El cielo tenía el mismo azul lavado del día anterior, y los gorriones del vecindario parecían haber firmado un contrato para cantar en coro justo frente a la ventana de Amélie.
El despertador sonó tres veces antes de que ella lo detuviera con un suspiro. Se incorporó despacio, con el cabello desordenado y esa niebla matinal que se instala entre los pensamientos antes del primer sorbo de té.
Croissant ya estaba despierto, sentado sobre el alféizar, mirando con un interés sospechoso hacia el balcón del vecino.
—No empieces —murmuró Amélie, frotándose los ojos—. Ni siquiera sé si él está despierto.
El gato la miró sin parpadear, con la dignidad de quien no discute con humanos confundidos.
A esa hora, el edificio ya vibraba con su pequeño concierto cotidiano.
La señora Valverde, del tercer piso, regaba sus plantas con una dedicación casi religiosa y saludaba a cada transeúnte con un movimiento de mano.
Don Ernesto, se sentaba en el banco del portal a leer el periódico y comentar el estado del mundo —y del vecindario— con igual dramatismo.
—Te lo dije, Valverde —refunfuñó esa mañana, ajustándose las gafas—. Esa muchacha del tercer piso tiene el corazón en líos. Se le nota. Ayer traía la mirada de quien se pregunta si hizo bien o si hizo mal.
—Ay, Ernesto, tú ves telenovelas hasta en los buzones —replicó ella con una sonrisa—. Pero reconozco que hay algo raro. Desde que llegó la vecina nuevo, el aire del edificio huele a romance mal gestionado.
Ambos rieron con complicidad mientras un gato cruzaba el pasillo y desaparecía tras la puerta de Amélie.
—Mira, ahí va el mensajero del drama —añadió la señora Valverde—. Si los gatos hablaran, ya sabríamos en qué capítulo va esta historia.
El día transcurrió sin incidentes.
O eso creyó Amélie hasta que regresó del trabajo, cuando el universo decidió recordarle que la calma es, a menudo, el preludio del caos.
El reloj marcaba casi las seis y media cuando dobló la esquina del edificio.
Traía los auriculares puestos y una bolsa de papel en la mano con una baguette y un ramo pequeño de flores que había comprado sin pensarlo demasiado.
La calle olía a lluvia vieja y pan recién horneado.
Todo parecía, por un instante, exactamente como debía ser.
Hasta que lo vio.
Lucas.
De pie frente al portal, con una mujer abrazada a él.
Ella era un torbellino de color y movimiento: cabello castaño claro recogido en una coleta alta, sonrisa fácil, risa sonora.
Llevaba un vestido verde que parecía absorber la luz, y se aferraba a Lucas con la naturalidad de quien ha abrazado muchas veces.
Amélie se detuvo en seco.
El corazón le dio un pequeño salto, uno de esos que duelen más de lo que deberían. No escuchó la música ni el rumor de la calle; solo ese zumbido sordo que se instala en los oídos cuando el orgullo y la confusión chocan de frente.
Él reía también.
Una risa ligera, despreocupada. La misma con la que había dicho “solo amigos” el día anterior.
Amélie apretó la bolsa entre los dedos y, sin pensarlo, giró la llave del portal con una rapidez innecesaria.
Entró al edificio sin mirar atrás, fingiendo que nada dolía, que nada importaba.
Subió los escalones con el corazón acelerado. Croissant maulló desde el interior del apartamento cuando oyó la puerta abrirse.
—Ni una palabra —dijo Amélie en voz baja, cerrando tras de sí—. Ni una sola palabra, Croissant Dubois.
El gato la miró con esa mezcla de curiosidad y fastidio que solo los felinos dominan. Ella dejó las flores sobre la mesa, soltó el bolso y se quedó un instante quieta, respirando hondo.
Desde la ventana se escuchaban voces. Risas. Y una de ellas —la femenina, alegre, musical— resonó más alto que todas.
Amélie corrió las cortinas y miró hacia el balcón de Lucas. Allí estaban. Él y la desconocida. Ella hablaba con las manos, entusiasta, mientras Lucas le servía vino en dos copas.
Amélie sintió cómo una corriente de algo tibio y ácido le subía por el pecho.
—Perfecto —susurró—. El vecino encantador también tiene novia. Por supuesto.
Croissant maulló con interés, saltando hacia el alféizar.
—Ni se te ocurra —advirtió ella, señalándolo—. Hoy no hay visitas, ni paseos al balcón del caos.
Mientras tanto, en el piso inferior, la señora Valverde servía té a don Ernesto frente al televisor apagado. No lo necesitaban: la verdadera programación ocurría en las ventanas.
—Ahí están otra vez —dijo ella, apartando una cortina—. El muchacho con una señorita. ¡Y qué señorita! Parece sacada de una revista.
Don Ernesto se asomó por encima de su hombro, con el entusiasmo de quien asiste a un estreno.
—Ajá. Ya sabía yo. La otra muchacha —¿cómo se llama? ¿Amalia? ¿Amaranta?—
—Amélie, Ernesto. Se llama Amélie.
—Eso. Amélie. Pues se acabó el romance, querida Valverde. El vecino ha cambiado de elenco.
La señora Valverde le lanzó una mirada de reproche.
—No seas trágico, hombre. Quizá sea su hermana.
—Nadie abraza así a una hermana —gruñó él, cruzando los brazos—. Eso es abrazo de promesa incumplida.
—Tú hablas como si hubieras protagonizado una novela mexicana.
—Y tú miras como si te pagaran por los ratings.
Ambos rieron, satisfechos de ser los cronistas no oficiales del edificio.
Esa noche, mientras el cielo se tornaba violeta y las luces de los balcones parpadeaban, Amélie sacó de un cajón un pequeño cierre de seguridad y lo instaló en la ventana con una determinación casi heroica.
—Lo siento, Croissant, pero a partir de hoy somos un hogar sin aventuras interdepartamentales.
El gato bufó con indignación. Ella sonrió apenas, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos.
La cena fue silenciosa.
Solo el sonido de los cubiertos y la televisión encendida de fondo, donde un programa de cocina se repetía en bucle.
Amélie intentó leer, pero las palabras se negaban a ordenarse.
Cada frase terminaba torciéndose en una imagen: Lucas riendo, Lucas sirviendo vino, Lucas abrazando a otra.
—Absurdo —murmuró, —. Completamente absurdo.
Sin embargo, cuando apagó la luz y se recostó, el pensamiento volvió, insistente, como un mosquito en verano.
¿Por qué me importa tanto?
Mientras tanto, dos pisos más abajo, los cronistas del caos nocturno tomaban asiento para su informe final.
—Te dije que ella iba a cerrar las cortinas —murmuró don Ernesto con voz triunfal, observando el resplandor apagarse en la ventana de Amélie.
—Claro que las cerró —dijo la señora Valverde—. Tiene el orgullo herido. Las mujeres con el corazón inteligente hacen eso: se esconden antes de que alguien las vea derrumbarse.
—Y Lucas… —añadió él, asomándose un poco más—. A juzgar por el vino, está celebrando algo.
—O tapando un problema con vino, que es lo mismo.
Ambos guardaron silencio un instante, escuchando cómo la lluvia comenzaba a caer sobre los tejados.
—¿Sabes, Ernesto? —dijo ella, suspirando—. Tal vez están destinados, pero aún no se han dado cuenta.
—O tal vez sí se han dado cuenta, y por eso todo es un lío —respondió él, con una sabiduría melancólica.
La señora Valverde asintió.
—Mañana, cuando se crucen en la escalera, sabremos en qué capítulo estamos.
Y con esa conclusión, cerraron las cortinas y apagaron la luz, dejando que el edificio respirara entre murmullos, vino y malentendidos.
✨✨✨
Lucas, por su parte, no tenía idea de que el universo acababa de cambiarle el estatus sentimental sin consultarle.
La “misteriosa mujer del vestido verde” no era otra que Clara, su hermana menor, recién llegada de Marsella sin previo aviso y con la energía de un huracán en vacaciones.
Había aparecido esa tarde en la puerta con una maleta enorme, un abrazo que casi le rompe las costillas y la frase:
—¡Sorpresa! Te dije que vendría, solo olvidé mencionar cuándo.
Desde entonces, el apartamento se había llenado de risas, música y aroma a perfume floral. Clara hablaba sin pausa, curioseaba cada rincón y se burlaba con cariño de su hermano.
—Así que esta es tu guarida. Esperaba algo más… ordenado.
—Está ordenado. A mi manera.
—Tu manera es el caos, Lucas. Pero admito que tiene encanto.
Él sonrió, resignado. Había olvidado lo agotador —y entrañable— que era tenerla cerca.
Mientras Clara abría su maleta y sacaba recuerdos, los ecos de sus risas llegaban hasta las paredes vecinas, alimentando teorías, suspiros y un nuevo episodio en la telenovela del edificio.
Porque, para la señora Valverde y don Ernesto, el amor (aunque fuera prestado) siempre encontraba un modo de mantenerlos entretenidos.