Amélie subió los escalones con su bolso colgado del hombro, murmurando algo ininteligible sobre cafés fríos y deadlines imposibles. Estaba cansada, despeinada y, sobre todo, convencida de que no tenía cabeza para Lucas. Ni para sus sonrisas, ni para su maldita facilidad para aparecer cuando ella menos lo esperaba. Pero el universo, siempre tan ocurrente, decidió que ese pensamiento era una invitación. Porque justo al girar en el pasillo del tercer piso, ahí estaban: Lucas, de pie frente a su puerta, y la chica alta, de cabello oscuro y rizado, que hablaba con él animadamente mientras gesticulaba con una baguette en la mano. Amélie se congeló a mitad de paso. Lucas levantó la vista y la vio enseguida. Esa sonrisa suya —la que parecía encender todas las bombillas del pasillo— apareció s

