Capitulo 11

1257 Words
El calendario marcaba apenas tres días antes de que terminara el mes fatídico de la apuesta que Marina había impuesto con tanta seguridad. Amélie había pasado esas semanas en un estado que oscilaba entre la resistencia y la confusión. Cada encuentro con Lucas parecía dejar una grieta más en su coraza. Una broma, una mirada demasiado directa, un gesto inesperado… todo sumaba en su contra. Esa tarde de sábado, sin embargo, pensaba que podría escapar del mundo entero. Había planeado sumergirse en la corrección de unos informes y, más tarde, en un baño caliente con música francesa de los sesenta. Nada de Lucas, nada de Marina, nada de tentaciones. Pero la paz en aquel edificio era tan frágil como una copa de cristal. Un golpe seco en la puerta la hizo saltar en la silla. Croissant, dormido sobre el radiador, alzó la cabeza y bufó, como si presintiera que algo inoportuno se avecinaba. —¿Quién será ahora? —murmuró Amélie, alisándose el cabello con un gesto automático. Al abrir, encontró en el pasillo a la señora Bouchard, la decana de los chismes del edificio, flanqueada por dos jóvenes entusiastas con carteles coloridos. Uno de ellos llevaba un megáfono colgado del cuello. —¡Mademoiselle Dubois! —exclamó la señora, con una sonrisa que no admitía rechazo—. Precisamente a usted venía a buscar. —¿A mí? —preguntó Amélie, arqueando las cejas. —El comité de vecinos ha decidido que este año el concurso de talentos del edificio será más grande, más sonado, más… ¡espectacular! —dijo la anciana, extendiendo los brazos como si invocara un milagro—. Y hemos pensado en usted y en el señor Romano como pareja estrella. Amélie parpadeó, tragando saliva. —¿Pareja… estrella? —¡Sí! —intervino el joven del megáfono, que parecía no poder contener su emoción—. Cocina, canto, actuación, lo que quieran. ¡Pero juntos! La audiencia los adora. —¿La audiencia? —repitió Amélie, incrédula. —Todo el edificio —explicó la señora Bouchard con tono solemne—. Después de ese episodio con el humo y la pasta, todos sabemos que tienen… química. El calor subió de inmediato a las mejillas de Amélie. —¡Eso fue un accidente! —exclamó. —Un accidente delicioso, según cuenta la mitad del piso —añadió la anciana, sin inmutarse—. Así que, voilà, ya están inscritos. El concurso es mañana por la tarde. —¿Mañana? —Amélie sintió que el suelo se tambaleaba—. No, non, imposible. Yo no… Pero antes de que pudiera negarse, escuchó otra puerta abrirse detrás y la voz profunda de Lucas resonar en el pasillo: —¿Qué pasa aquí? ¿Fiesta y no me invitan? Allí estaba él, con sus rizos revuelto, camiseta negra ajustada y esa sonrisa torcida que parecía fabricada para complicarle la vida. —Lucas, querido, ya estás inscrito para el concurso de talentos con tu vecina —anunció la señora Bouchard con aire triunfal. Él arqueó una ceja y miró a Amélie. —¿Concurso? ¿Con ella? Amélie cruzó los brazos, irritada. —No es idea mía. Yo estaba a punto de decir que no. —Pues yo digo que sí —respondió él sin titubear—. ¿Qué tenemos que hacer? La anciana sonrió como una general victoriosa. —Lo que quieran, siempre que sea juntos. La gracia está en la pareja. Y antes de que Amélie pudiera abrir la boca, el comité se retiró por el pasillo con aplausos y vítores improvisados. Ella cerró la puerta de golpe, volviendo a su apartamento con un bufido. —¡Esto es ridículo! —murmuró, lanzándose sobre el sofá. Croissant saltó a su regazo, como si tratara de apaciguarla. Unos segundos después, sonó el timbre. Amélie abrió con brusquedad, convencida de que la señora Bouchard había regresado. Pero era Lucas, apoyado en el marco con esa pose desenfadada que la exasperaba. —Bon soir, partenaire —dijo con voz ronca—. ¿Planeamos nuestro número ganador? Amélie lo fulminó con la mirada. —No planeo nada. Mañana fingiré un resfriado. —Oh, vamos —él entró sin pedir permiso, como siempre—. No seas aguafiestas. Solo tenemos que divertirnos un poco. —¿Divertirnos? —replicó ella, cerrando la puerta con fuerza—. Esto es una trampa. Lucas la observó con un brillo burlón en los ojos. —Tal vez. Pero será divertido ver cómo la impermeable Amélie sube al escenario conmigo. Ella frunció el ceño, recordando las palabras de Marina. Impermeable. No iba a darle el gusto de verla nerviosa. —Muy bien —dijo al fin, alisando su falda—. Lo haremos, pero solo porque quiero cerrar bocas. —Perfetto —respondió él, acercándose demasiado—. Y después, cuando ganemos, tendrás que darme un beso de celebración. Amélie retrocedió de golpe, tropezando con el sofá. —¡Ni lo sueñes! Lucas rió, encantado con su reacción. —Te pones roja solo con imaginarlo. —Estoy roja de rabia, no de otra cosa —protestó Amélie, cruzándose de brazos. Él ladeó la cabeza, como estudiándola. Sus ojos oscuros brillaban con un destello malicioso que la hacía sentir descubierta. —Claro, claro… rabia. Por eso tu corazón late como un tambor desde que abrí la boca. —¿Cómo… cómo sabes eso? —balbuceó ella, llevándose una mano al pecho. —Lo escucho —dijo él, inclinándose peligrosamente cerca, hasta que el perfume de su colonia fresca y el calor de su respiración la envolvieron—. Está tan fuerte que asusta al gato. Croissant, como para confirmar la provocación, bufó desde el respaldo del sofá y saltó a la mesa, derribando un bolígrafo al suelo. Amélie aprovechó el ruido para apartarse, dándole la espalda mientras recogía el bolígrafo con manos temblorosas. —No te hagas ilusiones, Romano. Esto es un simple trámite vecinal. Nada más. —Y, sin embargo, sonríes cuando hablas —dijo él, casi en un susurro. Ella apretó los labios, negándose a darle ese punto. Lucas se acomodó en el sofá, como si estuviera en su casa. —Podemos ensayar algo. No quiero que mañana digas que improvisamos. —No voy a ensayar contigo —respondió ella con brusquedad—. No voy a dedicarle ni un minuto más a este circo. —Pues qué pena —repuso él, recostándose con los brazos detrás de la cabeza—. Porque los mejores espectáculos siempre nacen de un buen ensayo… y de una pareja con química. Amélie chasqueó la lengua y fue hasta la cocina a servirse un vaso de agua. Necesitaba refrescarse. El líquido frío bajó por su garganta, pero no calmó la oleada de calor que le había provocado la cercanía de Lucas. Desde el salón, él levantó la voz con fingida inocencia: —Si no ensayamos, entonces mañana tendrás que confiar en mí. Ella regresó con el vaso en la mano, fulminándolo con la mirada. —Confiar en ti es lo último que haré. Lucas sonrió como si acabara de ganar la primera batalla. —Entonces mañana será… interesante. El silencio se estiró unos segundos, roto solo por el ronroneo de Croissant que había vuelto a acomodarse en el radiador. Amélie se obligó a mirar por la ventana, como si las luces de la calle pudieran distraerla de la sonrisa peligrosa que seguía flotando en la sala. Y en el fondo, aunque jamás lo admitiría, una parte de ella esperaba con impaciencia el día siguiente.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD