El salón comunitario del edificio parecía haber renacido esa tarde. Las paredes, normalmente austeras y manchadas por el paso de los años, se llenaron de vida gracias a las luces navideñas recicladas que alguien había colocado con una paciencia casi artística. Los destellos se reflejaban en las ventanas, multiplicándose como luciérnagas encerradas en frascos. Banderines de colores cruzaban el techo, y en las mesas largas se apilaban tartas caseras, vasos de jugo, termos de café y un sinfín de platos improvisados por los vecinos.
El murmullo de conversaciones nerviosas, el repiqueteo de cucharillas contra las tazas y una guitarra que alguien afinaba en un rincón formaban una especie de preludio, como si todos esperaran que algo memorable ocurriera.
Amélie entró al salón con el corazón en la garganta. No importaba cuánto hubiera ensayado mentalmente aquel momento; en cuanto sintió las miradas curiosas de sus vecinos, la seguridad que intentaba proyectar se desmoronó como un castillo de arena bajo la lluvia. Vestía un vestido azul marino sencillo, de tela ligera, que caía con elegancia sin llamar demasiado la atención. Había recogido su cabello en un moño bajo, con un par de mechones rebeldes escapando a propósito para suavizar su expresión. A simple vista irradiaba calma, pero en su interior temblaba con la fuerza de un terremoto.
Lucas, en cambio, parecía estar en su elemento. El escenario, los aplausos, las luces, todo eso lo alimentaba. Llevaba una camisa blanca arremangada hasta los codos y un pantalón oscuro que acentuaba su porte despreocupado. Sonreía con ese aire de conquistador nato, como si la vida entera fuera un juego en el que él siempre salía victorioso. Al verla entrar, ladeó la cabeza con complicidad, como si ya supiera el final de la película que estaban a punto de protagonizar.
—Parecemos una pareja de cine —murmuró, acercándose lo suficiente para que solo ella lo oyera.
Amélie frunció el ceño, intentando ocultar el rubor que amenazaba con traicionarla.
—Parecemos víctimas de un circo —replicó en voz baja, nerviosa, con esa ironía que usaba como escudo.
Él rió, y el sonido le recorrió la piel como un cosquilleo incontrolable.
El murmullo de los vecinos aumentó cuando los llamaron al escenario. La señora Bouchard, organizadora oficial del evento y guardiana del micrófono, levantó la voz con un entusiasmo desbordante.
—¡Con ustedes, nuestros vecinos más… explosivos! ¡Amélie y Lucas!
Los aplausos retumbaron en las paredes, y Amélie sintió que la piel se le erizaba como si acabara de recibir una descarga eléctrica.
—Respira —le susurró Lucas al oído, colocando una mano firme y cálida en su espalda—. Solo sigue mi ritmo.
El contacto la sobresaltó, pero, contra toda lógica, no se apartó.
Habían discutido durante días sobre qué presentar en el concurso. Cantar estaba descartado —ninguno afinaba lo suficiente como para sobrevivir al juicio de los vecinos—, y bailar era aún peor: Amélie no se atrevía a arriesgarse con dos pies izquierdos, y Lucas aseguraba que su “estilo libre” sería demasiado para el público. Al final, entre peleas y bromas, habían optado por una especie de improvisación de comedia-cocina en vivo.
Sobre la mesa preparada para ellos descansaban tomates rojos como rubíes, pan fresco, ajo y aceite de oliva. Lucas se encargaría de explicar con su encanto italiano los secretos de la cocina, mientras Amélie representaría a la “aprendiz rebelde” que lo contradecía en todo.
Los primeros minutos fueron un triunfo inesperado. Lucas exageraba su acento, gesticulaba como un actor de teatro clásico y describía los ingredientes con tanta pasión que el público reía a carcajadas. Amélie, aunque al principio estaba rígida como estatua, comenzó poco a poco a soltarse. Cuando él intentó robarle un tomate, ella lo empujó suavemente con el codo, arrancando risas y aplausos. Cuando él la corrigió con dramatismo, ella improvisó una frase sarcástica que desató vítores.
El ambiente se llenó de risas, olor a pan tostado y una energía vibrante. La tensión de Amélie se disolvía con cada carcajada compartida, reemplazada por una ligereza extraña, como si por un momento hubiera olvidado que todo aquello formaba parte de una apuesta peligrosa.
Y entonces, ocurrió lo inesperado.
