Capitulo 16

1854 Words
El lunes hizo presencia con una claridad traicionera. De esas que hacen parecer que el mundo tiene todo bajo control, cuando en realidad uno ni siquiera ha decidido si desayunar o rendirse al café. Lucas se despertó con el sonido insistente del móvil vibrando sobre la mesita de noche. Parpadeó un par de veces, aún medio dormido, y cuando vio el nombre en pantalla soltó un suspiro que fue mitad cariño, mitad resignación. Mamá. —Genial —murmuró, frotándose los ojos—. El comité de sabias ha iniciado sesión. Deslizó para contestar, intentando que su voz sonara más despierta de lo que estaba. —Bonjour, maman. —Salido mientras se levantaba y camina hacia la cocina. —¡Lucas! —La voz al otro lado sonó tan alegre como una campana—. Por fin respondes. ¿Te pillo ocupado? Miró a su alrededor: la cocina con rastros del desastre del día anterior. Definitivamente, “ocupado” era una palabra generosa. —Depende del nivel de “ocupado” que tengas en mente, mamá. —El nivel en el que estás demasiado ocupado para venir a cenar con tu madre antes de que me jubile —replicó ella con dramatismo calculado—. O para presentarme a esa chica de la que me habló tu tía Marianne. Lucas se enderezó de golpe. —¿Qué? ¿Mi tía qué te dijo? —Oh, ya sabes cómo es. Estaba en el mercado, y mencionó que su sobrina política vio una historia tuya en redes donde salías cocinando con una joven muy guapa. —Hizo una pausa teatral—. ¿Y bien? Lucas se frotó la frente, riendo entre dientes. —Mamá, esa “joven muy guapa” es mi vecina. Cocinamos, sí. Pero no es lo que piensas. —¿Ah, no? —preguntó con esa voz dulce que solía usar antes de decir algo demoledor—. Porque, cariño, tú solo cocinas con dos tipos de personas: tus socios o las que te gustan. Y no recuerdo que me hayas mencionado ningún socio nuevo. Lucas se llevó la mano al rostro. —Mamá, en serio. No somos novios. —Todavía —replicó ella, satisfecha. Él soltó una carcajada. —No hay “todavía”, ni “quizá”. Es solo… amistad. Ya sabes, buena vecindad, intercambios culinarios, algún vino derramado, vecinos entrometidos… lo de siempre. —Vino derramado —repitió ella con sospechosa diversión—. Suena a metáfora. —No lo es. Literalmente se fue bañada de vino. —Ah, entonces ya conoce tu verdadero caos —comentó, divertida—. Me gusta. Tiene carácter si siguió ahí. Lucas negó con la cabeza, aunque la sonrisa se le escapaba sin remedio. Mientras hablaban, el aroma de café recién hecho se fue extendiendo desde la cafetera automática. El sonido del goteo le resultó reconfortante, como una pausa necesaria entre sus argumentos y las ocurrencias de su madre. —Mamá, no empieces. No voy a presentarte a nadie que no sea oficialmente mi novia.—Abrió el refrigerador, buscando leche—. Y no lo es. —Lucas, cariño… —suspiró ella, y él ya podía imaginarla apoyada en su sillón, con su bata de flores y su taza de té—. No me malinterpretes, pero ya tienes treinta y algo. Si sigues esperando a que todo sea “oficial”, vas a llegar soltero a los cuarenta. Y luego dirás que es culpa del destino. —¿Y si me gusta estar soltero? —Entonces el destino tiene mejor gusto que tú —replicó sin dudarlo. Él rió alto, casi atragantándose con el primer sorbo de café. —Te juro que podrías ser abogada. —Lo intenté. Pero preferí tener hijos para debatir gratis —dijo ella con total serenidad—. Ahora, volviendo al tema, ¿cómo se llama tu vecina? Lucas dudó un segundo, y la imagen de Amélie apareció sin aviso: el vestido color crema manchado de vino, la expresión entre furia y risa, los ojos que parecían decir más de lo que admitía. Inspiró hondo. —Amélie Dubois. —Ah… suena elegante —dijo su madre, degustando el nombre—. ¿Francesa? —De nacimiento y de carácter. —Eso explica mucho. Siempre dije que acabarías con una mujer que te hiciera discutir por deporte. —No vamos a discutir. Es solo mi vecina. —Claro, claro. —El tono de su madre se volvió irónicamente comprensivo—. Y el café solo es agua con actitud. —Hizo una pausa breve—. Dime una cosa, ¿te hace sonreír? Lucas se quedó callado. El reloj de la pared marcó las ocho y veinte. El vapor del café ascendía como una neblina suave, y en medio de ese cuadro cotidiano, su mente volvió al momento en que Amélie había reído, cubierta de vino, intentando no odiarlo. Sonreír. Sí. Más de lo que quería admitir. —A veces —dijo al fin, con voz baja. —Entonces ahí está —respondió ella con una ternura que desarmaba cualquier defensa—. Cuando alguien te hace sonreír “a veces”, ya estás en problemas. Lucas apoyó el codo en la mesa, mirando el móvil con un gesto mezcla de resignación y afecto. —¿Y si no quiere saber nada de mí? —Nadie que acepte cenar contigo, rodeada de vecinos y gatos rebeldes, puede odiarte del todo. —La risa suave de su madre cruzó la línea telefónica—. Solo no la asustes. Y no le tires vino encima. Lucas sonrió con ironía. —Eso fue culpa de su gato. —Mmm, claro. Siempre es culpa del gato. —Hizo una pausa antes de soltar su última estocada—. Entonces, ¿cuándo la conoceré? —Mamá… —No me digas que no, solo dime cuándo. No te pido que me la presentes como nuera, solo como alguien que sonríe cuando tú lo haces. Eso me basta. El silencio se instaló unos segundos. Lucas observó cómo el vapor se desvanecía sobre su taza y, por primera vez en mucho tiempo, sintió ese cosquilleo leve, esa mezcla de incertidumbre y expectativa que suele anunciar que algo está empezando sin permiso. —Veré qué puedo hacer —dijo, rindiéndose. —Eso quería oír —contestó ella, satisfecha—. Y, cariño… no esperes demasiado. Las mejores cosas suceden cuando dejas de planear tanto. —Lo sé, mamá. Créeme, lo estoy descubriendo. —Bien. Te dejo. Y por favor, dile al gato que también está invitado. Si se comporta, claro. —¿Tú también? No me digas que te cayó bien el gato. —Me recuerda a ti —respondió ella antes de colgar. Lucas se quedó un rato en silencio, sonriendo ante la pantalla negra del móvil. Bebió un último sorbo de café y dejó la taza sobre el mostrador. El vapor se disipó lentamente en el aire, mezclándose con el aroma del pan tostado y la albahaca fresca. Afuera, la ciudad comenzaba a despertar con su habitual concierto de motores, pasos apresurados y voces que se perdían entre el bullicio. Pero dentro del apartamento, todo se sentía extrañamente tranquilo… con esa calma previa a los pequeños desastres que el destino organiza con sentido del humor. El reloj de pared marcaba las ocho y media, y Lucas, aún en camiseta, se sorprendió tarareando una melodía sin nombre mientras limpiaba los restos del desayuno. Había dormido poco, pero se sentía inquietamente bien. Culpaba a la cena de la noche anterior, a la sonrisa de Amélie —esa que aparecía solo cuando se rendía a la risa—, y quizá también a su gato, que había terminado ganándose su simpatía a pesar de los desastres diplomáticos. Tomó el ramo de albahaca que había guardado del día anterior y lo colocó con cuidado en un vaso con agua. El olor verde y fresco se esparció por la cocina. —Bueno, mamá… —murmuró, con una sonrisa suave— parece que el caos empieza a tener nombre. Pensó unos segundos, y luego, casi sin planearlo, decidió preparar algo para ella. No un gran gesto, solo un detalle. Algo que dijera “no soy tan desastre como parezco”. Rebuscó entre sus cosas: papel kraft, un trozo de cuerda y una pequeña caja de cartón que había guardado por costumbre. Salió a la panadería de la esquina, eligió cuidadosamente una docena de macarons de colores y, antes de volver, pasó por la floristería del barrio para pedir un par de ramas extra de albahaca. “Para alguien que siempre huele a café y a paciencia”, dijo al pagar, provocando la sonrisa de la florista. Cuando terminó de preparar la caja, le añadió una nota escrita con su letra impecable, esa que nadie creería que pertenece a alguien que tiende a volcar copas de vino sin previo aviso: “Para compensar los daños colaterales. Prometo que la próxima cena tendrá menos vino en el vestido y menos público. P.D.: el gato está invitado solo si promete buen comportamiento.” La dejó en el felpudo de Amélie, respiró hondo y se alejó con las manos en los bolsillos, intentando ignorar lo tonto que se sentía por sonreír como un adolescente. Amélie abrió la puerta aún en pijama, con el cabello revuelto y una taza de té a medio terminar en la mano. Croissant, su gato, fue el primero en notar la caja y corrió hacia ella con un maullido inquisitivo. —¿Qué es esto? —preguntó ella, inclinándose con una ceja arqueada. Dentro, un pequeño ramo de albahaca fresca y una caja de macarons perfectamente acomodados. Amélie se llevó una mano a la frente, negando con una sonrisa. —Imposible —susurró, aunque la sonrisa se le ensanchó inevitablemente—. Eres absolutamente imposible. Croissant olfateó la caja, soltó un maullido de aprobación y trató de meter la pata dentro. —Ni lo pienses, bribón. —Ella lo apartó con suavidad y sacó uno de los macarons—. Está bien. Pero la próxima vez, si vuelves a tirar vino, te quedas sin pollo por un mes. El gato parpadeó, completamente indiferente a la amenaza, y se acurrucó junto a sus pies. Amélie tomó un macaron, lo probó y se quedó un segundo en silencio. Caminó hasta la ventana. El mundo seguía su curso: los vecinos apresurados, el olor a pan recién hecho, el eco de una bicicleta al girar la esquina. Todo igual. Y, sin embargo, ella sentía que algo había cambiado. Tal vez no era gran cosa —solo una caja, una nota y un ramo de albahaca—, pero el aire tenía ahora una ligereza distinta, una promesa silenciosa de que los días venideros podían ser un poco menos predecibles. El sabor dulce y peligroso de los comienzos que no planeas, pero que el universo insiste en servirte… aunque sea entre manchas de vino y risas desbordadas. Croissant maulló de nuevo, como si diera su veredicto final. Amélie rió bajito. —Sí, lo sé… —murmuró—. Estamos perdidos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD