Las persianas de Amélie dejaban pasar apenas un hilo de luz, suficiente para que su alarma la sacudiera con insistencia. A diferencia del miércoles, el apartamento estaba silencioso: ni maullidos, ni risa, ni pasos apresurados. Solo el zumbido del refrigerador y el aroma tenue del café recién hecho desde el apartamento de al lado.
Amélie se incorporó con cuidado, frotándose los ojos. Cada movimiento parecía medido, casi ritual, como si el simple hecho de caminar pudiera alterar la tensión invisible que flotaba en el aire. Se sirvió un café, n***o, demasiado amargo, y dio un sorbo lento, dejando que el calor le subiera por la garganta y le despejara la mente. Agradeció, en silencio, que Lucas no estuviera por los alrededores. Por ahora, al menos, podía fingir normalidad.
Dejó comida a su gato y se dirigió a su trabajo.
—Buenos días, bella dormilona —dijo una voz traviesa desde el marco de la puerta.
Amélie giró, apenas sonriendo, y vio a Marina apoyada con naturalidad, con los brazos cruzados y esa media sonrisa que siempre la hacía sentir atrapada. La luz del sol filtrándose a través de la ventana iluminaba su cabello castaño, reflejando destellos que Amélie no necesitaba para saber que venía con un plan de juego.
—Buenos días, Marina —respondió Amélie, conteniendo el suspiro que amenazaba con delatarla—. Llegas temprano.
—Demasiado temprano, diría yo —replicó Marina, acercándose y apoyándose en el escritorio, con esa facilidad de quien sabe demasiado sobre los secretos ajenos—. Pero no vine a hablar de eso. Vine a ver si finalmente vas a admitirlo.
Amélie arqueó una ceja, sujetando su taza con firmeza.
—¿Admitir qué?
—Que tu vecino te gusta —dijo Marina sin rodeos, inclinándose un poco para que la gravedad de sus palabras pesara más—. Te he visto ayer, entrando y saliendo de tus pensamientos.
—Eso… eso es ridículo —dijo Amélie, aunque el calor subiendo a sus mejillas la delataba. Dio un sorbo de café para ganar tiempo y fingir indiferencia—. El está f los con su novia.
—Ridículo… o conveniente y no sabes si es su novia o no —replicó Marina, con una risa baja, divertida—. Vamos, Amélie, llevamos ya un mes con esa apuesta y tú lo sabes. Dices que ya se acabó el mes y que ganaste, pero estoy segura de que solo es cuestión de tiempo. Solo te estás engañando a ti misma.
Amélie rodó los ojos, aunque su corazón latía un poco más rápido de lo habitual.
—¡La apuesta terminó! —dijo, aunque su voz no logró sonar del todo convincente—. Y sí, gané.
—¿Ganaste? —Marina puso una mano en la cadera, girando lentamente como si analizara cada reacción de su amiga—. Te recuerdo que la apuesta no era solo sobre quien caía primero. Era sobre quién se rendía ante sus sentimientos. Y hasta ahora, lo único que has hecho es esquivar.
Amélie dejó de usar su computador. Sus dedos temblaban un poco, pero ella se obligó a mantener la compostura.
—Es diferente. No se trata de rendirse, se trata de mantener distancia. Solo somos vecinos. Eso es todo.
Marina soltó una carcajada.
—Vecinos… claro. Eso es lo que dices ahora, pero todos sabemos cómo termina esta historia. Y no me vengas con excusas de trabajo o rutina.
Amélie suspiró y caminó hacia la ventana, observando la calle que comenzaba a llenarse de coches, bicicletas y pasos apresurados y, por un instante, sintió un alivio momentáneo: no había Lucas, no había miradas que interpretar, no había tensión que manejar.
—Lo siento, Marina —dijo, girándose hacia ella con un gesto casi severo—. Pero hoy tengo trabajo. De verdad necesito concentrarme.
—Ajá —replicó Marina, apoyando la barbilla en su mano—. Concentrarte, claro. Pero te voy a decir algo: no puedes controlar lo que sientes. No puedes pretender que tu corazón no haga piruetas cada vez que Lucas está cerca, y mucho menos cuando te sorprende mirándote.
Amélie se mordió el labio, incapaz de encontrar una respuesta que no sonara a excusa.
