Capitulo 19

1600 Words
La mañana del miércoles trajo una brisa fresca y una sensación extraña de ausencia. Lucas se despertó con el aroma habitual del café… pero sin el sonido familiar de maullidos en su balcón. —¿Dónde está el gato? —preguntó Clara, mientras untaba mantequilla en una tostada, con la naturalidad de quien comenta el clima—. El gato diplomático, ese que te visita cada día. —Eso mismo me estoy preguntando —murmuró él, asomándose por la ventana. El alféizar del apartamento de Amélie estaba vacío. La ventana, cerrada. Demasiado cerrada. Lucas frunció el ceño, sintiendo una punzada rara en el pecho, como si faltara una pequeña pieza de su rutina. —Raro. Ayer estuvo aquí hasta tarde, durmiendo sobre mi sofá —dijo, más para sí que para su hermana. Clara, sin perder el ritmo de su desayuno, se encogió de hombros. —Quizá su dueña se cansó de tus sobornos con atún. —Quizá —respondió él, pero la inquietud le picó un poco más de lo normal. El reloj marcaba las nueve. Clara ya se preparaba para salir a conocer el mercado local, mientras Lucas apilaba sus notas de trabajo. Pero cada tanto, su mirada se desviaba hacia el balcón vacío, esperando ver la cola del gato moverse entre las macetas. Nada. A media mañana, la rutina del edificio se desplegó como un teatro costumbrista. La señora Valverde, la casera, apareció en el pasillo con su bata de flores y un moño imposible en la cabeza, armada con su plumero y su libreta de quejas. —¡Buenos días, Lucas! —saludó, deteniéndose frente a su puerta con una sonrisa entre maternal y entrometida—. No sabe el susto que me llevé anoche cuando escuché pasos en su balcón. Pensé que era un ladrón. Pero era el gato de la vecina. —Croissant —aclaró Lucas, intentando no reír—. Sí, suele venir seguido. Pero hoy no apareció. —Ajá. —Ella levantó las cejas con significado—. Y eso le preocupa, ¿eh? —Bueno, sí, un poco. Es raro. —Raro, raro… —repitió ella, con voz de quien disfruta encontrar drama—. Mire, Lucas, yo he vivido muchos años, y le digo que los gatos sienten cuando algo cambia en el aire. Si no ha venido, seguro algo pasa. Lucas sonrió, divertido. —¿Algo como qué? —Como un malentendido amoroso, por ejemplo. —¿Entre el gato y yo? —bromeó él. —Entre usted y la dueña del gato —corrigió ella, dándole un golpecito en el brazo con el plumero—. ¡Los animales lo notan todo! Mire, yo he visto suficientes telenovelas para saber cuándo hay tensión romántica. En ese momento apareció don Ernesto, con su gorra de béisbol, una bolsa de pan y su aire de detective retirado. —¿De qué tensión están hablando? —preguntó con una sonrisa, oliendo el chisme. —De la señorita del 3B y el señor del 3A —respondió la casera con rapidez—. La cosa está que arde. —Ah, sí —asintió don Ernesto, apoyándose en el pasamanos—. Lo noté desde el otro día. Ella le sonreía de una forma que solo se ve en los episodios finales. —¿Finales de qué? —preguntó Lucas, entre risas. —De cualquier historia donde alguien termina enamorado —dijo don Ernesto con solemnidad—. Yo veo Corazones de Fuego todas las noches, y le digo que usted está en el capítulo donde el protagonista todavía no se entera de que ya cayó. Lucas negó con la cabeza, divertido y algo sonrojado. —No hay historia. Solo somos vecinos. —¡Eso dicen todos al principio! —replicó la señora Valverde, riendo mientras se alejaba por el pasillo—. Pero el amor, joven, siempre empieza con una excusa tan inocente como un gato perdido. Lucas cerró la puerta con una sonrisa torcida, aunque en el fondo algo de lo que dijeron le quedó dando vueltas. Tal vez sí había cambiado algo desde el día anterior. Tal vez lo notaba porque, por primera vez, quería que no cambiara. ✨✨✨ Esa tarde, el cielo de París (o de cualquier ciudad con edificios de ladrillo y balcones antiguos) estaba cubierto de un gris que prometía lluvia. Amélie salió del trabajo con la cabeza llena de frases inconclusas y tazas de café mal tomadas. Las luces del bulevar se reflejaban sobre los charcos, y el murmullo de la gente le pareció más lejano de lo habitual. Subió las escaleras de su edificio con paso rápido, sujetando el abrigo contra el viento. Tenía esa urgencia de quien necesita llegar a casa antes de que los pensamientos alcancen el ritmo del corazón. Pero el destino, siempre en modo travieso, ya la esperaba en forma de vecino curioso en la