex… –Por favor– murmuró entre sollozos, viendo a sus padres devastados. Los reyes asintieron y la llevaron con Amanda. Ella estaba recostada en una cama fina y cómoda, ahí pasó sus últimos días, en fiebre y con las atenciones que nunca esperó recibir, se sintió parte de la familia Real. Alexandra la vio y se acercó entre sollozos silenciosos, ella aún pensaba que la despertaría de su sueño profundo. Se sentó en la silla de madera que estaba al costado de la cama. Tomó la mano aún cálida de su mejor amiga y la besó. –Perdóname– musitó contra su mano –. Lo siento tanto Amanda. Eres mi mejor amiga. Te amo y siempre lo haré. Yo… No pudo seguir. Su dolor era tanto que sintió desfallecer en algún momento, lo cual no le aterró porque su compañera ya estaba del otro lado. –Hija, deben llevársela. –No… Dos guardias la tomaron, ella quería ejercer fuerza pero no le quedaba alguna. Antes de que se la llevaran. Eric entró. Su corazón se partió en miles de pedazos. Se acercó y tomó su mano, entre sollozos la besó. Él quería decir todo y no podía salir nada de su boca, todo lo que le quiso decir en algún momento, ahora era obsoleto y eso le dolió aún más. –Te amo, Amanda– se despidió depositando otro beso en su mano y salió. Dos guardias se acercaron a él de igual manera para llevarlo a descansar. Ese era un día oscuro para el Reino. Ni una voz se escuchaba por todo el castillo, alguno que otro pájaro cantando, pero era lo único. –Hija mía, el príncipe Noah quiere verte– le dijo su madre cepillando el cabello de la princesa. Las dos estaban recostadas en la cama de Alexandra, pasaron horas para que ella pudiera tranquilizarse. –No quiero verlo. –De acuerdo. Te traeré algo de comer. –No tengo hambre, madre. –Debes comer algo, han pasado horas. Alexandra no respondió. La reina salió de la pieza de su hija y se dirigió a la cocina, en el camino se encontró a los primos y a los abuelos afuera de la pieza de huéspedes, donde habían acomodado a Eric. –Madre, padre. ¿Qué pasa? –Queremos saber cómo está Alex. –No ha querido comer. –Si gusta, le puedo preparar sus galletas favoritas– se ofrece Esmeralda. –Eso sería espléndido– contestó la reina con una sonrisa de alivio. –Ven hija, tú también debes comer algo– la señora Cathy se llevó a la reina y a Esmeralda hacia la cocina. El señor Joe y Edmund se quedaron fuera de la pieza. –Edmund– pronunció el abuelo con un tono de voz bajo debido a que él sabe que cualquiera puede escucharlo en el castillo –. Deberías ir con mi nieta. Edmund abrió sus ojos con sorpresa por la petición, aunque tenía la esperanza de verla. –¿Está seguro? No quiero ser imprudente– Edmund jugaba con sus dedos con nerviosismo. –Ve, yo estaré pendiente de que nadie te vea. Edmund asintió y se dirigió al final del pasillo largo del castillo. Tocó a la puerta dos veces, no escuchó alguna respuesta por parte de la princesa, y decidió entrar. La pieza de la princesa era más grande de lo que se pudo haber imaginado. Un decorado en beige con detalles dorados. Pero, nada a su alrededor le llamó la atención, sólo miró a la princesa acostada en su cama, sollozando en silencio. Edmund se acercó con cuidado, él sabía que ella no lo había escuchado. Alexandra levanta su cabeza porque le resultó extraño que su madre no le hablara después de haber entrado. Ella, al ver a Edmund, detuvo su sollozo. –Princesa… –Edmund– al pronunciar su nombre, sus ojos se llenaron de lágrimas rápidamente. Edmund se acercó de inmediato y ella saltó hacia él con un abrazo. Los dos se sorprendieron por aquel acto tan íntimo. Edmund la rodeó con sus brazos, era como si sus brazos fueran hechos para sostenerla. Los brazos de Alexandra rodeaban el cuello del joven Dubois con tanta comodidad, como si fuera una de las tantas veces que ella lo había hecho. Ella encontraba esa paz reconfortante que necesitaba en ese momento. Ella estaba de puntillas para estar a su altura, por ello, lo que hizo Edmund fue tomar asiento en la cama y abrazarla. Sus sollozos fueron intensos y conforme Edmund la abrazaba con fuerza suficiente para sostenerla y al mismo tiempo para no lastimarla. La mano izquierda de Edmund fue hacia la parte trasera de la cabeza de la princesa, mientras su brazo derecho se quedaba en su espalda. La respiración de Alexandra fue más calmada conforme pasaban los segundos. Ella podía sentir entrar el aire por su nariz y distribuirse por todo su cuerpo, cuando hace minutos no podía respirar, sentía que desfallecía. Edmund, al ver que Alexandra estaba cada vez más tranquila, él también pudo relajarse. Cerró sus ojos por un momento y se concentró en el aroma que emanaba, su olor era dulce y fresco a la vez. Abrió sus ojos y la vio acomodada en su hombro con sus ojos cerrados y su respiración calmada. Él se fue moviendo hacia atrás con cuidado, suavemente hasta quedar recostados en la cama. Alexandra está acomodada en su pecho. Él pudo observar detenidamente por algunos segundos, después su mirada se fue hacia arriba. Percibiendo el aroma de la princesa recostada en su pecho, ese momento era irreal para él. “¿Qué está sucediendo conmigo?” se preguntó al darse cuenta de la tranquilidad que estaba sintiendo con la princesa entre sus brazos. Una tranquilidad que ansiaba sin saberlo. Recordó la sensación de impotencia cuando vio que ella estaba triste y él no podía hacer nada, pero ahora está con ella, y eso es todo lo que le importa. Edmund está abrazándola. Sus respiraciones se fueron sintonizando. Él fue cerrando sus ojos poco a poco, hasta quedar profundamente dormido al igual que ella. La sorpresa que se llevó la reina Susan al abrir la puerta de la pieza de su hija y ver a un joven extraño abrazando a su hija, estando los dos profundamente dormidos. La reina sonrió con alivio al ver a su hija descansando, pero olvidó que el príncipe venía detrás de ella con la esperanza de ver a la princesa. –¿Alexandra? La princesa escuchó su nombre a lo lejos. El que sí abrió sus ojos fue Edmund. Se despertó confundido y aturdido; segundos después, Alexandra abrió sus ojos. Los dos se miraron y se sonrojaron. Edmund se levantó y ayudó a la princesa a levantarse. –¿Quién es usted y qué hace en la pieza de la princesa?– se adelantó el príncipe Noah hacia Edmund. –Noah, me gustaría que esperara afuera, estoy segura que Alexandra le acompañará en el té– intervino la reina. Noah no tuvo otra opción que aceptar al asentir con su cabeza y retirarse, no sin antes darle una mirada fría a Edmund. Edmund tensó su mandíbula al recordar que él es el príncipe del que Alexandra está enamorada. Pero esa tensión desapareció cuando la miró. Alexandra tenía los ojos ligeramente rojos debido al llanto, sus mejillas rojizas al igual que sus labios. Alexandra lo miró y sintió que la mirada de él era completamente diferente. Sí lo era. –¿Usted es…?– interrogó la reina. Edmund, avergonzado se giró hacia la reina y le hizo una reverencia. –Edmund Dubois, Su Majestad– habló fuerte y claro durante la reverencia. –¿Dubois?