Capitulo 15

1713 Words
El resto del domingo transcurrió con un silencio engañoso. Amélie lo atribuyó al cansancio emocional del mercado, pero en el fondo sabía que no podía quitarse de la cabeza la imagen de Lucas sonriendo entre tomates y limones, como si la vida entera se burlara de su intento de control. Para colmo, Croissant parecía tan satisfecho como si hubiera sido ascendido de gato doméstico a cómplice oficial del destino. El reloj marcaba las siete y media cuando el timbre del apartamento sonó. Amélie levantó la vista del portátil, frunciendo el ceño. —No puede ser… —murmuró, mientras Croissant se desperezaba con entusiasmo, como si supiera quién estaba al otro lado. Abrió la puerta con precaución. Y ahí estaba él. Lucas Romano. Camisa blanca, sonrisa de manual y una bolsa de papel en la mano que desprendía el aroma irresistible de pan recién horneado. —Bonsoir, vecina. —Alzó la bolsa como si fuera una ofrenda diplomática—. Vengo en son de paz. —¿En serio? Porque últimamente, cuando dices eso, acaba pasando algo que ni Netflix se atrevería a escribir. —Lo prometo. Ningún drama. Solo pensé… —hizo una pausa, tanteando su reacción— que podríamos aprovechar lo que compraste hoy. —¿Aprovechar? —repitió ella, arqueando una ceja. —Sí. Dijiste que ibas a cocinar, pero no especificaste que tenías que hacerlo sola. Y, bueno… —se encogió de hombros— sería una pena que esas verduras mueran en el olvido. Amélie cruzó los brazos. Todo en ella gritaba “di que no”. Pero algo en la manera en que él hablaba, con esa mezcla irritante de seguridad y encanto, la desarmaba. —No quiero que pienses que me das lástima o algo así. —Jamás se me ocurriría. —Le sonrió de medio lado—. Piensa que es una colaboración culinaria. O un acto de caridad vegetal. Amélie bufó, incapaz de evitar una sonrisa mínima. —Está bien, pero cocinamos en tu apartamento. Así no tengo que limpiar el mío después del desastre. —Trato hecho. —Lucas dio un paso atrás, triunfante—. Te espero en quince minutos. Y no traigas armas arrojadizas. Por seguridad. —No prometo nada —replicó ella antes de cerrar la puerta. Quince minutos después, Amélie se plantó frente al apartamento de Lucas. Había hecho lo posible por mantener la compostura: un vestido ligero color crema, el cabello recogido en un moño que no sobreviviría más de media hora, y la determinación de no dejarse impresionar. Croissant la había seguido hasta el pasillo, maullando como si quisiera ser parte del evento. —Ni lo sueñes —le advirtió ella, cerrando la puerta detrás. Lucas abrió antes de que pudiera tocar el timbre. El aroma dentro era una mezcla deliciosa de mantequilla, hierbas frescas y algo que burbujeaba en el horno. —Pasa, pasa. Bienvenida al campo de batalla. El apartamento tenía un aire más acogedor del que ella esperaba: una cocina amplia, estanterías repletas de frascos con especias, luces cálidas y un disco de jazz sonando de fondo. Amélie respiró hondo, tratando de no parecer impresionada. —Vaya, no está nada mal —admitió—. Esperaba algo más… desordenado. —¿Qué clase de imagen tienes de mí? —La que cualquiera tendría después de ver tus vídeos de cocina improvisada con gatos y vasos volcados. Lucas rió y señaló la mesa, donde ya había dos copas y una botella de vino tinto esperando. —Tranquila, esta vez todo está bajo control. Famosas últimas palabras. Al principio, todo fue sorprendentemente armonioso. Ella picaba verduras, él preparaba la salsa, el jazz llenaba el aire con su ritmo perezoso y el vino ayudaba a que las sonrisas se volvieran más fáciles. —Admito que esto huele bien —dijo Amélie, removiendo una cazuela—. Aunque sigo sin entender cómo logras convencerme de hacer estas cosas. —Debe ser mi encanto natural —replicó él, probando la salsa con una cuchara—. O tu curiosidad reprimida. —¿Mi qué? —Tu lado aventurero, escondido bajo toneladas de agendas, horarios y listas de tareas. Ella lo miró con fingida indignación. —Yo tengo espíritu aventurero. Solo que lo uso con moderación. —Claro. Como cuando tiras limones en el mercado. —Eso fue un accidente —insistió, sonriendo sin querer. Lucas levantó la cuchara hacia ella, con aire retador. —Prueba. Dime si falta algo. Amélie se inclinó ligeramente, tomó un sorbo y… se quedó inmóvil. La salsa estaba deliciosa: suave, cremosa, con un toque de vino que la envolvía en calor. Pero la cercanía de Lucas, el modo en que la miraba mientras esperaba su respuesta, hacía que el simple acto de tragar pareciera complicadísimo. —Está… —tosió suavemente—, está bien. —¿Solo bien? —No quiero alimentar tu ego. —Muy tarde —respondió él, sonriendo con descaro. Fue justo entonces cuando el universo decidió entrar en escena, una vez más, para arruinar la armonía. El