entrada. —¡Amélie! —la llamó Lucas, con esa voz alegre que ahora le parecía irritantemente encantadora. Ella lo miró apenas, con gesto contenido. —Lucas. —¿Tienes un momento? Quería preguntarte por Croissant. No lo he visto desde ayer. —Está bien —respondió ella, seca, sin detenerse. —Ah… —él la siguió unos pasos, confundido—. Solo me preocupaba. Pensé que tal vez se había enfermado o… —No —lo interrumpió—. Está perfectamente. Muy saludable, muy doméstico. Él arqueó una ceja. —De acuerdo. Bueno, me alegra saberlo. Amélie asintió con un gesto cortante. —Si me disculpas, tuve un día largo. Subió sin mirar atrás, pero en el último tramo de la escalera sintió su mirada siguiéndola. Y eso, aunque no quería admitirlo, le aceleró el pulso. Lucas, por su parte, se quedó unos segundos frente a la puerta, sin entender nada, ella parecía una desconocida envuelta en distancia. —¿Qué dije? ¿Qué hice? —murmuró, rascándose la nuca. Clara apareció detrás de él, con su bolso colgado al hombro y una sonrisa de quien disfruta las telenovelas ajenas. —¿Problemas de comunicación con la vecina bonita? —No lo sé. Ayer todo estaba bien. Hoy… ni idea. —Quizá le gusta complicar las cosas —bromeó ella—. O quizá le gustas tú y no lo sabe manejar. Lucas la miró con una mezcla de sorpresa y risa. —No digas tonterías. —Oh, hermano —replicó Clara con una sonrisa traviesa—. Esas miradas no se confunden. Créeme, tengo experiencia en ver gente intentando fingir que no siente nada. —Solo somos amigos —insistió él. —Claro. Y yo vine solo por turismo —dijo ella, riendo mientras entraba al edificio. Lucas se quedó un momento más en la acera, mirando hacia las ventanas del tercer piso. Una de las cortinas se movió apenas, como si el edificio le guiñara un ojo. La lluvia comenzó a caer en gotas gruesas y espaciadas, mojando el suelo y llenando el aire con ese olor húmedo que mezcla tierra, piedra y promesas. Esa noche, Amélie intentó concentrarse en una traducción, pero cada palabra en el manuscrito parecía volverse una distracción más. El sonido del teclado se mezclaba con la lluvia que golpeaba suavemente los cristales. Croissant dormía sobre el sofá, indiferente al drama humano, estirando las patas con total descaro. Amélie se levantó, caminó hasta la ventana y miró hacia el otro balcón. Las luces del apartamento de Lucas estaban encendidas. Se veían sombras moverse, y de vez en cuando se escuchaban risas. Amélie apoyó la frente contra el vidrio frío. —No te importa —se dijo a sí misma—. No te importa en absoluto. Pero su reflejo, con los ojos brillantes y la sonrisa perdida, no parecía creerle. La lluvia repiqueteaba como un metrónomo lento. A lo lejos, se escuchaba la voz de la señora Valverde llamando a don Ernesto por el pasillo. —¡Ernesto, rápido! ¡Ya empezó la telenovela! ¡El protagonista está triste y la protagonista lo busca por el balcón! Amélie sonrió sin querer. —Vaya ironía —murmuró, mirando el cielo que se deshacía en agua. En el apartamento contiguo, Lucas se sentó en su sofá con una copa de vino y la mente lejos de la película que Clara había puesto. El televisor proyectaba destellos de luces y diálogos en voz alta, pero él apenas los escuchaba. La lluvia tamborileaba en el balcón, y por alguna razón, ese sonido le recordó la risa de Amélie y todo lo ocurrido con ella. —Estás pensando en ella —dijo Clara, sin apartar la vista de la pantalla. —¿En quién? —No te hagas. En tu vecina. Lucas soltó una carcajada breve. —Eres insoportable. —Y tú, predecible. Ambos rieron. Pero en el fondo, las palabras de su hermana se quedaron flotando en el aire. Afuera, la lluvia caía sin prisa, lavando los balcones, los gatos y las excusas. Y en los dos apartamentos contiguos, entre luces tenues y promesas no dichas, dos personas pensaban lo mismo sin saberlo: Ojalá mañana sea menos complicado. Mientras tanto, en el piso inferior, la señora Valverde y don Ernesto debatían apasionadamente frente al televisor. —Te lo dije, Ernesto, ¡él está enamorado y no lo quiere admitir! —exclamó ella, agitando una galleta. —Bah, eso dicen todos los personajes antes del beso final —respondió él—. Ya verás, esto terminará con lluvia. Siempre termina con lluvia. En el techo, efectivamente, la lluvia seguía cayendo. Como si el universo, con humor de guionista, les diera la razón.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD