Capitulo 10

1284 Words
Tras la tormenta de humo, risas y pasta improvisada del día anterior, Amélie se había jurado a sí misma que todo había sido un error circunstancial. Nada más. Una coincidencia absurda. Una trampa en la que no volvería a caer. Sin embargo, su reflejo en el espejo no mentía: las mejillas todavía parecían sonrojarse al recordar la proximidad de Lucas, la manera en que había guiado su mano sobre el cuchillo, o cómo sus carcajadas se habían entrelazado en medio del desastre culinario. Croissant, indiferente, se acicalaba en la ventana, con el sol matinal iluminando su pelaje. —No fue nada —murmuró Amélie, ajustándose el cabello en una coleta improvisada—. Nada serio. Una lección de cocina que terminó mal. Eso es todo. El gato bostezó, como si confirmara que mentía. A media tarde, Marina apareció en el apartamento, con esa energía que siempre traía como un vendaval. No se molestó en tocar dos veces: entró con su bufanda color mostaza y una bolsa de bollería recién horneada. —Bonjour, mi colega favorita —canturreó, depositando la bolsa sobre la mesa—. He venido a endulzar tu soledad. Aunque sospecho que ya no es tan soledad. Amélie arqueó una ceja, cruzando los brazos. —¿Qué insinúas? —Nada, nada… —Marina se dejó caer en la silla, sacando un croissant de la bolsa—. Solo que huele a humo, a ajo carbonizado y a romance frustrado. Amélie se enrojeció de inmediato. —¡Eso fue… una clase de cocina! Y un desastre, para ser exacta. No te lo conté para que me estés molestando. —Ajá —respondió Marina con una sonrisa traviesa, dándole un mordisco al croissant—. Clase de cocina, con un italiano guapo, sonrisa torcida y ojos que hacen olvidar el alfabeto. Claro, cómo no. —Marina… —suspiró Amélie, llevándose una mano a la frente—. No pasó nada. —¿Nada? —repitió ella, inclinándose hacia adelante—. Entonces explícame por qué estás mirando la nada con cara de adolescente enamorada. Amélie abrió la boca para protestar, pero las palabras se le quedaron atascadas. Porque en el fondo, cada vez que cerraba los ojos, la escena regresaba: el calor de Lucas guiando su mano, el sonido de sus carcajadas, el brillo de su mirada cuando dijo “la cocina es un caos delicioso”. —Fue… divertido —admitió al fin, encogiéndose de hombros—. Pero nada más. Te lo conté para que veas que no caigo fácil. —Divertido… —Marina alzó una ceja—. Eso suena a que ya perdiste la apuesta. Amélie frunció el ceño. —No he perdido nada. Todavía estoy perfectamente… impermeable. —¿Impermeable? —Marina soltó una carcajada tan sonora que Croissant bufó, molesto—. Oh, chérie, ya estás chorreando por todos lados. Amélie se llevó las manos a la cara, sofocando un grito ahogado. —No. Me niego. No ha pasado nada. Marina la observó en silencio unos segundos, con esa mirada penetrante que desnudaba verdades. Luego sonrió con dulzura. —Está bien, no pasó nada… todavía. Pero cuando pase, quiero los detalles. Y recuerda: yo ya gané la apuesta. —¡No la ganaste! —exclamó Amélie, indignada—. Lucas Romano no es mi tipo. Pero mientras pronunciaba esas palabras, su mente la traicionaba de nuevo: la imagen de Lucas con harina en el rostro, los ojos brillando bajo el humo, la cercanía peligrosa que había hecho tambalear su muro de defensa. Al otro lado de la pared, Lucas tenía su propio interrogatorio. Su madre había llegado sin previo aviso, como hacía siempre, trayendo bajo el brazo una bolsa de limones frescos de su huerto y la autoridad de una mujer napolitana que nunca había aceptado un no por respuesta. —Figlio mio —lo saludó, dándole dos besos sonoros—. ¡Mira cómo estás! Demasiado flaco. No comes bien. —Mamma, acabo de preparar pasta ayer —protestó Lucas, recibiendo resignado el abrazo—. —¿Solo? —preguntó ella, arqueando una ceja. Lucas carraspeó. —Bueno… no exactamente solo. La madre se acomodó en la cocina como si fuera suya, colocando los limones en una canasta y observando cada detalle con ojos de inspectora. —Cuéntame. —Era solo una vecina —respondió él, encogiéndose de hombros—. Nada importante. —¿Nada importante? —repitió ella, abriendo mucho los ojos—. Yo quiero conocer a una nuora, Lucas. ¿Cuánto tiempo voy a esperar? ¿Piensas que voy a morirme sin ver nietos? Lucas se echó a reír, pasando una mano por su cabello revuelto. —Mamma, calma. Apenas estoy… conquistándola. Ella lo fulminó con la mirada, pero un destello de curiosidad se asomó en sus pupilas. —¿Conquistándola, eh? ¿Y quién es esta mujer que tiene paciencia para tus locuras? Lucas pensó en Amélie, en su bata arrugada, en sus mejillas encendidas, en sus carcajadas sinceras mientras el humo lo cubría todo. Y sin quererlo, sonrió. —Una mujer complicada —admitió—. Francesa. No soporta mis bromas, pero aún así… sigue escuchándome. —¡Perfetto! —exclamó su madre, palmoteando—. Francesa, complicada, eso es buena señal. Me recuerdas a tu padre, que tuvo que sudar para conquistarme. Lucas rió de nuevo, aunque en el fondo sabía que no quería entusiasmarla demasiado. Amélie aún estaba lejos de ser algo seguro. —No empieces a imaginar bodas, mamma. Apenas logro que no me cierre la puerta en la cara. —Con tu boca grande y tu corazón testarudo, ya la tienes medio atrapada —dijo ella, segura—. Yo quiero conocerla. Lucas negó con la cabeza, divertido. —Un día, quizá. Cuando no huya corriendo cada vez que intento acercarme. Su madre le lanzó un beso en la frente, con ese aire de reina que siempre la acompañaba. —Entonces conquista bien, figlio mio. Porque si tú no me traes nuora, yo voy a buscártela. Esa noche, Amélie no logró dormir con facilidad. Marina se había ido dejándole la mente revuelta, como si cada palabra hubiera removido algo que intentaba negar. Se tumbó en la cama, Croissant a su lado como un guardián ronroneante, y cerró los ojos. Pero en lugar de oscuridad, aparecieron imágenes: el sonido chisporroteante del ajo en aceite, la risa de Lucas resonando contra las paredes, la suavidad inesperada de sus manos guiando las suyas. “Eres peligrosa con un cuchillo y mortal con una sartén”, había dicho él, y en lugar de ofenderla, había sentido que se derretía. Sacudió la cabeza en la almohada, enfadada consigo misma. —No —susurró—. No voy a caer en esa trampa. Croissant levantó la cabeza, la miró con ojos semicerrados y maulló, como si no le creyera. Amélie suspiró, abrazando la almohada. El recuerdo seguía allí, palpitando como un secreto que no podía sofocar. Mientras tanto, Lucas, tendido en su sofá tras despedir a su madre, también pensaba en ella. En su forma torpe de cortar tomates, en la manera en que sus carcajadas habían llenado la cocina como música, en cómo, incluso cubierta de humo y orégano, seguía viéndose la mujer más encantadora que había visto en mucho tiempo. No lo admitiría en voz alta, ni siquiera ante sí mismo, pero algo en esa francesa cabezota ya lo había conquistado a él primero. La ciudad dormía y en dos apartamentos vecinos, dos corazones luchaban contra la misma evidencia: que por más que intentaran resistirse, la línea entre la apuesta y la realidad se volvía cada vez más difusa, cada vez más peligrosa… y cada vez más deliciosa.
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