Capitulo 13

1853 Words
El lunes parecía prometer una jornada tranquila, pero Amélie intuía que no lo sería. El reloj de la cocina marcaba las ocho y media, y ella se movía de un lado a otro con una taza de café en la mano, como si el simple hecho de mantenerse ocupada pudiera borrar de su mente las imágenes del sábado en el salón comunitario. El vestido azul marino colgaba aún en la silla del comedor, recordándole a cada paso que todo aquello no había sido un sueño. Podía jurar que aún sentía el calor de las manos de Lucas en su espalda, la vibración de los aplausos, los gritos coreando “¡bésala!”… y, sobre todo, la peligrosa cercanía de esos labios que casi rozaron los suyos. —No —murmuró, dándole un sorbo decidido al café—. No pienso revivirlo otra vez. Croissant, acomodado en el alféizar de la ventana, la observaba con sus ojos verdes medio cerrados, como si supiera exactamente en qué pensaba y se riera en silencio de su supuesta determinación. Fue entonces cuando sonó el timbre del móvil, sacándola de sus pensamientos. El nombre de Marina parpadeaba en la pantalla acompañado de una serie de emojis sospechosos: cámaras, corazones y fuego. Amélie suspiró, pero contestó. —¿Qué pasó ahora? La risa de Marina explotó en el auricular. —¡Ay, mon amie! No tienes idea de lo que acabo de ver. —No me digas que se incendió otra vez la panadería de la esquina. —¡Mucho peor! —replicó con dramatismo fingido—. ¡Tú! ¡Tu gran show de sábado por la noche! Amélie frunció el ceño. —¿Qué demonios estás diciendo? Marina no perdió tiempo. Le envió un enlace, y al segundo siguiente la pantalla del teléfono se llenó con una miniatura demasiado familiar: ella, en el escenario del salón, atrapada en los brazos de Lucas, con Croissant huyendo del caos. El corazón le dio un salto. —No… no puede ser… —Oh, sí puede. Y no solo puede: ¡ya es viral! —la voz de Marina estaba cargada de júbilo—. ¿Quieres que te dé las cifras? El vídeo tiene más de ciento cincuenta mil reproducciones en i********:, treinta mil en t****k y ya lo compartieron en tres páginas de humor romántico. ¡Incluso hay memes! —¡¿Memes?! —Amélie se llevó una mano a la frente, horrorizada. —Sí. Uno de ellos dice “Cuando vas a cocinar pero terminas en una novela turca”. Otro: “El gato es el verdadero cupido”. ¡Ah, y mi favorito! —se escuchó cómo Marina ahogaba una carcajada—: “El circo del amor llega al vecindario”. Amélie cerró los ojos, deseando desaparecer bajo tierra. —Dime que estás exagerando. —Para nada. Y te digo más: ya perdiste la apuesta. —¿Qué? ¡No! —Claro que sí —insistió Marina con picardía—. El acuerdo era simple: resistir a los encantos de tu vecino irresistible durante un mes. Pero después de ese casi-beso, con todo el barrio, el internet y hasta tu gato como testigos… cariño, admitámoslo: ¡perdiste! Amélie apretó los labios. —No. Hasta que no pase de verdad… hasta que no haya beso, yo sigo ganando. El silencio al otro lado de la línea duró apenas dos segundos antes de que Marina explotara en risas. —¡Eres incorregible! Amélie, se nota a kilómetros que te mueres por ese hombre. —No es cierto. —Claro que sí. Lo vi en tus ojos. Y créeme, los de él… bueno, él no necesita ni ojos: todo su cuerpo grita que quiere besarte, abrazarte, cocinar contigo, comerte a mordidas… —¡Marina! —exclamó Amélie, roja como un tomate. —Lo siento, lo siento —contestó entre risas—. Pero sabes que tengo razón. Te estás escondiendo detrás de ese orgullo tuyo, cuando en el fondo lo único que quieres es dejarte caer en sus brazos otra vez. Amélie no respondió. El silencio fue suficiente para que Marina supiera que había dado en el clavo. —Ya lo veremos, chérie. El tiempo corre. Y tu gato parece estar muy a favor de la causa. Las horas siguientes transcurrieron con una tensión sorda en el apartamento. Amélie intentó concentrarse en su trabajo remoto, pero cada correo parecía perder sentido en cuanto el recuerdo del vídeo volvía a invadir su mente. Croissant, mientras tanto, seguía merodeando cerca de la ventana, inquieto, como si esperara algo. Fue en un descuido, cuando ella se levantó a servirse más café, que ocurrió lo inevitable: el gato aprovechó el instante en que la ventana quedó entreabierta y, con la agilidad de un equilibrista, saltó al alféizar. —¡Croissant! —gritó Amélie, dejando la taza sobre la mesa—. ¡No! Pero ya era tarde. El felino, dueño de un valor temerario, calculó la distancia y saltó con elegancia felina al balcón contiguo. El de Lucas. Amélie se quedó paralizada. El corazón le martilleaba las costillas. —Oh, no, no, no, no… Al otro lado del muro, Lucas estaba en plena acción culinaria. La cocina de su apartamento era un espectáculo sensorial: el aroma del tomate fresco sofriéndose en aceite de oliva llenaba el aire, mezclado con el perfume inconfundible de la albahaca. Una sartén chisporroteaba alegremente mientras él cortaba pan con precisión. Llevaba una camiseta negra ajustada y el cabello ligeramente despeinado, como si acabara de salir de la ducha. —Perfecto —murmuró, probando la salsa con una cuchara y sonriendo satisfecho—. Esto es