– Murmuró la reina para sí misma –. Tu parles français? –Oui, votre Majesté. La reina Susan sonrió con satisfacción. Era el mejor francés que había escuchado en años. –¿Usted aprendió francés con su tutor? –No, lo aprendí gracias a mi padre, él era francés. “Era”. Tanto la princesa como su madre entendieron aquella oración. –Tiene un francés exquisito– le sonrió con calidez. Edmund se sintió menos incómodo –. Me encantaría seguir hablando con usted, si gusta esperar en el jardín para tomar el té. Edmund se sorprendió por la invitación, pensó en cuestionarlo, pero básicamente era una orden. –Oui, votre Majesté. Se despidió con una reverencia dirigida para las dos y después salió de la pieza de la princesa con una sonrisa dibujada en su rostro. Recordó el aroma de la princesa. Cómo su cuerpo se acomodaba perfectamente en el de él… su corazón comenzó a acelerarse. –Disculpe, ¿dónde está el jardín?– cuestionó a un joven que iba pasando. Él lo guió hasta el jardín. No era cualquier jardín, era el jardín Real, especial para las visitas o un desayuno con hermoso paisaje. Edmund entró. Noah estaba sentado y lo observó, se levantó de inmediato hacia él. –¿Usted es? –Edmund Dubois– sonrió cordialmente. –¿Francés? ¿Es príncipe? –No he tenido el gusto de saber quién es usted– respondió con una sonrisa falsa. –Príncipe Noah Chadburn. “Chadburn…” . Edmund sabe quiénes son ellos. Aquel pequeño reino, pero conocido. –¿Qué hacía en la pieza de la princesa? ¿Acaso usted no sabe que no está permitido? –Escuché que usted también quería verla en su pieza– le respondió ágilmente. Noah no lo soportaba. “¿Quién es este chico sucio e imprudente?” –Es obvio que usted no es un príncipe, ni llega al papel del ayudante del príncipe– le dio una mirada despectiva. –Gracias por su aclaración, permiso. Edmund quiso pasar por un lado de él y seguir caminando hacia la mesa donde servirían té, pero Noah no se lo permitió. –El té es sólo para los miembros de la Realeza, una pena, pero debe retirarse. –La Reina me ha invitado, no debe preocuparse– Edmund se zafó de su agresivo agarre. –La Reina Susan jamás invitaría a un plebeyo como usted a sentarse en la misma mesa que ella– murmuró entre dientes cerca de Edmund. Desde lejos pareciera que su altura es la misma, sin embargo, Noah está usando un calzado con tacón, mientras que, Edmund tiene el mismo calzado de años y está desgastado, era como si estuviera descalzo. Con ello, es claro que la altura es diferente. Mientras ellos se retaban con la mirada, la Reina quería saber todo de Edmund. –Debería ser tu tutor de francés. –No madre, no lo conoces– negó con su cabeza Alexandra sentada en su cama. –Tienes razón, hija, no lo conozco– tomó asiento junto a ella –. Por ello, quiero conocer al joven que pudo hacer que mi hija se tranquilizara y tomara un poco de sueño. Alexandra bajó su mirada, sintiendo las lágrimas acercarse para salir. –Mamá, ¿por qué Amanda se fue? Alexandra comenzó a llorar. Susan la abrazó con fuerza hasta que se tranquilizó. Su madre le ayudó para vestirse para el funeral de su amada amiga. Era muy difícil para todos porque cada persona en el castillo la conocía y sabía lo especial que era. Todos estaban tristes y devastados por su fallecimiento, era una joven tan joven y llena de sueños, uno de ellos era el estar con Eric. Eric se quedó en la pieza que le habían dado. No paró de llorar por horas. Su pecho le ardía. Sin duda estaba más que devastado. Él no tenía a nadie con quien sentir apoyo, al menos eso pensó hasta que llegó el abuelo Joe a su pieza. –Señor Cavendish– se levantó del suelo, quitando las lágrimas en un intento fallido. –No, hijo, siéntate– Joe se acercó hasta él y le dio un abrazo. Eric sollozó. No sabía cuánto necesitaba apoyo hasta que lo recibió. El abuelo Joe supo que Eric estaba destruido en una manera diferente que su nieta, pero, su dolor también era válido y él necesitaba de alguien.
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