A eso de las diez de la mañana, cielo estaba tan limpio que parecía recién lavado. Las nubes, si es que existían, se habían tomado el día libre, y el sol filtraba su luz con una suavidad engañosa, de esa que invita a creer que todo va a salir bien… aunque el corazón aún no esté convencido.
Amélie se miró en el espejo del recibidor con la taza de té en una mano y el bolso en la otra. Llevaba una blusa blanca, un pantalón color arena y su cabello suelto, todavía húmedo por la ducha. Croissant dormitaba sobre la silla, como si no le importara en absoluto que su dueña tuviera que enfrentar otro día de adultos funcionales.
—No me mires así —le dijo Amélie, mientras recogía las llaves—. No todos tenemos el privilegio de dormir dieciséis horas al día.
El gato bostezó en respuesta, confirmando que, efectivamente, sí tenía ese privilegio.
Cuando abrió la puerta, el aire fresco de la mañana la envolvió con ese olor a pan recién hecho, asfalto húmedo y café tostado que parecía flotar en todo el vecindario. Dio un paso afuera y apenas alcanzó a cerrar tras de sí cuando una voz familiar, cálida y ligeramente divertida, la detuvo.
—Buenos días, mademoiselle Dubois.
Lucas estaba allí, apoyado con desparpajo en el marco de su propia puerta, con el cabello despeinado de recién levantado, una camiseta gris y una sonrisa que habría derretido la paciencia de un santo.
—Lucas —dijo ella, sorprendida, intentando sonar casual—. Qué temprano te levantas hoy.
—Digamos que la curiosidad es un despertador más eficaz que la alarma del móvil —respondió él, señalando con la barbilla la taza de té que ella sostenía—. Y el olfato también. Huele a jazmín… o a conspiración.
Amélie rodó los ojos, conteniendo una sonrisa.
—Solo té. Sin conspiraciones.
—Lástima. Conspirar contigo suena divertido.
Ella fingió ignorarlo, ajustándose el bolso en el hombro.
—Por cierto, gracias por el detalle, —dijo con una sonrisa más sincera de lo que planeaba—. Fue… muy bonito.
Lucas levantó las cejas, complacido.
—¿Lo ves? No soy un completo desastre.
—Todavía no —replicó, mirándolo de reojo—. Aunque supongo que eso depende de la cantidad de vino que haya en la próxima cena.
Él rió, esa risa baja y contagiosa que se le escapaba sin permiso.
—Lo tendré en cuenta.
Un silencio ligero se extendió entre ambos. El tipo de silencio que no incomoda, pero tampoco deja respirar del todo. Hasta que él rompió el hechizo con un gesto improvisado.
—¿Puedo acompañarte?
—¿A dónde?
—A donde sea que vayas tan decidida a las diez de la mañana.
Amélie arqueó una ceja.
—A trabajar.
—Perfecto. Siempre quise saber cómo luce una mujer seria en su entorno natural.
—Lucas… —empezó a protestar, pero él ya se había acercado con ese aire despreocupado de quien no teme cruzar fronteras invisibles.
—Prometo comportarme. Bueno, casi.
Ella suspiró, pero en el fondo, una parte de sí —esa que odiaba admitir— ya había cedido.
—Está bien. Pero solo hasta la esquina.
—Trato hecho —respondió él, sonriendo como si acabara de ganar una apuesta.
Caminaron juntos por la acera mientras la ciudad despertaba lentamente. Los puestos de flores abrían sus toldos, el panadero de la esquina barría las migas de la mañana anterior, y un anciano paseaba a su perro con la calma de quien no tiene prisa por llegar a ninguna parte.
El sol caía en ráfagas doradas sobre las fachadas y el aire olía a mezcla de café, tinta y pan caliente.
—Entonces, ¿a qué te dedicas exactamente? —preguntó Lucas, guardando las manos en los bolsillos.
—Trabajo en una editorial independiente —respondió ella—. Traduzco manuscritos del francés al español.
—¿Traduces historias?
—En cierto modo. Ayudo a que crucen fronteras —dijo, sonriendo con un dejo de orgullo—. Es bonito pensar que las palabras también viajan.
—Me gusta eso —murmuró él, observándola de perfil—. Suena poético… aunque apuesto a que también tiene su lado caótico.
—Más del que imaginas. Hay plazos imposibles, autores quisquillosos y café suficiente para flotar una ballena.
—Entonces estás hecha para ese mundo —dijo con convicción—. Los buenos traductores necesitan alma de artista y paciencia de santo.
—¿Y tú qué sabes de santos?
—Solo que nunca aprobarían mis métodos —contestó, con una media sonrisa.
Amélie soltó una risa suave, esa que siempre la tomaba por sorpresa cuando él estaba cerca.
Y justo ahí, en medio de la calle empedrada, entre los ruidos cotidianos y el aroma a panadería, algo invisible pareció tensarse entre ambos.
Lucas la miró. No de esa forma en que uno observa, sino como quien descifra. Sus ojos tenían un brillo que desarmaba, mezcla de curiosidad y ternura contenida.
Ella desvió la vista hacia el escaparate de una librería, fingiendo interés en una novela mal colocada.
—No deberías mirar así —susurró.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras a punto de escribir una historia que aún no existe.
Lucas sonrió, ladeando la cabeza.
—Tal vez ya empezó.
—Entonces asegúrate de no escribir el final todavía —replicó ella, intentando sonar ligera, aunque la voz le tembló apenas perceptible.
Él asintió, con un destello de comprensión.
—De acuerdo. Entonces hagamos un pacto.
Ella lo miró, desconfiando.
—¿Qué clase de pacto?
—De amigos —respondió, alzando la mano como si jurara ante un tribunal invisible—. Solo amigos. Sin dramas, sin expectativas, sin vino en la ropa.
Amélie lo observó unos segundos, debatiéndose entre la risa y una punzada en el pecho.
—¿Y por qué siento que eso último será lo más difícil de cumplir?
—Porque me conoces demasiado bien.
Ambos rieron. Pero bajo la ligereza del momento, Amélie sintió algo distinto. Como si las palabras “solo amigos” fueran una manta demasiado corta para cubrir todo lo que realmente se movía debajo.
El pacto estaba sellado, sí, pero en su interior, una voz bajita —esa que siempre aparecía cuando bajaba la guardia— le susurró que había firmado un trato que no quería cumplir.
Continuaron caminando un par de calles más. El tráfico aumentaba, las bicicletas pasaban con campanillas impacientes, y el aire se llenaba de conversaciones ajenas. Lucas hablaba de la cena del edificio del sábado, de los vecinos que planeaban organizar otra reunión, de lo insoportable que era su impresora.
Ella lo escuchaba con atención, aunque su mente viajaba por otro lado. Recordaba los últimos meses, el cambio, la sensación de empezar desde cero.
Recordó también el rostro de su ex, la voz con la que él había pronunciado aquella frase que todavía dolía como un eco no resuelto:
“No estamos destinados a estar juntos, Amélie. No hay futuro en esto.”
Y lo peor no había sido escucharlo, sino verlo días después, sonriendo junto a otra, como si el destino hubiera estado esperándolo en la esquina mientras ella aún aprendía a respirar.
Desde entonces, había prometido no volver a enamorarse de nadie que pudiera tocar su puerta a diario. Y mucho menos de alguien que hiciera del caos un arte.
Pero Lucas…
Lucas tenía esa forma de mirar que hacía tambalear cualquier promesa.
—¿Estás bien? —preguntó él de pronto, sacándola de sus pensamientos.
—Sí —dijo rápido, sonriendo—. Solo pensaba en cosas sin importancia.
—Ah, las cosas sin importancia son las más peligrosas —comentó él, con tono divertido—. Son las que te cambian el día cuando no miras.
Ella sonrió, aunque no lo miró directamente.
—Quizá tengas razón.
Caminaron el último tramo en silencio, hasta llegar frente al edificio antiguo donde se encontraba la editorial. Las letras doradas del cartel relucían con un aire bohemio: Maison des Mots.
Amélie se detuvo frente a la puerta.
—Aquí es.
—Bonito nombre —dijo él—. Casa de las palabras. Te va perfecto.
Ella lo miró, intentando memorizar ese instante, su figura bajo el sol de media mañana, el cabello despeinado, la sonrisa fácil.
Y quiso, por un segundo, que el día no siguiera.
—Gracias por acompañarme —murmuró—. A pesar de haber prometido solo hasta la esquina.
—Promesas flexibles, ya sabes —replicó él—. Soy un hombre de palabra… la mayoría del tiempo.
Ella soltó una risa que se le escapó desde el pecho.
—Hasta luego, Lucas.
Él se inclinó levemente, con una reverencia fingida.
—Hasta luego, mademoiselle Dubois. Que las palabras hoy te sean amables.
Amélie lo observó alejarse calle abajo, con las manos en los bolsillos y la luz dorada jugando con su silueta.
Y cuando finalmente entró al edificio, se permitió respirar de nuevo.
El olor a papel viejo y tinta fresca la recibió como siempre, reconfortante y familiar. Los ruidos de las teclas, el murmullo de sus compañeros, el tintinear de tazas de café. Todo igual.
Solo que, por alguna razón, el mundo parecía tener otro color.
Se dejó caer en su silla frente al escritorio, encendió el ordenador y abrió un nuevo manuscrito. Las primeras palabras en la pantalla la miraron con una ironía perfecta:
“Hay amores que comienzan con una promesa de no enamorarse.”
Amélie rió por lo bajo, negando con la cabeza.
—El universo tiene un sentido del humor bastante retorcido —susurró.
Afueras de la ventana, el viento movía las hojas de los árboles, y el eco lejano de una melodía callejera se colaba entre los cristales. Amélie se llevó las manos al rostro y, en voz apenas audible, se dio un último recordatorio:
—No te enamores del vecino, Amélie Dubois.
Pero mientras el recuerdo del paseo, la sonrisa de Lucas y el aroma de la albahaca se mezclaban en su mente, supo —con la certeza dulce y dolorosa de quien ya ha caído— que ese pacto estaba destinado a romperse.
Lucas caminaba con paso despreocupado. Metió las manos en los bolsillos y tarareó algo sin ritmo fijo. Pero había una sonrisa en su rostro, una de esas que no se pueden ocultar aunque uno lo intente.
Miró hacia atrás, hacia la puerta de la editorial, y murmuró para sí, apenas un pensamiento escapado entre el ruido de la ciudad:
—Trato o no trato… creo que ya estoy perdido.
El viento arrastró sus palabras, y el día siguió su curso.