arte, Romano. El ruido sutil de unas patitas interrumpió su concentración. Lucas levantó la vista justo a tiempo para ver a Croissant aparecer en el umbral de la cocina, con la cola erguida y los bigotes vibrando de curiosidad. —¿Pero qué…? —Lucas parpadeó sorprendido, luego rió—. ¿Tú otra vez? El gato maulló con descaro, avanzando hacia la mesa. —¿Por dónde demonios te colaste? —preguntó Lucas, mirando alrededor hasta que notó la ventana del balcón abierta de par en par—. Ajá… así que la señorita Dubois se olvidó de cerrar su ventana y te aprovechaste que la mía también estába abierta. Croissant saltó de un brinco ágil hasta la encimera, acercándose peligrosamente al plato de pan. —¡Eh, eh, eh! —Lucas lo apartó suavemente—. Ese es mío, pequeño ladrón. El gato lo miró con descaro, soltando un maullido insistente. Lucas rió otra vez y sirvió un poco de pollo desmenuzado que tenía en la nevera en un platito improvisado. —Está bien, tienes suerte de que me gusten los cómplices. Mientras el gato devoraba con gusto, Lucas se apoyó en la encimera, cruzando los brazos. Su mirada brillaba con picardía. —Mira, amigo, te voy a contar algo —empezó en tono confidencial, como si estuviera revelando un secreto—. Tu humana es complicada. Muy complicada. Tiene ese muro de hielo, ¿sabes? Pero yo sé que detrás hay fuego. Y tú lo sabes también, ¿verdad? Croissant levantó la cabeza, masticando aún, y soltó un maullido corto. Lucas sonrió de lado. —Exacto. Tú y yo pensamos igual. El gato lamió sus patitas, como si aprobara el discurso. —Así que propongo una alianza —continuó Lucas, acercándose un poco más al felino—. Yo sigo cocinando, haciendo mi magia. Tú te encargas de que se acerque más seguido. ¿Qué dices? Croissant lo observó con esos ojos verdes llenos de misterio y, como si entendiera perfectamente, soltó un largo maullido que resonó en la cocina. Lucas levantó las cejas, satisfecho. —Eso suena a un sí. Perfecto, socio. Conquistaremos a tu humana. El gato se frotó contra su brazo, ronroneando con fuerza. —¿Ves? Ya somos un equipo. Tú me ayudas a cruzar su muralla y yo te doy pollo fresco cada vez que vengas. Trato justo, ¿no? El ronroneo se intensificó. Lucas se inclinó sobre la encimera, bajando la voz a un susurro travieso. —Además, si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo hará? Está claro que ella sola nunca dará el paso. Mientras tanto, al otro lado de la pared, Amélie caminaba de un lado a otro en su apartamento, al borde de la desesperación. Había intentado llamar al gato con voz suave, con voz firme, con sobornos de comida… nada. El silencio era total. Y en su mente, una imagen insistente: Croissant, paseándose con toda tranquilidad por la cocina de Lucas. —Dios mío… —murmuró, llevándose las manos a la cara. Su teléfono vibró con un nuevo mensaje de Marina: un gif de un gato cupido disparando flechas. Acompañado de un texto: “Tu mascota me representa”. Amélie cerró los ojos, a punto de gritar. En la cocina de Lucas, la complicidad entre hombre y gato seguía creciendo. El joven terminó de emplatar la pasta que preparaba y colocó un poco en un cuenco aparte. —Está bien, lo admito —dijo, probando un bocado y luego dejando otro para el gato—. Nunca pensé que terminaría teniendo estas charlas con un felino. Pero eres buen oyente. Croissant lamía el cuenco con una dedicación admirable. Lucas sonrió, apoyándose en la mesa. —Sabes, creo que te mereces el crédito. Si no fuera por ti, tal vez no tendría tantas oportunidades de salvar a tu humana, de provocarla, de hacerla sonreír. Quizás tú eres mi verdadero cómplice en todo esto. El gato levantó la cabeza y maulló fuerte, como si confirmara sus palabras. —Eso es lo que me gusta —dijo Lucas, alzando la copa de vino que había servido para sí mismo—. ¡Por nuestra alianza, compañero! El brindis quedó sellado entre el tintinear del cristal y el ronroneo satisfecho. En ese preciso instante, Amélie reunió suficiente valor para abrir la ventana y saltar hacia el balcón contiguo, después de un esfuerzo sobrenatural, logró llegar con vida. Pero lo que vio casi la hizo perder el equilibrio: Lucas sentado tranquilamente en su cocina, charlando con Croissant como si fueran viejos amigos, compartiendo comida. El gato, completamente entregado, ronroneaba con devoción. Amélie sintió que la sangre le subía a las mejillas. —Traidor… —susurró, indignada, mirando a su gato—. ¡Traidor absoluto! Lucas y Croissant voltearon al mismo tiempo, sorprendidos de verla ahi. —¿¡Qué haces ahí!? —exclamo lucas corriendo hacia ella. Mientras el gato seguía disfrutando de su comida. —Buscando al traidor de mi gato. —¿No era mejor llamar a la puerta? —Dijo sonriendo cuando Amélie estaba a salvo. —Vamos Croissant —exigió Amélie ignorando a Lucas. El gato se lamió las patas, esperando que si humana lo tomara en sus brazos, ya estaba lleno que era lo importante. —Cuando quieras vuelves, Croissant —exclamo Lucas con una sonrisa, Amélie volteó y lo fulminó con la mirada, pero eso no logro que Lucas borrará su sonrisa.
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