—Mira, ya terminé con la apuesta. Fue divertido, sí, pero ahora no hay nada más que decir. El tiene novia.
—¿Nada más que decir? —Marina soltó una risa ligera, como si disfrutara de un secreto que Amélie todavía no admitía—. Te apuesto lo que quieras que esta historia se alarga. Estoy segura de que terminarás cayendo en sus brazos. Solo cuestión de tiempo, amiga.
Amélie frunció el ceño, pero no pudo evitar que un calor incómodo subiera por su cuello y mejillas. Marina tenía una habilidad frustrante para ver a través de ella, para nombrar sentimientos que ella misma se negaba a reconocer.
—Eso no va a pasar —dijo, firme, aunque su voz traicionaba un leve temblor.
—Claro que sí —insistió Marina, sonriendo—. Y mientras tanto, tú seguirás esquivando, él seguirá con sus comentarios torpes y tú terminarás mirándolo desde tu balcón, preguntándote si el universo está jugando con ustedes.
Amélie respiró hondo y dio un paso atrás, apoyándose contra la pared. La brisa entraba por la ventana abierta, moviendo ligeramente las cortinas y trayendo consigo el aroma de café y pasteles, mezclado con la humedad de la calle. Cerró los ojos un momento, tratando de ordenar sus pensamientos y calmar el acelerado latido de su corazón.
—Marina, basta —dijo finalmente, aunque más suavemente—. Hoy necesito paz. No quiero hablar de él ni de apuestas ni de… sentimientos.
—Está bien, está bien —replicó Marina, levantando las manos en señal de rendición—. Pero no digas que no te lo advertí. La tensión entre ustedes dos es evidente. Hasta Croissant lo sabe, y ese gato es más sensato que la mayoría de los humanos.
Amélie se permitió una sonrisa involuntaria, y Marina aprovechó el momento para guiñarle un ojo antes de salir del apartamento, dejando tras de sí un aroma sutil a perfume y café.
Una vez sola, Amélie se giró hacia su escritorio, intentando concentrarse en los manuscritos. Cada palabra parecía danzar ante sus ojos, como si el propio texto se burlara de su incapacidad para concentrarse. El murmullo del viento contra la ventana y el goteo lejano de la lluvia del día anterior se mezclaban con el tictac del reloj, creando un ritmo que apenas podía seguir.
Trabajar le permitió organizar sus pensamientos: concentrarse en traducciones, fechas de entrega y clientes exigentes. Y sobre todo, mantener a Lucas fuera de su cabeza. Cada paso por las calles húmedas y ligeramente resbaladizas del bulevar le recordaba que había un mundo más allá de su vecino atractivo y sus silenciosas sonrisas compartidas desde balcones opuestos.
Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, la tensión seguía ahí, invisible pero palpable. Cada sonido parecía recordarle su ausencia y su presencia al mismo tiempo. Todo parecía formar parte de un escenario donde Lucas podía aparecer en cualquier momento, con su risa y esa manera de mirar que, por alguna razón, siempre llegaba directo al corazón de Amélie.
Marina no se equivocaba. La apuesta podía haber terminado en papel, pero en la vida real, nada de eso se disipaba tan fácilmente. Cada interacción, cada gesto, cada mirada compartida en los días anteriores era una cuenta pendiente que aún no tenía un cierre.
Al final de la jornada, Amélie salió de la oficina con la sensación de que el mundo había estado un poco más pesado de lo normal. El aire de la tarde era fresco, cargado con un aroma que mezclaba tierra mojada y panadería cercana, y, por primera vez, notó la brisa acariciando su rostro de manera insistente, casi como un recordatorio de que no podía huir de lo que sentía.
Mientras caminaba hacia su edificio, sus pensamientos se mezclaban con los sonidos de la ciudad: risas de niños, motores lejanos, el eco de pasos en la acera húmeda. Intentó calmar su mente, enfocándose en las cosas prácticas: las llaves en el bolso, la puerta del apartamento, la taza de té que se prometía para la noche. Pero su mirada inevitablemente se desvió hacia el tercer piso, hacia el balcón de Lucas.
No estaba ahí. No había rastro de él, ni de su risa, ni siquiera de Croissant. Y, sin embargo, la ausencia pesaba, igual que la presencia de una promesa pendiente.