Croissant, que nadie había notado colándose por la puerta abierta, apareció en el escenario con la elegancia felina que lo caracterizaba. Saltó a la mesa atraído por el aroma del pan, y en un segundo desató el caos. Sus patitas derribaron un frasco de aceite que rodó peligrosamente hacia el borde.
—¡Croissant! —exclamó Amélie, extendiendo las manos.
El gato, asustado por los aplausos y las luces, saltó directo hacia abajo, corriendo entre las piernas de su dueña. Amélie, enredada en su vestido y en el pánico del momento, perdió el equilibrio.
Todo sucedió en una fracción de segundo: el frasco cayendo, Amélie inclinándose hacia atrás, el público conteniendo el aliento. Y entonces, Lucas. Con reflejos de héroe de cine, la atrapó antes de que tocara el suelo.
Quedaron suspendidos en una pose casi coreografiada, inclinados hacia atrás, sus rostros a centímetros de distancia. El calor de su aliento, el brillo de sus ojos, el silencio expectante del público… un segundo eterno donde el tiempo parecía haberse detenido.
Los aplausos estallaron de inmediato, como una ovación espontánea.
—¡Bésala, bésala, bésala! —comenzaron a corear algunos vecinos, muertos de risa.
Amélie sintió que la sangre le ardía en las mejillas, que el corazón golpeaba tan fuerte que todos podrían escucharlo. Lucas, con esa sonrisa peligrosa y encantadora, se inclinó un poco más, rozando casi sus labios.
—Te dije que acabaríamos con un beso —susurró en un tono apenas audible.
El embrujo duró un instante. Amélie reaccionó de golpe, enderezándose con brusquedad y apartándose como si hubiera tocado fuego.
—¡Eso no formaba parte del número! —exclamó, roja como un tomate, al tiempo que se sacudía el vestido.
Las carcajadas del público la envolvieron como una ola. La señora Bouchard agitaba un pañuelo blanco en el aire, emocionada como si estuviera presenciando una ópera romántica.
Lucas, en cambio, parecía disfrutar cada segundo.
—Lo improvisado siempre es lo mejor —dijo con un guiño, extendiéndole la mano para ayudarla a bajar del escenario.
Amélie no la aceptó. Descendió con paso rápido, esquivando felicitaciones y comentarios, con un único deseo: desaparecer bajo tierra.
En el pasillo, lejos del bullicio, se apoyó contra la pared y llevó una mano al pecho. Su respiración era desordenada, su piel ardía.
—Dios mío… —susurró, todavía temblando.
Lucas apareció un minuto después, tranquilo, como si nada hubiera pasado.
—Fue perfecto —comentó con esa naturalidad irritante—. El público nos adora.
—¡Fue un desastre! —replicó ella, indignada—. ¡Ese gato va a matarme algún día!
Él soltó una carcajada que resonó en el pasillo vacío.
—No me agradeces que te atrapara como un héroe. Ni que casi…
—¡No termines esa frase! —lo interrumpió, cubriéndose el rostro con las manos.
Lucas bajó la voz, dejando asomar un matiz inusualmente serio.
—Amélie… ¿Por qué huyes cada vez que estamos así de cerca?
La pregunta la dejo helada. Lo miró fijamente, atrapada en esa intensidad que tanto la confundía. Un silencio cargado se instaló entre ellos, apenas roto por las risas lejanas del salón.
—Porque no voy a perder esta apuesta —murmuró al fin, con un hilo de voz, antes de girarse hacia la salida.
—¿Apuesta? —murmurro sin entender.
—!Olvidalo! —grito levantando a su gato.
Lucas la dejó ir, aunque su sonrisa permaneció intacta. Esa resistencia, lejos de frenarlo, solo avivaba más el fuego de sus ganas de conquistarla.
De regreso en el salón, los vecinos seguían comentando el número, convencidos de haber presenciado el comienzo de una gran historia de amor. Algunos aseguraban que era evidente, que se notaba en la manera en que él la miraba, en cómo ella intentaba disimular.
Mientras tanto, Amélie, refugiada en su apartamento con Croissant en brazos, acariciaba distraídamente al gato mientras su mente revivía cada instante. El casi-beso, la ovación, el calor de los brazos de Lucas alrededor suyo…
La línea que había jurado no cruzar se volvía cada vez más delgada. Y, lo que era peor, cada vez más peligrosa.