primer golpe vino de la puerta. Toc, toc, toc. —¿Vecino? —La voz de la anciana del 4B, resonó desde el pasillo—. ¿Huele a vino? ¿Están bebiendo sin mí? Amélie abrió los ojos como platos. —¿Quién es? —Una vecina. Muy… sociable —susurró él. —¿Sociable tipo “quiere probar el vino” o “se queda a cenar”? —Tipo “lleva su copa en el bolso”. Antes de que pudiera impedirlo, Lucas abrió la puerta y la mujer, pequeña y envuelta en un perfume floral imposible de ignorar, entró con entusiasmo. —Oh, ¡qué bien huele aquí! —dijo, mirando a Amélie con curiosidad—. ¿Y tú quién eres, querida? ¿La novia del chef? Amélie sintió el rubor subirle por las mejillas. —No, yo… solo soy su vecina. —Ah, vecina. —La palabra sonó cargada de significado. La mujer sonrió, satisfecha, y se sentó en la silla libre—. Entonces me quedaré un ratito. No molesto. Lucas lanzó una mirada resignada a Amélie. —Te lo dije. Campo de batalla. Y aún no habían terminado. A los cinco minutos, apareció otro visitante: el señor Bernard, del 5A, atraído por el olor a pan. Luego, una pareja de adolescentes que juraban haber escuchado un “incendio culinario”. En cuestión de minutos, el apartamento se convirtió en un improvisado salón social. —Esto es una pesadilla —susurró Amélie, apretando la copa de vino—. ¿Siempre es así contigo? —Solo los domingos. Los lunes la multitud se reduce —bromeó él, sirviendo pasta en los platos. Amélie se dejó caer en la silla, entre un señor que hablaba de fútbol y la otra, que no dejaba de hacerle preguntas sobre “cómo se conocieron”. —Nos conocimos en el edificio —repitió ella por quinta vez. —Oh, el destino tiene buen gusto —comentó la anciana con aire romántico. Lucas le guiñó un ojo desde la cocina. Ella le devolvió una mirada asesina. Pero el caos apenas empezaba. En medio del ruido, Croissant. El traidor peludo aprovechó el descuido de la ventana abierta para entrar, saltó sobre la mesa con elegancia felina… y con una precisión admirable, empujó una copa de vino directo sobre el vestido de Amélie. —¡Croissant! —gritó ella, levantándose de golpe. El líquido rojo se extendió como una mancha de crimen pasional sobre la tela clara. El gato, satisfecho con su obra, se acicaló tranquilamente frente a todos. —Creo que te prefiere natural —bromeó Lucas, intentando contener la risa mientras le alcanzaba una servilleta. —No. Digas. Nada. —Amélie presionaba el paño sobre la mancha—. Juro que este gato conspira contigo. —No te voy a negar ni confirmar eso. El señor Bernard aplaudió desde el fondo. —¡Brindemos por el amor y los gatos celosos! La carcajada general llenó la sala. Amélie deseó evaporarse. Media hora después, los vecinos por fin se despidieron, cada uno con un tupper improvisado cortesía de Lucas. La cocina era un campo minado de platos, copas vacías y trozos de pan. El vino se había secado en el vestido y Croissant dormía en una silla, exhausto de tanto protagonismo. —Bueno… —dijo Lucas, apoyándose contra la encimera—. Creo que sobrevivimos. —¿Sobrevivimos? Esto fue una película de terror gastronómico. —O una comedia romántica —replicó él, sonriendo con suavidad—. Con un final decente. Amélie rodó los ojos, aunque una sonrisa traicionera se le escapó. —Gracias por la cena… y por el caos. Fue… inolvidable. —¿Lo dices en serio? —No lo sé todavía. Pregúntame cuando mi vestido deje de parecer escena de crimen. Lucas rió, acercándose un poco más. —Podría ofrecerte una copa más, para compensar. —No, gracias. Mi ropa ya bebió suficiente por hoy. Hubo un instante de silencio, de esos que se estiran peligrosamente entre dos personas que no saben si seguir hablando o simplemente dejar que el aire lo haga por ellos. Amélie notó el pulso en el cuello, la calidez del vino y del momento, y decidió cortar el hechizo antes de que fuera tarde. —Buenas noches, Romano. —Buenas noches, Dubois —respondió él, con esa voz que sonaba a sonrisa contenida. Cuando ella salió al pasillo, el eco de su risa y el olor a albahaca la siguieron. Croissant, fiel a su costumbre, se adelantó para colarse de nuevo en casa. Amélie cerró la puerta y se apoyó en ella, exhalando un suspiro que era mitad cansancio, mitad rendición. —Todo es un caos contigo, Lucas Romano —murmuró al vacío. Croissant maulló desde el sofá, como si estuviera de acuerdo. Amélie se dejó caer junto a él, mirando su vestido arruinado y la cocina mentalmente desordenada. Pero a pesar del desastre, una pequeña sonrisa se asomó a sus labios. Porque, de alguna manera, entre vecinos entrometidos, gatos vengativos y copas derramadas, algo en su interior sabía que ese caos tenía nombre y apellido. Y tal vez —solo tal vez— no era tan terrible como creía.
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