Capitulo 9

1504 Words
El sábado amaneció gris, con un cielo encapotado que parecía presagiar calma, o al menos eso pensaba Amélie. Tenía la firme intención de pasar el fin de semana en pijama, escondida entre libros, té y el silencio absoluto de su apartamento. Nada de reuniones de vecinos, nada de Lucas Romano y, sobre todo, nada de incidentes con pizzas robadas. Pero la vida —o más bien su vecino— tenía otros planes. A media mañana, cuando todavía estaba en bata y con Croissant estirado sobre sus piernas, un golpe suave resonó en su puerta. —Amélie, buongiornooo… —la voz cantarina de Lucas atravesó la madera con la naturalidad de quien no entiende de distancias sociales—. Tengo una propuesta indecente. Ella apretó los labios y cerró los ojos con resignación. —No abras —murmuró a Croissant, como si el gato tuviera el poder de salvarla. Croissant respondió con un parpadeo lento y un bostezo enorme. El golpe se repitió, seguido de un silbido alegre. —Ven aquí, bella vecina, no me dejes hablando con la puerta. Con un bufido derrotado, Amélie se levantó, ajustándose la bata y despeinada todavía. Abrió apenas una rendija, lo justo para ver a Lucas con una sonrisa torcida, un delantal colgado al cuello y una caja de huevos en la mano. —¿Qué demonios…? —Clase de cocina —anunció, levantando los huevos como un trofeo—. Tú dijiste que no sabías cocinar. Amélie parpadeó, incrédula. —No dije que quisiese aprender. —Ah, pero tu gato sí. —Señaló a Croissant, que se había asomado curioso por la rendija—. Mira su cara. Está harto de croquetas. Croissant maulló en ese preciso instante, como si confirmara la acusación. Amélie suspiró. —Lucas, hoy pensaba descansar. —Perfecto. Cocinar es descansar con sabor. —Sonrió aún más, inclinándose hacia la rendija—. Además, ¿qué es lo peor que puede pasar? Ella lo observó, recordando la pizza robada, las persecuciones por el pasillo, la grieta en la pared. Lo peor podía ser mucho peor. Y aun así, algo en esa mirada brillaba demasiado fuerte como para ignorarlo. —Treinta minutos —dijo al fin, abriendo la puerta de par en par—. Si tu clase dura más, me voy. —¡Accetto! —celebró, dándole la caja de huevos para que los sostuviera—. Treinta minutos para enamorarte de la cocina… o de mí. Amélie lo fulminó con la mirada, pero no pudo evitar sonrojarse. El apartamento de Lucas olía a especias, ajo recién picado y tomates que burbujeaban en una olla. La música italiana flotaba en el aire, alegre y pegajosa. —Bienvenida a mi santuario culinario —dijo, girando teatralmente mientras ajustaba el fuego—. Hoy aprenderás a preparar la pasta más simple, pero más gloriosa. Amélie miró alrededor. Todo estaba cubierto de utensilios, tazones con ingredientes, cucharas de madera y bolsas de harina. —Esto no parece simple —murmuró. —Lo simple es relativo —respondió él, guiñando un ojo. Croissant, que había seguido a su humana, saltó al mesón y olfateó con desconfianza el desorden. —Monsieur Croissant será nuestro inspector Michelin —anunció Lucas, acariciándole la cabeza—. Si aprueba, estamos salvados. Amélie se cruzó de brazos. —Él solo aprueba lo que lleva queso. —Entonces ya tenemos ventaja. La primera lección comenzó con Lucas entregándole un cuchillo. —Debes cortar los tomates así, mira. —Demostró con precisión, deslizando la hoja sin esfuerzo. Cada rebanada era perfecta, como salida de un comercial. Amélie lo imitó, con menos confianza. El cuchillo se resbaló, el tomate se deshizo en sus dedos, y un jugo rojizo salpicó la encimera. —Oh, Dio mio —dijo Lucas, conteniendo la risa—. Esto no es cirugía, Amélie, no necesitas matarlo. —Calla —respondió ella, intentando otra vez. Esta vez, el corte fue más torcido que una calle medieval. Lucas se inclinó detrás de ella, guiando su mano con suavidad. El calor de su cuerpo la envolvió, y su voz sonó grave junto a su oído. —No presiones tanto. Deja que el cuchillo trabaje. Amélie tragó saliva. El gesto era demasiado íntimo para una lección de cocina. Se apartó bruscamente, con las mejillas encendidas. —Creo que mejor tú cortas. Lucas soltó una carcajada. Luego vino el turno de la sartén. —Un poco de aceite, luego el ajo —explicó, lanzando los dientes picados con un movimiento experto. El chisporroteo llenó el aire con un aroma delicioso. Amélie se inclinó sobre la sartén, fascinada. —Eso huele bien. —Claro. El secreto es no dejar que se queme. Solo dorar… —Hizo un gesto elegante con la cuchara. —¿Y ahora qué hago? —Ahora, tú lo intentas. Amélie respiró hondo, echó un chorro generoso de aceite, y luego el ajo. El chisporroteo se volvió una explosión. El humo empezó a levantarse con rapidez, picándole los ojos. —¡Lucas! —gritó, agitando la cuchara. —¡Baja el fuego, per favore! En el intento desesperado por arreglarlo, Amélie volcó sin querer medio frasco de orégano seco sobre la sartén. La mezcla se ennegreció en segundos. Croissant, alarmado, bufó y huyó del mesón, desapareciendo hacia el pasillo. —¡Incendio, incendio! —gritó Lucas, dramatizando mientras levantaba la sartén en llamas. —¡Mon dieu! ¡Apágalo! —Amélie buscó a ciegas un trapo, un vaso de agua, cualquier cosa. —¡Agua no! —gritó él, moviendo la sartén como si fuera un espectáculo de circo—. ¡Esto explota! Al final, logró sofocar el fuego con la tapa, pero el olor a ajo carbonizado impregnó todo el apartamento. Una nube gris se elevó hasta el techo, provocando un concierto de toses. —Creo… que arruiné tu cocina —dijo Amélie, tosiendo entre carcajadas nerviosas. Lucas dejó la sartén en el fregadero y se giró hacia ella, con el rostro manchado de humo y harina. —No. Tú acabas de bautizarla. Ahora esta cocina tiene carácter. Cuando el humo se disipó, ambos estaban riendo a carcajadas en el suelo, sentados contra los armarios, con los ojos llorosos y las mejillas ardiendo. —Eres peligrosa con un cuchillo y mortal con una sartén —bromeó Lucas, secándose las lágrimas. —Lo advertí: no sé cocinar. —Amélie escondió la cara entre las manos—. Y ahora confirmo por qué no lo intento. Lucas le quitó las manos suavemente del rostro. —Pero te reíste. Ese es el primer paso. La cocina es eso: un caos delicioso. Ella lo miró, y durante un segundo el silencio los envolvió. El humo aún flotaba, Croissant maullaba desde el pasillo como un juez indignado, pero nada de eso importaba. Lucas estaba demasiado cerca. Otra vez. Amélie apartó la mirada, buscando un respiro. —¿Y ahora qué comemos? —Lo que hemos salvado. —Se levantó ágilmente y abrió la caja de tomates que aún quedaban intactos—. Mira, la salsa puede improvisarse. El fuego no nos venció. La segunda ronda fue más prudente. Lucas se encargó del fuego, y Amélie de pasarle ingredientes. Entre risas y pequeños roces de manos, lograron rescatar una salsa decente. La pasta burbujeaba en la olla, y el aroma, aunque menos glorioso que al inicio, llenó el apartamento de un calor reconfortante. Croissant volvió poco a poco, olfateando con desconfianza el aire, como un veterano que regresa al campo de batalla. —Mira, inspector, al final sobrevivió algo —dijo Lucas, colocando un poco de queso rallado en un platito. El gato aceptó el tributo, ronroneando. Amélie probó la primera cucharada de salsa. Estaba más ácida de lo que debería, un poco torpe, pero comestible. —No está mal… —admitió. —Está viva —corrigió Lucas—. Como tú. Amélie lo miró fijamente, y el calor volvió a subirle a las mejillas. La comida final, aunque imperfecta, los encontró sentados uno frente al otro, compartiendo la pasta en platos desiguales. Lucas hablaba de su abuela en Nápoles, de cómo había aprendido a hacer pan con las manos llenas de harina desde niño. Amélie escuchaba, más relajada de lo que había planeado para ese fin de semana. Croissant dormitaba en medio de ambos, satisfecho tras su porción extra de queso. Al final, cuando recogieron los platos, Lucas se inclinó sobre ella con esa sonrisa suya que siempre parecía esconder un secreto. —Amélie Dubois, sobreviviste a tu primera lección. —Con un incendio incluido —replicó ella, rodando los ojos. —Los mejores recuerdos empiezan con fuego. —Le guiñó un ojo—. La próxima vez, probamos postres. Ella abrió la boca para protestar, pero el gato maulló fuerte, como si aprobara la idea. Y entre risas, humo y un gato satisfecho, Amélie comprendió que, por mucho que lo negara, cada vez era más difícil no dejarse arrastrar por la locura de Lucas Romano. Una locura que, de algún modo, se sentía peligrosamente… deliciosa.
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